Cataluña no quería ultraderecha, pues dos tazas
Tú no te acuerdas porque eres muy joven, pero hubo un tiempo en que Cataluña era un territorio libre de ultraderecha. Mientras la ola reaccionaria global ganaba espacio en España (que durante décadas también fue la excepción europea en materia de ultraderecha, pero esa es otra historia), Cataluña se presentaba como un dique, al igual que las demás comunidades históricas: Euskadi, Navarra y Galicia, donde el auge ultra no calaba.
Ya sé, ya sé, no se me pongan nerviosos lo del fondo: hay quien piensa que las posiciones reaccionarias anidaban ya dentro del nacionalismo catalán, de la misma forma que la extrema derecha española vivía cómoda en el seno del PP, pero no me estropeen el argumento. Lo cierto es que por un tiempo vivimos la ilusión de que Cataluña se mantenía al margen de la derechización general, por sus propias peculiaridades.
La ilusión duró poco: en las Catalanas de 2021 ya entró Vox en el Parlament, aunque es cierto que con menos ímpetu que en otras zonas, y a costa del PP y de los restos de Ciudadanos. De la misma forma, en las generales de 2019 y 2023 la extrema derecha sumó menos diputados en las provincias catalanas que en otras regiones, por lo que todavía se prolongaba la ilusión de que los catalanes resistían los cantos de sirena del populismo reaccionario, como un residuo de aquel mitificado “oasis catalán”.
Pues si no querías ultraderecha, dos tazas: según el último barómetro del CEO (el llamado CIS catalán), los ultras crecen en Cataluña por partida doble: lo hace Vox, por encima del cada vez más derechizado PP, y sobre todo Aliança Catalana, a costa del también cada vez más derechizado Junts. Entre las dos ultraderechas suman un 30%, muy por encima del peso ultra en cualquier otro parlamento en España. Que ya sé que hay quien piensa que no se pueden sumar así, que son muy diferentes y radicalmente incompatibles (en el eje identitario, españolistas unos y catalanistas los otros, y también en algunos temas de agenda social); pero en su esencia ultra, esto es, en lo que tienen de xenófobos y autoritarios, representan la misma pulsión populista reaccionaria.
El rápido ascenso de la ultraderecha independentista catalana es uno de los fenómenos más sorprendentes y desconcertantes de la política reciente, al menos para mí. No es que yo participase de aquel espejismo de una Cataluña incompatible con el fascismo, pero me impacta cómo la misma receta ultra que en cada país europeo ha encontrado su versión local, en Cataluña ha cuajado en dos platos tan diferentes y a la vez tan similares, confluyentes, simétricos y espejo el uno del otro en sus planteamientos ultranacionalistas.
Los politólogos tendrán sus explicaciones al fenómeno: algunos lo vinculan a aquel Procés que alteró radicalmente la política catalana (y de paso la española), otros al aumento de la desigualdad social y el deterioro de lo público, a la polarización política, a la frustración independentista, o al fermento identitario que siempre hubo en parte del nacionalismo catalán. Los mismos politólogos, por cierto, que hoy explican con argumentos muy convincentes la excepción vasca: que en Euskadi no haya ultraderecha, que Vox sea residual y no haya surgido un equivalente vasco a Aliança Catalana. Veremos si no acaba siendo otra ilusión.
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