¿Será este el último año de la guerra en Ucrania?
El 24 de febrero de 2022, el presidente de la Federación Rusa, Vladímir Putin, dio la orden de invadir Ucrania, poniendo en marcha lo que se puede calificar -además de un crimen- como uno de los mayores errores estratégicos de la posguerra fría, que ha aislado a Rusia y la está arruinando, sobre todo en pérdidas humanas, aparte de envenenar - probablemente para siempre- las relaciones con un país al que teóricamente Moscú intentaba atraer. Un error que respondía a otro: el ninguneo a Rusia después de la disolución de la Unión Soviética y la expansión ilimitada de la OTAN, incluido el propósito de integrar a Ucrania. Fue quizá este último paso lo que provocó la decisión de Putin, como muchos analistas habían advertido previamente, pero también la incapacidad del presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, a pesar de sus promesas electorales, para resolver la guerra civil en el Donbass, que había causado ya más de 14.000 muertos, a lo que se añadía el resentimiento y deseo de revancha de Putin y su círculo político y militar más próximo, que cristalizó contra los dirigentes ucranianos que querían unirse a occidente y se mostraban hostiles hacia la población rusófona.
Los estados mayores rusos evaluaron mal la capacidad de sus propias fuerzas, planificaron mal la operación y -sobre todo- infravaloraron la capacidad de resistencia ucraniana, apoyada rápidamente por occidente e impulsada a resistir, sobre todo por EEUU y Reino Unido con promesas de apoyo y victoria segura, más por interés de los que la apoyaban - debilitar a Rusia y a Europa- que por el del propio país, que en todo caso se defendió bravamente. El ejército ruso mostró sus debilidades operativas y logísticas y la “operación militar especial” que pretendía derribar en pocos días o semanas al gobierno ucraniano prooccidental y sustituirlo por otro prorruso que devolviera Ucrania al redil del dominio de Moscú, se convirtió en una guerra de desgaste que cumple ahora cuatro años.
Las líneas del frente apenas se han movido desde hace más de dos años, pero las bajas han aumentado exponencialmente. Aunque no hay cifras oficiales, y si las hay son sesgadas o incompletas, una media de las estimaciones de diversos organismos nos daría unas 550.000 bajas ucranianas, de las que 125.000 podrían ser muertos, a los que hay que sumar 14.000 civiles muertos y 36.000 heridos. En Rusia las cifras serían dos veces o dos veces y media más: 1.200.000 bajas con cerca de 300.000 muertos. Unos números terribles, escalofriantes, para situar la raya de la frontera unos kilómetros más allá o más acá entre dos países que tienen raíces comunes y podrían colaborar. La guerra ha provocado además una catástrofe humanitaria y una terrible destrucción. Han abandonado el país 5,9 millones de ucranianos y hay otros 3,7 millones de desplazados internos. La reconstrucción ucraniana costará más 500.000 millones de dólares.
¿Terminará este año esta masacre sin sentido? ¿O tendremos que asistir a un quinto aniversario con decenas de miles de muertos más, cuando no a una escalada de consecuencias incontrolables? Es difícil ser optimistas a la luz de las posiciones actuales. Las negociaciones de paz auspiciadas por EEUU -en las que Europa no participa a pesar de ser el primer apoyo y donante de Ucrania, y sin duda la región más afectada por su resultado, después de la víctima- no han tenido hasta ahora resultado, ni en los intentos anteriores ni en las recientes tres rondas tripartitas llevadas a cabo en Abu Dabi y en Ginebra. Trump ha señalado varias veces fechas límites para alcanzar un acuerdo, amenazando con terribles consecuencias si no se cumplían… y no se han cumplido. La última es en junio, y amenaza a Zelenski con quitarle el apoyo militar que aún le presta -inteligencia satelitaria y la red de comunicaciones starlink de Elon Musk-, limitado pero esencial para su defensa, y con retirarse de las garantías de seguridad para la posguerra, que los europeos se resisten a comprometer sin el apoyo de Washington. Zelenski tendría que convocar en mayo la elección presidencial -suspendida desde 2024 por la ley marcial-, junto con un referéndum sobre el acuerdo de paz, pues sin él no se puede ceder territorio y además le interesa políticamente. Pero para eso primero tendría que haber un alto el fuego, y sigue sin haber un acuerdo que lo permita.
Aunque los negociadores, sobre todo los estadounidenses y ucranianos, hablan de progresos significativos, lo cierto es que los puntos más importantes están todavía sin cerrar y las expectativas no son buenas. El asunto clave sigue siendo la cuestión territorial. Putin reclama el 22% de la provincia de Donetsk que aún está en poder de Ucrania, una zona de casi 6.000 kilómetros cuadrados que incluye las ciudades de Kramatorsk y Sloviansk y constituye una de las líneas de resistencia mejor fortificadas de todo el país, lo que le permitiría controlar completamente la región del Donbass. Zelenski se niega a retirarse sin más de un territorio que ha costado muchas vidas defender, pero Putin afirma que si no se le entrega continuará la guerra hasta que lo consiga, y eso, al ritmo actual del avance ruso, puede tardar más de un año. Hay otros asuntos conflictivos, como la administración de la central nuclear de Zaporiya, las garantías de seguridad a Ucrania -Putin no quiere tropas extranjeras-, o los límites al ejército regular ucraniano y su neutralidad, que hasta ahora tampoco han sido resueltos.
No obstante, la paz podría estar más cerca que antes, porque los contendientes tienen más estímulos para buscarla que en los cuatro años pasados. En lo que respecta a Rusia, aunque ha aguantado las sanciones mejor de lo que se esperaba diversificando su comercio -y en especial las exportaciones de hidrocarburos- hacia China, India y otros, su economía empieza a resentirse. Los recursos que recibe son cada vez menores, por la bajada del precio del petróleo y por la presión que ejerce Trump hacia sus clientes, y sobre la flota fantasma petrolera rusa, para obligar a Putin a negociar. La economía rusa se ha convertido en una economía de guerra, donde las inversiones se dedican sobre todo al esfuerzo bélico, que oficialmente llega al 8% del PIB, equivalente a un 25% del gasto público, aunque analistas independientes creen que alcanza el 10% del PIB. Esto perjudica a la pequeña empresa y al sector industrial no militar, ya de por sí bastante débil en Rusia y que con la guerra sufre la falta de mano de obra. El coste de las importaciones sube, la inflación es del 6% -afectando sobre todo a los alimentos-, y la tasa de interés está en el 21%. Con ello, el nivel de vida de la población está empezando a deteriorarse, y como es probable que en los próximos meses la situación vaya a peor, puede que el descontento aumente y dé lugar a cierta inestabilidad política.
Sin embargo, el colapso económico y político de Rusia que los occidentales y los ucranianos esperaban como la solución definitiva a la guerra de agresión rusa está lejos de ser una realidad. A pesar del desgaste económico, el déficit público del país ha sido en 2025 un 2,6% del PIB, menor que el de la mayoría de los países europeos, y el crecimiento previsto en 2026 es del 0,8%, inferior al de años precedentes, pero aún superior al que se espera en economías como la francesa o la italiana. El control de la información, unido a la tradicional resiliencia del pueblo ruso, hacen que la guerra sea aceptada por la mayoría como inevitable y como parte de la recuperación del papel protagonista de Rusia en el mundo, aunque les cause ciertos perjuicios domésticos. Putin goza todavía de gran popularidad -al menos en la Rusia profunda-, que perdería si accediera a una paz decepcionante. Tal vez el presidente ruso tenga ahora más interés en la paz por las circunstancias económicas que hemos descrito, pero no tanto como para renunciar a sus objetivos. Aún puede aguantar años, se siente fuerte, sobre todo por el cambio de posición de EEUU y el evidente deterioro de Ucrania, cree que puede lograr una victoria mayor, y está dispuesto a continuar la guerra hasta alcanzarla.
Por el contrario, Ucrania necesita imperiosamente la paz, porque está al límite y cabe la posibilidad de que, si las circunstancias no cambian radicalmente, no pueda aguantar mucho tiempo más de guerra. El cambio de rumbo que Trump ha dado a la posición de EEUU en el conflicto, por intereses geopolíticos y económicos, está siendo demoledor. En el aspecto económico y militar, la ayuda estadounidense a Ucrania se redujo en 2025 un 99%, cuando había llegado a ser casi el 40% del total el año anterior. La carga de compensar esta defección ha recaído en su mayor parte sobre Europa, que aumentó drásticamente las cantidades aportadas, en un 59% la ayuda financiera y humanitaria -entregada sobre todo por la UE, cuyos préstamos y subvenciones constituyeron el 89% de estos capítulos en 2025- y en un 67% la ayuda militar, procedente sobre todo de Alemania, Reino Unido y los países escandinavos. La UE y sus países miembros habían invertido en Ucrania, hasta el final de 2025, más de 200.000 millones de dólares (por 115.000 de EEUU) pero van a tener serias dificultades para mantener en solitario el nivel de ayuda imprescindible para el esfuerzo de guerra ucraniano por mucho tiempo.
En diciembre, el Consejo Europeo aprobó un préstamo de 90.000 millones de euros a través de la emisión de deuda a cargo del presupuesto comunitario, que en estos momentos está vetado por Hungría, al igual que el nuevo paquete de sanciones. Si sale adelante, esta ayuda, que podría ser la última de esa magnitud, cubrirá casi dos tercios de los 136.000 millones que necesita Ucrania en apoyo militar y financiero hasta 2027. Nadie sabe aún de dónde van a salir los 46.000 restantes. Para compensar el corte del suministro de equipos militares de EEUU, la OTAN lanzó la iniciativa PURL, por la cual los europeos compran armas estadounidenses para entregárselas luego a Ucrania, por valor de 3.700 millones de euros en 2025. Pero también en este capítulo empieza a haber dificultades. El ministro de defensa alemán ha declarado que ya no podrá entregar más munición a Ucrania porque sus depósitos están vacíos, y puede que no sea el único.
Peor aún que la posible escasez de ayuda financiera o militar, es el problema del personal combatiente, para lo que Ucrania solo cuenta con sus propios recursos, salvo una pequeña partida de voluntarios. Los combatientes ucranianos están en inferioridad numérica respecto a los rusos y, aunque han demostrado una gran resistencia, muchos de ellos están agotados porque no han tenido relevo en meses o incluso años. El nuevo ministro de Defensa del país, Mykhailo Fedorov, declaró en enero ante el Parlamento ucraniano que 200.000 de sus soldados están ausentes sin permiso, es decir, que han desertado, y unos dos millones de ucranianos son “buscados” por evitar el servicio militar.
En el campo de batalla, las unidades ucranianas pierden terreno desde el fracaso de su ofensiva en el verano de 2023. Los rusos avanzan muy lentamente, con enormes bajas, pero sin pausa a pesar de la resistencia, a veces heroica, de los defensores: 3.600 kilómetros cuadrados en 2024, 4.800 en 2025… apenas un 1,5% del país en dos años, que eleva el territorio ocupado al 20,5%, además de haber expulsado a los ucranianos del reducto que habían conquistado en la provincia rusa de Kursk. Más allá del frente, Rusia intensifica, como cada invierno, los ataques con misiles, drones y bombas planeadoras contra las zonas residenciales e infraestructuras eléctricas y térmicas de Ucrania, sometiendo a cientos de miles de civiles a vivir sin luz y sin calefacción, con temperaturas de -20º. La gente está cansada, no puede más. Según una encuesta de Gallup, publicada en agosto, el 24% de la población estaría a favor de continuar la guerra hasta la victoria, mientras el 69% de la población apoyaría una negociación para terminar la guerra lo antes posible, aunque con condiciones. En definitiva, a pesar de su tenacidad, los ucranianos saben que la guerra no puede ser ganada, que su resistencia depende absolutamente de la ayuda exterior, y necesitan una salida. Quieren la paz.
Algunos de los que sostuvieron durante años que Ucrania ganaría la guerra a Rusia en el campo de batalla (¿quién les asesoraría?) se resisten a abandonar su tesis, en contra de toda evidencia. Otros -incluido Zelenski- han asumido ya la imposibilidad de la victoria e intentan ahora, como último recurso, buscar un empate: que ambas partes cedan, ni vencedores ni vencidos, lo que estaría muy bien, pero no se corresponde con lo que pasa en la zona de operaciones, ni con la inflexible voluntad de Putin de seguir hasta alcanzar sus objetivos cueste lo que cueste, ni con la posición de Trump. En el terreno, la fuerza rusa se impone -lenta pero inexorable- y no hay ningún elemento para creer, ni en las evaluaciones más optimistas, que la situación se pueda dar la vuelta. La realidad indica que cuanto más tarde la paz, la situación de Ucrania será peor.
Excepto si los países europeos fueran a la guerra contra Rusia, lo que por supuesto no van a hacer. Y si Ucrania va a estar sola en el campo de batalla, pretender que se siga combatiendo… hasta el último ucraniano -como piden desde su confortable sillón algunos europeos- no solo no tiene ningún sentido, sino que comporta dos riesgos que los belicistas se niegan a asumir. El primero, poco probable pero muy peligroso, que una larga continuación de la guerra, unida a un deterioro político interno grave de Rusia, precipite una escalada que podría llegar al empleo de armas nucleares, lo que también podría producirse por una cadena de malentendidos o de errores, arrastrando a Europa o al mundo a la guerra. El segundo, mucho más probable, pero que a algunos les preocupa menos porque solo es peligroso para Ucrania, que la prolongación de la guerra solo lleve a más muerte y más destrucción al país, para acabar meses o años después, teniendo que aceptar las condiciones que ahora exige Rusia, o quizá otras peores.
Esto no es derrotismo, es realismo, considerando la evolución de la situación. Ojalá ganara la guerra Ucrania, agredida por Rusia, utilizada por occidente, heroica en su resistencia. Pero no puede. Muchos de los que desean que siga combatiendo, sin que eso vaya a mejorar sus expectativas, no lo hacen por solidaridad, sino porque así se debilita a Rusia, a la que unos tienen miedo y otros quieren ver separada definitivamente de Europa, por razones políticas. Algunos pretenden que Ucrania sea el escudo que proteja a Europa contra Rusia. Y eso, ante la sangre ucraniana que riega cada día sus campos y ciudades, es de un cinismo inaceptable. La mejor forma de ayudar a los ucranianos es conseguir cuanto antes una paz lo más justa posible, para empezar ya la reconstrucción del país y abordar después el difícil proceso de establecer una arquitectura de seguridad compartida, que incluya a Rusia, y nos permita consolidar la cooperación pacífica en Europa y evitar nuevas agresiones, con mucha más efectividad que un rearme masivo y un mantenimiento de la tensión, que, lejos de preservar la paz, han sido muchas veces en la historia los desencadenantes de los conflictos que en teoría pretendían prevenir. Esa sería, sin duda, la mejor garantía de seguridad futura, para Ucrania y para Europa.
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