El mensaje del PP y Vox a las mujeres: no te has duchado y ya has perdido derechos
Una patera llegó a Europa hace años, ya no recuerdo el lugar. En ella viajaban una docena de jóvenes subsaharianos y un niño. La cooperante de la Cruz Roja pregunta a los adultos por el crío; todos se encogen de hombros negando con la cabeza: no es su hijo. La cooperante toma de la mano al chaval y se lo lleva para entregarlo a los servicios sociales. De repente, el niño se zafa y corre para abrazarse, llorando de desesperación, a las piernas de uno de los pasajeros, su padre. Consciente del destino que les espera, el padre se desprende del hijo en un arrebato de impotencia, a puro manotazo: ¡no te conozco, aléjate!, solloza entre patadas. Ignoro el destino del niño. Es posible que, como otros muchos, haya ido dando tumbos entre unas autoridades provida que les cierran las puertas, que se niegan a acogerlos, que se tapan la nariz para barrerlos a la comunidad vecina como residuos tóxicos. Es posible que hoy, tras pasar por los orfelinatos de desamparados de media España, este moderno Oliver Twist vagabundee por los parques madrileños, soportando a la intemperie que las brigadas de limpieza de Almeida (que tratan a las personas como suciedad) le arrebaten sin previo aviso los cartones y la ropa pero le dejen la miseria y el dolor.
Por eso, ahora que estamos hablando de la ley del concebido y no nacido que planea Feijóo, cediendo una vez más la iniciativa a la ultraderecha de Ayuso, resulta inevitable traer al debate al nacido no concebido, al niño que ha nacido, que vive y se encuentra entre nosotros pero a quien no vemos, a quien somos incapaces de concebir como miembro existente de la sociedad porque nació en la pobreza de un país lejano. Sofocados en este hedor de xenofobia, a estos niños no los concebimos ya como seres humanos. Con esta advertencia previa, ahora podemos hablar de la ley de Ayuso que propone copiar Feijóo.
En estos tiempos que corren, el derecho parece un arma de charlatanes, pero dejadme reivindicarlo como lo que realmente es: una ingeniería de letras, un reducto de saber científico con una clara vocación técnica. Y quizás el primer mandamiento jurídico imaginable, trasladado desde la escuela eleática, sería este: lo que es, es; lo que no es, no es. Una persona es una persona, y lo que no es una persona, no lo es. Esto no es una opinión, es una evidencia científica y, por tanto, jurídica. Pero cuando millones de personas son incapaces de convencerse, de querer aprender que el dióxido de carbono causa un efecto invernadero, para así quedarse impávidos ante la destrucción del planeta, ¿qué verdad los convencerá?
La Comunidad de Madrid anuncia su pretensión de convertir al concebido no nacido en un miembro más de la unidad familiar; esto no parece técnicamente viable y las noticias de prensa no apuntan en esta línea. La ley contemplará, es cierto, beneficios y ayudas en favor de quienes estén esperando un hijo. Nada habría que oponer al respecto, más allá de lo extraño de entender que una mujer embarazada de gemelos pudiera ser, siendo una y ella sola, familia numerosa. ‘Soy numerosa, inmensa, ¡contengo multitudes!’, podría recitar con Whitman. Habrá de recordarse que, de manera tradicional, los beneficios en favor de las familias numerosas han tenido en España un efecto fiscalmente regresivo, al conceder a matrimonios pudientes con hijos ayudas que sería más justo conceder a matrimonios humildes sin ellos.
En fin, tratar de aumentar la natalidad dando dinero a las mujeres ha tenido históricamente un recorrido de éxito muy matizado; confiar en estas medidas, despreciando otras de calado vinculadas al trabajo y a la vivienda, no ofrece motivos para la esperanza. Es cierto que vivimos en un mundo capitalista, pero no todo se soluciona dando dinero a la gente.
La ley concederá ayudas a las mujeres gestantes pero no al feto. En teoría no podría hacerlo porque, como digo, lo que no es, no es: quien no ha nacido no es persona, ni tiene por tanto los derechos propios de tal. El Código Civil nos lo recuerda en su artículo 30, cuyo texto original, por cierto, mantuvo hasta hace poco el terrible recuerdo de las hambrunas decimonónicas y de la posguerra española, tan rápidamente olvidadas. Y es que era tanta la mortandad infantil que sufrió históricamente nuestro país, que hasta la reforma de 2011 había que esperar a que el niño superara las veinticuatro horas de vida para tenerlo por nacido. Por fortuna, aquel viejo precepto se cambió y hoy establece con claridad que la personalidad se adquiere en el momento del nacimiento con vida. Antes, existe un feto, un embrión, un óvulo fecundado, pero no existe un hijo. No es persona todavía.
Se ha reiterado hasta la saciedad la vieja etimología de la palabra persona, referida a la máscara que los actores del teatro clásico portaban en escena para hacer sonar (per sonare) sus voces sobre la grada. Solo el nacimiento nos convierte en actores de la vida social, entendido como seres con voz, receptores de derechos y obligaciones. Y solo el fallecimiento nos priva de estos derechos. No es persona quien no ha nacido, como no lo es quien ya ha fallecido.
El problema es la ideología que subyace tras la iniciativa. Como digo, es probable que la ley tenga un recorrido material escaso y una repercusión limitada a la concesión de unas ayudas concretas; lo grave es lo que subyace en la sombra que, como es habitual, ronda Miguel Ángel Rodríguez. En un tuit propio de su catadura sugiere que “según termina de fecundar (sic, habrá querido decir según termina de ser fecundada), antes de ducharse, lo que tiene la mujer en su vientre es una persona con derechos”. No aclara la relevancia jurídica de la ducha en este debate pero, más allá de la tontuna, es que no es cierto: el óvulo fecundado no es persona, ni antes ni después del bautismo salvífico del baño. El óvulo forma parte integrante de la mujer; no tiene relación con nada al margen o fuera del útero donde se halla. Por eso, dar derechos propios de personalidad al óvulo solo se puede hacer concediéndoselos frente o en oposición a la mujer que lo porta, quitándole derechos a ella para dárselos al gameto fecundado. Y en esa batalla de balanzas estamos: la ley nos aclara que mientras que el feto no alcanza un determinado nivel de maduración, la mujer conserva la gestión de su destino y puede interrumpir su embarazo. Con estas iniciativas, más allá de dar ayudas a la escolarización, la ultraderecha pretende mover el marco de esta balanza y lanzar un mensaje a las mujeres: no te has duchado todavía y ya has perdido derechos.
De todas formas, no nos engañemos. Quienes promueven esta ley son los mismos que han urdido la miserable noción de la prioridad nacional; los mismos que reniegan de los niños extranjeros a quienes dejan sin lugar ni futuro. La ley que Feijóo impulsó en Galicia en 2011 se basaba en una “gravísima retracción de la natalidad y un alarmante envejecimiento de la población”. Sin embargo, la Comunidad de Madrid aumenta de población año tras año y se encuentra entre las comunidades menos envejecidas; la razón de la ley no está ahí. Estos impulsos ‘pro natalitate’ se plantean ideológicamente como una inquietante solución a la teoría del ‘gran reemplazo’ con la que la ultraderecha disfraza su racismo de aporofobia. De lo que se trata, en definitiva, es de que la gente de bien y orden siga fecundándose entre sí; así que ya se las apañarán estos fieras para reconducir las ayudas y que no sean aprovechadas por orantes a falsos dioses y gente de fuera. Como hemos visto en la concesión de abonos de transportes (ya ven la rapidez con que la prioridad nacional se convierte en prioridad regional), tal vez el mecanismo para esta discriminación sea la gestión del empadronamiento, o algún otro artilugio semejante, que negarán a los infieles más prolíficos, convertidos en sujetos no prioritarios.
Hace ciento noventa años la sociedad inglesa dirigió su mirada a un niño abandonado en un hospicio parroquiano y se reconoció horrorizada. Mucho me temo que, dirigidos en la Comunidad por un gobierno provida que insulta a los niños extranjeros, convirtiéndolos en no-seres tras un acrónimo burlesco, hoy no nos reconoceríamos como sociedad si Dickens escribiera de nuevo su libro. Sin embargo, somos nosotros: alardear de soltar migajas a madres gestantes mientras nos negamos a acoger a los Oliver Twist de nuestro tiempo, mientras le quitamos el futuro a niños que despidieron a sus padres en una patera, no hace sino retratarnos en nuestra inhumanidad.
0