Comprender la irracionalidad y a los irracionales

El presidente de Vox, Santiago Abascal

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La gran mayoría de la gente no busca intencionadamente adherirse a afirmaciones falsas, erróneas o distorsionadas a sabiendas. Los mitos, estereotipos, prejuicios y sesgos que nutren el racismo, la xenofobia, la homofobia, la transfobia, el machismo... responden, sin duda, a relatos falaces a pesar de ser desmontados fácilmente al ser contrastados con datos o la realidad.

Cuando afirmamos que el racismo, la lgtbfobia, la xenofobia o el machismo son problemas estructurales lo que estamos señalando es que, desde bien temprano, la estructuración social, educativa, familiar y económica se articula a partir de ideas y creencias que potencian el arraigo de sesgos inconscientes y prejuicios que potencian, equivocadamente, el trato injusto y desigual a partir del género, la raza, la clase, el sexo, la orientación, las capacidades, la nacionalidad, la identidad...

No obstante, millones de personas en todo el mundo (y también en España) se adhieren (o son adheridos) a estas ideas y creencias irracionales que creen que la diversidad es una trampa en vez de verla como parte de la historia de la Humanidad. Entienden que la suya es la posición más racional, la más cuerda, la correcta, la buena para interpretar la diferencia, el debate, el respeto y la pluriculturalidad como amenazas a ese mundo que necesitan homogéneo y uniforme para no perder una sensación ficticia de control, de poder.

Esas creencias elementales las tenemos, de una forma u otra, todas y todos. Nadie está exento de los sesgos inconscientes y los prejuicios. El problema no es tenerlos, sino qué decidimos hacer con ellos. Decidir si queremos tomar conciencia de cuáles son y cómo nos afectan o queremos darles rienda suelta y entregarlos a esos patrones de pensamiento que los blinden y refuercen en una lógica irracional y absoluta que no necesita de ningún esfuerzo intelectual ni espiritual, que no necesita de autocrítica y crecimiento personal porque todas las respuestas ya están dadas, o serán dadas, bien por las religiones, por las ideologías políticas, por el neoliberalismo o por una mezcla de todo esto.

Precisamente, al neoliberalismo económico le están viniendo muy bien los fundamentalismos religiosos y las ideologías totalitarias y cómo se nutren de esos patrones de lógica irracional que instrumentalizan creencias erróneas, sesgos y prejuicios que permiten que haya vidas y cuerpos que no valgan y puedan ser explotados y expoliados. Es aquí donde cobra especial fuerza e importancia el enfoque emancipador y transformador que tienen la educación, la pedagogía, la filosofía, las ciencias sociales y tantas y tantas disciplinas que desmontan esas verdades ideológicas que pasan por encima de los derechos humanos, del bien común, de los valores democráticos, del conocimiento científico y de la dignidad humana.

Sin embargo, por mucho que esa Verdad ideológica y sus mantras puedan parecernos disparatados, irracionales o absurdos cuando los escuchamos de boca de los representantes de la derecha extrema y descentrada, lo cierto es que calan. Su proyecto socio-político se basa en la construcción “de verdades” que ofrecen seguridad y pertenencia a quienes se suman a ese ideario de hostilidad hacia los derechos humanos y uso caprichoso y egoísta de ideas universales como la igualdad, la libertad, el respeto y la tolerancia. Los primeros deshumanizados por la ideología totalitaria son sus propios seguidores y votantes, que terminan encontrándose mucho más reconfortados y reafirmados llevando una bandera de España en una mascarilla modelo militar que explorando dimensiones de cuidados, vecindad y apoyo mutuo con personas completamente diferentes, pero con problemas vitales muy similares.     

Llegados a este punto, la pregunta que me hago es cuál es la mejor forma de frenar esa irracionalidad racional de quienes secundan esos patrones de pensamiento de la extrema derecha. Sobre todo, al observar que estos van ganado terreno, especialmente, entre la población más joven, precarizada, criminalizada y frágil.

Tengo muchas reticencias a que sea desde el juicio social, la ridiculización o el señalamiento, entre otras cosas porque me suena a punitivismo adultocéntrico que solo sirve para reforzar las lógicas irracionales de la crueldad y los prejuicios. Tampoco sirve la simplificación, la relativización o la negación de que detrás de muchas de esas inquietantes palabras y comportamientos que hieren, hostigan, amenazan y agreden hay racismo, machismo, homofobia, xenofobia, transfobia... Sin embargo, limitarlo a eso es perdernos parte del problema y, por tanto, obviar parte de la solución, quién sabe si la más eficaz.

En cualquier caso, creo que debemos tener claro que al igual que la extrema derecha no está improvisando su estrategia de expandirse entre las distintas clases sociales y transversalizar su ideología totalitaria, tampoco es posible que hagamos frente a este reto desde la emocionalidad y la misma lógica irracionalidad. Creo firmemente que solo nos queda un abordaje sistémico, integral, social, feminista, interseccional, empático y transformativo que nos permita comprender los porqués de tanta deshumanización.

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