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Lola y la manzana

El comisario Villarejo en una imagen de la entrevista con Évole proporcionada por La Sexta

Elisa Beni

“Tú no quieres la verdad porque en zonas de tu interior de las que no charlas con tus amiguetes, me quieres en ese muro”

Algunos hombres buenos

Toda mujer es Eva para el perverso. Toda mujer es la portadora del fruto prohibido. La fuente del pecado, siempre. La causa de la caída. Alguien ha decidido ahora que sea la ministra Delgado la portadora del fruto envenenado para Sánchez y se han empeñado en que no sólo él muerda sino que toda la sociedad española se emponzoñe con él. Lo cierto es que cualquier debate público que se desprenda de un tal lodazal está contaminado. Hay una teoría de derecho penal que se denomina “del fruto del árbol envenenado” y que, resumiendo, viene a decir que si hay una fuente de prueba que se haya obtenido ilegalmente todo lo que penda de esa prueba queda invalidado. Borrado. Fuera del proceso. Lo que procede de la mierda vuelve a la mierda y no puede servir para nada limpio y menos para juzgar a las personas.

Metafóricamente, esto es perfectamente trasladable al asunto en el que quieren envolver a la ministra y al Gobierno y mañana vayan a saber a quién. Si algo que procede de fuente ilícita es capaz de invalidar todo un procedimiento judicial ¡cómo no va a invalidar un debate público! Si un asesino, un violador, un traficante no puede ser condenado con pruebas de un origen turbio; si la mínima garantía exige que las pruebas sean adveradas, que sean peritadas para evitar manipulaciones, si eso mismo está obligado a hacer el periodismo, ¿cómo vamos a basar una exigencia de responsabilidad política, de honestidad personal, en algo aún con peor sustento?

Sabemos que hay alguien intentando hacer su voluntad mediante medios envenenados. No entiendo que nadie en su sano discernir pueda plantear que lo más limpio es darle lo que pide y aceptar sus condiciones. Esto sólo es posible si hay a quienes nuestra sana convivencia democrática les importa menos que la consecución del poder y ¡ojo! pues hasta estos podrían verse envueltos en la ciénaga. Es más, a todos los efectos, hasta el contenido debería resbalarnos, pues no tiene más relevancia real que la de un rumor.

Exactamente eso es lo que nos han dado. Primero intentaron insinuar que había una sombra de cohecho sobre una fiscal y un juez y esto fue desmentido tajantemente por la propia Fiscalía de la Audiencia Nacional y por el organismo internacional implicado. Aparcaron esa historia rota y acudieron ya a la víscera, a esa que rezuma olor a cavidad y que siempre encuentra receptores en esa pituitaria ancestral que unos reprimen y otros azuzan. El Parlamento no es lugar para esta evisceración y ninguna limpieza del espacio público puede apoyarse en esa corrupción.

El control del poder y la exigencia de responsabilidad precisan que se produzca el descubrimiento de un hecho inaceptable producido en el ámbito del poder o bien de un hecho anterior que denote comportamientos inapropiados para el ejercicio del cargo que no se conocieran antes. Aceptar como dádiva un título universitario es uno de esos casos, ser lenguaraz en una comida diez años antes, no.

Dicen algunos que quieren marcar músculo político que nadie que haya tenido relación con tipejos puede estar en un gobierno y podrían llevar razón, pero para eso tendríamos que definir qué es un tipejo y qué es estar a su lado. Hemos tenido hasta gobiernos de tipejos. El comisario Villarejo no sólo no fue siempre un proscrito del sistema, sino que fue un puntal alabado del mismo. De ese sistema que se parece al muro del que hablaban en Algunos hombres buenos y que fue no sólo tolerado sino ensalzado cuando en este país se peleaba con saña por no sucumbir ante el terrorismo de ETA u otras amenazas. En aquellos años, Villarejo era sin duda un tipo oscuro y del que se podía pensar que andaba en las lindes pero del que no se sabía que fuera un criminal que hubiera montado todo un sistema de enriquecimiento y chantaje a cuenta de sus trabajos para el Estado. Él sí sabía a qué se dedicaba, claro, y él sí que buscó acercarse a todos aquellos puntos de poder que eran de su interés.

La ministra comió alguna vez en grupo con él, otros muchos fiscales y jueces lo hicieron, políticos y periodistas. Muchos magistrados y fiscales a los que admiran muchos españoles, del Tribunal Supremo, del Tribunal Constitucional, también de la Audiencia Nacional participaron en cursos y conferencias auspiciadas por él desde un instituto denominado Schola Iuris. ¿Era sospechoso un policía condecorado por los gobiernos de todo signo? ¿Todo el que se relacionó con él está contaminado? Todo eso lo digo con la tranquilidad de que yo, que soy una mindundi, y que nunca me he topado en mi vida con él, puedo responder que no.

Lo que sí conocí fue a las gentes de la Audiencia Nacional durante catorce años. Por eso puedo decirles que las relaciones dentro de un tribunal que era una isla en sí mismo y en el que habitaban como endemismos egos y personalidades de toda dimensión, eran relaciones humanas de doble signo: uno el que unía por las dificultades personales que tal trabajo producía para todos y otro el de las diferencias de criterio, amistades y enemistades y luchas de poder que se entrecruzaban de por medio. Como en todas partes, pero aumentado hasta el infinito. No descubriré nada si digo que lo mismo que grabó el infame o parecido se dijo de los ahora protagonistas en otros círculos y que hay que saber muy bien cómo cambiaron las alianzas y cómo voltearon amistades y enemistades para interpretar lo que pretenden que oigamos. No tiene sentido. Era otro tiempo, otras vidas, otras cuestiones. Ni las personas ni sus formas ni sus relaciones son las mismas desde hace mucho tiempo. El fruto está envenenado y además proviene de una ouija.

Lo que no practico para mi vida privada no lo quiero para la pública. Me enseñaron muy pronto a no dar pábulo a los rumores, a no dar credibilidad a quien no la tiene, a no pedir cuentas sino de lo que pertenece al espacio común. Aprendí ya como periodista a diferenciar lo que tiene interés informativo de lo que no. Lo que cada uno piense, lo que diga sin pensar, lo que no piense pero diga en espacios privados allá cada cual. Azoten o falten. Lo hagan con otros o conmigo. No pueden convertir el espacio democrático en el espacio de venganza de los criminales ni en un patio de porteras porque este país no lo merece por muchos réditos que piensen algunos que puede darles.

Eso sí, denle a la bestia la sangre que reclama y estén seguros de que siempre volverá a por más.

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