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Opinión - 'En la España de hoy...', por Esther Palomera

El mejor candidato de la izquierda es un programa para arreglar el problema de la vivienda

Edificios en construcción.
23 de marzo de 2026 22:39 h

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En una trama que ha pasado a la historia del cine, Marty McFly se mete en un lío cósmico cuando se sube al Delorean del Doctor Brown y aterriza, en 1955, treinta años antes de su época y sin combustible suficiente para volver. Por si fuera poco, nada más llegar, Marty interfiere sin querer en el momento en que sus padres se conocieron por primera vez y, al hacerlo, rompe la cadena de eventos que debía llevarles a enamorarse. Si no consigue arreglarlo Marty está perdido. Sus padres nunca se casarán, y él y sus hermanos nunca llegarán a nacer.

La manera en que Marty puede ver el tiempo de sus padres agotándose es una fotografía familiar que lleva encima. Una imagen de él junto a sus hermanos en la que, a medida que el pasado se tuerce y su existencia peligra, las figuras empiezan a desvanecerse, como si nunca hubieran existido. Cuando los dedos de Marty comienzan a desaparecer, sabe que su tiempo se acaba.

Como los Mcfly, la posibilidad de que siga existiendo un espacio a la izquierda del PSOE en el futuro se desvanece. Mientras tanto, unos cuantos centenares de cuadros intentan estos días, como Marty, mantener cosido un espacio común cada día más frágil para no terminar de borrarse de la foto. 

Y no es por falta de talento. Ese espacio tiene un equipo técnico extraordinario y sus gabinetes de los ministerios, aunque están completamente absorbidos por el día a día de la gestión, se encuentran entre los mejores del gobierno. Además, por primera vez en mucho tiempo existe una gran sintonía entre los jefes de todos los partidos, y relaciones de amistad y confianza entre los dirigentes de todos los partidos desde hace décadas. 

Tampoco es que falten nombres para la papeleta: Bustinduy sería un buen líder, como lo sería Mónica García. Ada Colau o Unai Sordo también podrían hacer un papel. Lo que ocurre es que, como ocurre en Regreso al Futuro, los proyectos no se desvanecen por falta de un cuerpo que poner, sino porque se rompe la secuencia que les daba sentido. El cuerpo desaparece de la fotografía porque se ha roto la historia, el proyecto, la trayectoría que lo sostenía. 

Por esta razón los políticos son ideas, símbolos, encarnaciones de una visión de la sociedad. Y duran lo que dura ese proyecto. 

Felipe González encarnó la idea de la modernización de España. José Luis Rodríguez Zapatero, la agenda de los derechos civiles. Aznar fue la cara de la liberalización de la economía y, en estos años, Yolanda Diaz ha representado una izquierda laboralista. Ha encarnado el sindicalismo y las demandas de los trabajadores. Por eso era una buena candidata: su personaje, su programa y su trayectoria eran muy buenos y estaban perfectamente alineados. Seguramente por eso ha tenido mucho éxito en esa función. 

Hoy la izquierda a la izquierda de la izquierda no está vacía de personas, está vacía de símbolos. Está desnortada. Ya no sabe si es una izquierda verde, o laboralista, o populista, o todo a la vez. No le faltan personas, le falta un proyecto que encarnar para un espacio que, por no tener, ya no tiene ni forma de definirse más allá de su posicionamiento respecto del PSOE. 

Andaban estos días los partidos de la izquierda a la izquierda de la izquierda como locos buscando candidato cuando, de pronto, el viernes, apareció uno cuando menos lo esperaban: un plantón en el Consejo de Ministros y una apuesta fuerte por el control de los precios del alquiler se hizo cuerpo. 

De repente, y aunque nadie sepa cuál será el nombre en la papeleta, se llenó el espacio. Hoy nadie se pregunta para qué sirve la izquierda a la izquierda de la izquierda ni qué sentido tiene. Tiene este sentido. El de poner pie en pared contra la espiral especulativa que amenaza con convertirnos en una sociedad feudal. 

No debería darle ningún miedo a ese grupo de partidos convertirse en eso que se llaman “single-issue parties”. La vivienda no es “un tema” es, junto con la idea de la participación social por el trabajo y las pensiones, el pilar sobre el que hemos construido esta sociedad. 

Resolverlo requerirá una operación quirúrgica de esas que duran horas y en las que participan muchos cirujanos: uno para sacar de la especulación los suelos que no se han desarrollado, otro para plantear remodelaciones del urbanismo en las grandes ciudades, otro para buscar la equidad intergeneracional, otro para encontrar oportunidades de inversión alternativas que respalden la economía productiva, otro para arreglar la fiscalidad –sangrante– del sector, muchos para encontrar soluciones de urgencia mientras llegan las de largo plazo. 

Y ocurre que a día de hoy ningún partido tiene una propuesta ni próxima a resolver este problema que no deja de aumentar y que va a terminar por amenazar, muy pronto, la convivencia. Por no tener, no hay ni siquiera un consenso sobre cómo debería ordenarse la vivienda en el siglo XXI. ¿Aún aspiramos a que todo el mundo sea propietario? ¿O nos parece bien que la mitad de la población sea arrendataria y, la otra mitad, arrendadora? ¿Deberían hacer todas las generaciones la misma tasa de esfuerzo para acceder a una vivienda?

Resolver el problema de la vivienda bien vale un espacio político. Y el ejercicio de pensar cómo hacerlo, de lanzar mensajes transformadores a la sociedad, de dibujar un futuro donde haya una vida buena para todo el mundo, tendría la potencia para llenar ese espacio. Y de sostenerlo hasta que los partidos decidan, ahora sí, con un programa, quién es el candidato que encarna esa visión. 

Tanto que hasta podrían dejar de definirse por su posición respecto del PSOE y empezar a ser una izquierda con nombre propio. Abundantista, por ejemplo. 

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