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Matar animales por el placer de matarlos

Gamo abatido en la matanza.

Uno de los aspectos que más me impactó al estudiar los trabajos sobre la conducta de los chimpancés llevados a cabo por la Dra. Jane Goodall en el Congo, fue descubrir el alto nivel de violencia, incluso de crueldad, anotados por la prestigiosa primatóloga.

En 1995, durante una de sus visitas a nuestro país, tuve ocasión de conocer a Jane para un reportaje sobre su figura que me encargó la revista Integral. Me la presentó mi añorado y estimado compañero de tertulias en la radio Jorge Wagensberg. Al comentarle lo mucho que me había impresionado conocer esa faceta violenta de la etología del chimpancé, me aseguró que a ella también la había sorprendido, incluso descolocado.

"Yo creía -me dijo- que la maldad era una conducta exclusiva del hombre, pero no es así" y a continuación nos describió algunos episodios de crueldad extrema vinculados con algunos sentimientos como los celos o el rencor que nos dejaron atónitos, tanto a mí como al profesor Wagensberg. Es un error considerar que el ser humano es el único simio capaz de actuar con crueldad, el único primate superior que puede comportarse de manera atroz. Porque no es verdad.

Lo que sí es cierto es que para proceder así nuestra especie debe desatender la mayor característica evolutiva que nos diferencia del bonobo, el orangután, el gorila o el chimpancé: la razón. Patrimonio exclusivo del ser humano, la razón es, o mejor dicho debería ser, la guía de nuestro comportamiento. Por eso cuando alguna persona es cruel decimos que su comportamiento es irracional, inhumano, desalmado. Sin ética, sin moral, sin piedad: sin alma.

Existen muchos ámbitos en los que ese comportamiento irracional aflora: en demasiados especímenes humanos; en demasiadas ocasiones. Pero uno de los más frecuentes es el de la crueldad con los animales. Por desgracia son muchos y constantes los casos de crueldad con los animales que confirman que hay seres irracionales, inhumanos y desalmados entre nosotros.

Hace dos semanas los Agentes Rurales de Catalunya denunciaban la muerte por disparos de 34 gamos en la comarca pirenaica del Pallars. Los cadáveres de los animales aparecieron sobre la pradera que se abre a los lados de la carretera C-13, en un tramo de unos veinte kilómetros: intactos, sin aprovechamiento de su carne ni sus cuernas; los habían matado por el placer de matarlos.

"Estamos ante un cruel acto vandálico" declararon los agentes. La matanza se produjo de madrugada y la hipótesis de la investigación, que está llevando a cabo el Juzgado de Tremp (Lleida) por delito contra la fauna, apunta a que los disparos se habrían realizado desde un coche en el que iban no menos de tres personas: el conductor, el que enfocó con una potente linterna a los animales y el que fue disparando.

Crueldad gratuita, violencia injustificada. Atrocidad, sadismo, brutalidad: disponemos de muchos calificativos a los que acudir para intentar describir un comportamiento del todo indescriptible. ¿Qué pudo llevar a esos ejemplares de inhumano a organizar y perpetrar esa cruel batida?

¿Qué tipo de traspié evolutivo les llevó a ejecutar el fusilamiento de los pobres gamos que pacían tranquilamente en las praderas de la carretera? ¿Fue por placer, sintieron placer al matar a esos pobres animales? ¿Son recuperables para la sociedad estos simios? Y la gran pregunta que dejo en el aire ¿qué hacemos con ellos cuando los cojamos? Se me ocurren muchas alternativas al respecto, pero la razón me impide publicarlas.

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Publicado el
14 de marzo de 2020 - 23:50 h

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