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Negacionismo climático e Ilustración oscura

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Que nadie se llame a engaño, asistimos a una confrontación de alcance civilizatorio. Frente a la razón y la ciencia, la voluntad de poder. Nietzsche frente Kant. Una disputa por el eje axial sobre el cual auto comprendernos como sociedad o, más poéticamente, por el alma de Occidente. 

En esa disputa, el negacionismo climático ha tenido y tiene una importancia capital. La negación pura y dura del principio de realidad, el rechazo sostenido a lo largo de tres décadas de las conclusiones de la ciencia tiene un efecto profundo, perverso y sutil. El del ácido corrosivo que busca disolver una de las principales conquistas civilizatorias de la Ilustración y de la revolución científica que le precedió en Europa en los siglos XVI y XVII. El reconocimiento de que existe una realidad compartida, la labor de la ciencia como guía para descubrir la naturaleza de-lo-que-es.

El mundo está organizado según leyes físico-matemáticas que los seres humanos pueden comprender. Ese fue el lema central que activó una revolución científica que cambiaría el curso de la humanidad. Nicolás Copérnico, Giordano Bruno, Francis Bacon, Galileo Galilei, Johannes Kepler, Isaac Newton… reordenaron la comprensión del universo físico y sentaron las bases cognitivas, epistemológicas, sobre las que, posteriormente, personas como John Locke, Voltaire, Jean-Jacques Rousseau, Denis Diderot y otros, pondrían su pasión y su inteligencia al servicio de una nueva visión de la sociedad basada en la razón, la libertad, el individuo, el progreso, la fraternidad, socavando así las bases del Ancien Régime. Por ello, la abrupta negación de las conclusiones surgidas del mayor proceso colaborativo en la historia universal de la ciencia, el IPCC y sus informes de síntesis a lo largo de 35 años con miles de científicos implicados, sentaba las bases para una disputa de alcance civilizatorio acerca de la naturaleza de la realidad. 

La conciencia de que el mundo se ha adentrado en una grave emergencia climática ha alterado de forma decisiva los imaginarios colectivos del siglo XXI. La proliferación cultural de distopías en el cine, las series, la literatura y el arte se despliega sobre el ineludible telón de fondo del Antropoceno, la disrupción antropogénica en el funcionamiento de los sistemas de soporte de la vida. Sin embargo, desde la Casa Blanca se ha puesto en marcha una ofensiva reaccionaria que incluye la guerra contra toda acción climática, no sólo a nivel nacional sino internacional. 

Aunque los reaccionarios más cultos saben que es real, se niega la crisis del clima. Son conscientes de que la misma está provocada por la quema de combustibles fósiles y que sus impactos están generando desestabilización y sufrimiento en numerosos lugares del mundo, en especial en el Sur Global. Asimismo, que alimenta un creciente malestar en las sociedades occidentales y que está, en buena medida, en el origen de movimientos migratorios masivos de personas humildes que, escapando de la miseria y la destrucción, acaban agolpándose en sus propias fronteras ¿Qué hacer, se preguntan? ¿Cómo convertir esa amenaza que pesa como una losa sobre el presente y el futuro de los recursos patrimoniales y las rentas derivadas del petróleo y el gas en una oportunidad? Negando la crisis, no reconociendo su existencia, no importa lo que diga la ciencia. No en vano, nos hemos adentrado en un mundo de “realidades alternativas”.

Esa negación frontal del principio de realidad precisa, para imponerse socialmente, el control y la manipulación de las mentes y los corazones de centenares de millones de personas en el ágora de las redes sociales. Mediante algoritmos que premian las pasiones más oscuras y manipulables, los aceleracionistas libertarios de Sillicon Valley, alimentando sus propios sueños de dominio mundial e inmortalidad transhumanista, ponen su poder económico y tecnológico a disposición de esa gran manipulación. Y cuando ocurren catástrofes climáticas como las acontecidas en España en años recientes, son hábilmente utilizadas por la extrema derecha para culpabilizar a las instituciones democráticas, envenenar el debate público y cabalgar el descontento social. Evitando toda mención a las causas de fondo, afirman sin pudor que esas menciones son meras cortinas de humo.

En otras palabras, controlando la conversación pública de las RRSS, agitan y manipulan los miedos, malestares y ansiedades propios de la época, entre los que la emergencia climática ocupa un lugar central, convirtiéndolos en votos y en poder político. Mediante la alquimia de las narrativas convierten esas emociones en combustible del incendio reaccionario que persigue poner fin a la democracia liberal y a las conquistas sociales. Han quedado, así, para la historia las palabras de Steve Bannon en 2017: “no soy populista, soy leninista, Lenin quiso destruir el Estado y yo pretendo lo mismo”.

Ese brutal negacionismo logra, en el camino, dos objetivos complementarios. Para la corriente MAGA, ultranacionalista y populista, como antes para el Tea Party, actúa como elemento de identidad, marcador de adscripción. En un país profundamente fraccionado como es Estados Unidos la derecha más extremista ha convertido el concepto de cambio climático en un fetiche cultural. No se trata, por tanto, de un fenómeno explicable en términos de leyes físicas y químicas, sino de un concepto subjetivo y opinable, contra el que definir y afirmar la propia identidad grupal. Además, favorece la cosmovisión y los valores de otra de las corrientes sociales clave del movimiento: los cristianos evangélicos. Si la verdad ya ha sido revelada y se trata de esperar la nueva palingenesia, el lugar de la ciencia es subalterno. El de mero asistente de la revelación declarada por el dogma.

En consecuencia, el negacionismo climático ha de entenderse como una de las claves epistemológicas de la Ilustración Oscura. Frente a la esfera de la razón, frente a la búsqueda honesta de la verdad, lo que nos importa (vendrían a decir), es la voluntad de poder. La apuesta filosófica de los Nick Land y Curtis Yarvin de turno es haber entendido que su momento generacional es propicio para que la vieja “moral del amo”, la del discurso ateniense en Melos, la de Nietzsche y Splenger, vuelva a irrumpir en el mundo tras décadas de inhibición democrática. La retórica reaccionaria del siglo XXI ha salido, así, al encuentro de la Historia declarando, con palabras y con actos, su innato derecho a dominar por la fuerza a todos aquellos que considera inferiores. 

Para horadar el sentido común de la época basado en la igualdad republicana de todas las personas, ha de prevalecer la ética del bote salvavidas de Hardin. “No hay para todos, hay que proteger a los Nuestros, los Otros no son bienvenidos, nuestras fronteras están en peligro” De esa manera, mediante esas narrativas tóxicas tratan de dominar política y culturalmente lo que denominan el tiempo del interregno, avanzando paso a paso hacia un cambio radical de régimen, no sólo en Estados Unidos sino en Europa. 

Que nadie se llame a engaño. La Ilustración Oscura persigue derrocar las conquistas civilizatorias de 1789 y 1945. Hoy como entonces fracasarán!  

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