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Opinión - 'La verdad absoluta y sus versiones', por Rosa María Artal

La verdad absoluta y sus versiones

Marco Rubio, Donald Trump y Pete Hegseth,  prototipos de versiones "creativas" de la realidad
27 de marzo de 2026 22:04 h

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Buscar la certeza absoluta mediante la duda metódica y la razón, rechazando los sentidos por engañosos

René Descartes

Me invade este viernes una cierta pereza adentrarme en las aguas procelosas de las redes y medios dedicados a un fin distinto a su razón de ser: informar, comunicarse. Son tales las turbulencias y la suciedad de esos cauces que hace falta mucha entereza para zambullirse en ese magma en busca de hechos ciertos que nos afectan. Porque en eso se resume la búsqueda: en la verdad que nos rige y condiciona. Y cuando no la sabemos, se altera toda perspectiva. Es tan esencial disponer de esa brújula que su carencia trastoca cuanto nos rodea.

Me preocupó, hace muchos años, que una querida amiga -demasiado expuesta a las influencias de los medios conservadores que frecuentaba- mantuviera con firmeza que la verdad absoluta no existe, la verdad era relativa, según ella. Estábamos ante una tendencia que se ha hecho masiva y que aprovechan las peores gentes del planeta. Cada día de la mañana a la noche nos envenenan con “versiones” de la realidad. En las pantallas partidas de los medios que enfrentan una teoría y su contraria, en las redes, y no digamos en la bulosfera. Es la sublimación del “este dice, el otro dice” para que nada contrario al pensamiento previo tenga credibilidad y se abra paso ni siquiera para una duda. “Percepción selectiva” se llamaba en sociología. Lo cierto es que esta etapa que vivimos muestra un auténtico interés de muchos ciudadanos por dejarse engañar. El desconocimiento crea inseguridad aunque no se perciba así, y desconfianza también: una mezcla que inclina a fiarse de los más inadecuados. Puede que sean estas las claves.

Este jueves se produjo en el barrio de Villaverde de Madrid una redada racista que terminó con la detención del exdiputado autonómico de Podemos y militante antiracista Serigne Mbaye en la puerta de su casa junto a otras personas que acudieron alarmadas, entre ellas un periodista de El Salto. En declaraciones a Eldiario.es Mbaye ha explicado la forma agresiva en la que fue increpado y que, para su detención, ha sido acusado de huir de una identificación policial.

El asunto entró de lleno para algunos medios en la categoría de “versiones”, no de hechos. Como esta, y las ha habido mucho peores: directamente culpabilizando a Mbaye.

De un barrio humilde de Madrid al mundo regido por los delirios trumpistas y todos sus vasallos, las versiones de la realidad nublan la conciencia de millones de personas que no reaccionan a los atropellos aunque les toquen de cerca, porque no los ven, no quieren verlos, o no les importan. Y sucede cada vez más.

Entre amenazas y patéticos autobombos, la cantidad de soflamas que suelta el cada vez más envanecido autócrata de la Casa Blanca nos sitúan en el culmen de ese negacionismo de la realidad y la inhibición ante los atropellos. Por primera vez en la historia un presidente estadounidense va a firmar billetes de curso legal, como un emperador de otro tiempo. Y, salvo la adoración que reclama de su equipo, no hay versión alternativa al peligro que este ser y sus secuaces representan para el mundo entero. Su derecho a quitar vidas y haciendas, tarea en la que tan entusiasmado está su ministro de la guerra, el ultraviolento e irracional Pete Hegseth. El que reía ante el discurso de Trump este jueves especialmente delirante. La versión que el presidente se da de sí mismo es tan impúdica como increíble: “Soy un hombre de oro. Todo es auténtico. No se puede imitar. Algún día descubrirán una pintura que parezca oro y ese hombre será el más rico del mundo. Es de 24 quilates.”

El tipo se cree el Vellocino de oro. Puede preguntar si son de la misma opinión los familiares y amigos de los muertos que tiene en su haber desde las aguas caribeñas, a las caídas en Líbano o Irán, incluso en Gaza aún, o en su propio país: en Minneapolis darían gustosos razón de sus excelencias.

Hay evidencia plena de la realidad del trumpismo y, a la vez, desdibujada en cuanto se puede: impune, desactivadora. El mismo mecanismo, sin embargo, para tantos otros hechos que nos invaden y dañan sin que la mayoría vea siquiera el origen. Porque la mentira destruye, la manipulación, la tergiversación devastan. Se convierte también on versiones de la realidad, creadas, incorporadas al universo de las creencias y de ahí al de las verdades absolutas de algunos individuos. 

Peligrosos también en esferas más reducidas quienes, con un alto concepto de sí mismos, sufren por no recibir el apoyo que merecen -la admiración, incluso- y reaccionan con una violencia que les delata, a cualquier contestación a sus errores. Cuesta distinguir la ofuscación de la mala voluntad, en estos casos, cuando se miente para dañar.

Incluyamos en estos contextos, la incansable actividad del Partido Popular en España para destruir la reputación de sus enemigos políticos. Eso son para ellos sus rivales, en la envidia y rencor que les corroen al no lograr tumbarlos de raíz por los cauces democráticos. Lo peor es que cuando la mentira -las verdades relativas- calan infectan realmente la convivencia y hasta el Estado de Derecho si se incorporan a la tarea brazos decisivos de su estructura con el mismo fin. Se diría que cuentan para ello con algtunos medios y algunos miembros de la justicia,

La verdad ha ocupado históricamente las reflexiones de los filósofos. El francés René Descartes, el racionalista creador de la Teoría del Conocimiento, fue uno de los principales. Todas vienen a confirmar que la verdad absoluta existe, por supuesto, y lo que llaman relativa es fruto de una visión subjetiva. Hay, indiscutiblemente,  hechos reales, irrefutables, inmutables, comprobables, objetivos, independientes de toda opinión. Luego está cómo la perciben e interpretan algunas personas, al punto de creer cierto lo que ven sin pruebas, condicionados por la experiencia personal e incluso por la cultura y la época en la que se producen. Esa es la verdad relativa: falsa a no ser que coincida por casualidad por una remota carambola.

Suponiendo que todo esto se haga de buena fe, además, porque cada vez se incorpora más la voluntad de mentir, manipular, convencer, dañar. Los humanos sensatos deberían estar muy alertas a sus nefastas influencias.

Descartes daba algunas claves de método que se resumen en cuatro:  evidencia, análisis, síntesis, revisión. Y en ese marco se impone:

-No recibir como verdadero lo que la evidencia no reconoce como tal, evitando la precipitación y los prejuicios.

-Dividir cada una de las dificultades con las que tropieza la inteligencia al investigar la verdad, en tantas partes como fuera necesario para resolverlas.

 -Buscar la certeza absoluta mediante la duda metódica y la razón, rechazando los sentidos por engañosos... si lo que se desea encontrar es la verdad, un conocimiento firme, sólido y auténtico. Es obvio recordar que los afectos, las emociones, el odio, el amor, están en otro ámbito.

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