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Migrantes que llegan: ¿Por qué? ¿Qué hacer?

Numerosos inmigrantes permanecen en la playa del Trampolín, en Ceuta.  EFE/Reduan
10 de agosto de 2026 21:25 h

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Los recientes acontecimientos ocurridos en Ceuta nos están llevando a muchas reflexiones y reacciones, de todo tipo. Comenzando por la inicial sorpresa y las críticas a la falta de reacción política -notablemente en materia de acogida digna de las personas migrantes y de seguridad ciudadana-, hasta el miedo, enfado y preocupación de una parte de la ciudadanía ceutí, pasando por el tremendo drama de la pérdida de unas 140 vidas de personas que solamente querían vivir mejor y creían que aquí, o sea, en España y Europa, podrían hacerlo.

Lo cierto es que ha ocurrido y, como cada vez que asistimos a llegadas masivas de inmigrantes y a muertes sin sentido, se despliega una batería de reacciones, en todos los terrenos. Llevamos muchos años debatiendo sobre las migraciones y, particularmente, sobre el destino de las personas que llegan hasta nuestra tierra buscando una vida mejor, algo a lo que, como nosotras, tienen legítimo derecho. Cierto es que, sin embargo, aún no hemos resuelto ni las razones originarias de estas migraciones ni sus consecuencias, sobre todo las más tremendas.

De ahí que las migraciones internacionales, ya se deban a razones económicas, de persecución o de otro tipo, sean, hoy, una de las cuestiones en las que más centramos nuestra atención, lo que se evidencia en los medios de comunicación y, por supuesto, cómo no, en el debate político.

No tenemos respuestas claras ni, menos aún, inmediatas a las diversas cuestiones y problemas que estas migraciones nos plantean -utilizo la palabra “problemas” conscientemente, pues, de hecho, éstos se generan en nuestras sociedades, como se está viendo en Ceuta en estos momentos-. “Problemas”, algunos de los cuales pueden y deben ser resueltos, como lo son los vinculados a la seguridad y a la intranquilidad de la población, así como a la dramática situación en la que aún se encuentran, once días después de su llegada, varios miles de personas migrantes, de las cuales una buena parte son menores. Esto, aunque sólo sea esto, es resoluble con los medios necesarios.

Más complicado es, sin duda, resolver el origen de la cuestión. Cuando miles y miles de personas procedentes de países aún en vías de desarrollo, notablemente de África subsahariana, persiguen el “gran sueño” de llegar al primer mundo, a Europa, como sea, a costa de lo que sea, dejando todo atrás y arriesgando la vida, ello no ocurre porque sí, sino que tiene razones muy profundas relacionadas con la justicia -más bien, con la injusticia-.

Injusticia que, a su vez, está íntimamente relacionada con el “azar”, el de haber nacido en un lugar, aleatoriamente, y la decisión política histórica de que los Estados tengan fronteras que blinden a su población e impidan la entrada de ciudadanos de otros lugares, salvo las debidas autorizaciones.

Esto, a estas alturas, no tiene ya arreglo, o yo no lo veo. En efecto, no se puede pretender hoy de manera realista la desaparición de las fronteras y/o de los controles de movimientos entre países. Pero, en todo caso, debe estar en el fondo del debate, siendo una perspectiva que no puede olvidarse ni menospreciarse.

Por otra parte, no es sólo cuestión de nacionalidad, por supuesto. Nuestras fronteras, las de los países de la UE, sin ir más lejos -no es necesario mencionar a Trump en este tema, que bastante tenemos aquí-, están abiertas para quienes proceden de determinados lugares o en determinadas circunstancias. Y es que las migraciones y el cierre de fronteras tiene que ver no sólo con la nacionalidad, sino, sobre todo, con la situación de las personas migrantes, esto es, con la pobreza y la marginalidad.

Nuestras fronteras se abren al olor del dinero, el dinero de los países de origen -los del primer mundo- y el de las propias personas que se mueven y la rentabilidad económica que nos pueden brindar. No es preciso nombrar a nadie, pero conocemos sobradamente cómo recibimos a sujetos, en algunos casos procedentes también de países en vías de desarrollo, pero que nos pueden proporcionar grandes beneficios. Y, sin ir más lejos, abrimos nuestras fronteras para obtener mano de obra para nuestras necesidades, con una visión eminentemente mercantilizada de las migraciones.

Y, pese a todo, estas migraciones son beneficiosas para toda la humanidad: tienen efectos muy positivos en los países de origen, pues normalmente mejoran la vida de quienes llegan y también de quienes se quedaron allí, ya que generan riqueza a través de las “remesas” que se envían, en porcentajes verdaderamente llamativos. Por ejemplo, en Colombia, en 2024 alcanzaron un 2,3% de su PIB -siendo en un 53% procedentes de Estados Unidos y del 11,3% las de España- y siguen subiendo. En Nicaragua, según el Fondo Monetario Internacional, las remesas alcanzaron en 2025 nada menos que la extraordinaria cifra del 29,5% de su PIB, en cifras muy similares a la de Honduras, Guatemala o El Salvador.

Benéfico efecto que también se produce en Marruecos, país en el que, según los datos del Banco Mundial de 2023, las remesas representaron el 8,2% de su PIB, o en Nigeria -el país más poblado de África- que recibió remesas por valor del 6% de su PIB, y países como Gambia, Liberia o Cabo Verde las han recibido por importes de entre el 10% y el 20% de su PIB.

Datos que muchos análisis en materia de desarrollo humano ponen de relieve como un factor de real impulso del crecimiento económico y de estabilidad política y monetaria de los países de origen de las personas migrantes que nos llegan. Y también ponen de manifiesto su contribución a la reducción de la pobreza y a su incidencia igualmente en el nivel microeconómico, pues sirven para cubrir necesidades básicas de muchos hogares, tanto de carácter alimenticio como en materia de salud y educación, permitiendo a muchas familias acceder a servicios anteriormente inaccesibles, así como a impulsar el emprendimiento y la inversión local.

Por eso vienen, para eso llegan. Por eso, en muchos casos, arriesgan sus vidas. Para mejorar su situación y la de sus entornos más queridos. Algo a lo que tienen pleno derecho y que es de auténtica justicia.

Entretanto, en la UE se sigue una política cada vez más restrictiva respecto de las solicitudes de asilo y la inmigración irregular. Así, hay que recordar que en 2024 se alcanzó un muy discutido Pacto sobre Migración y Asilo, conteniendo un paquete de medidas en diez normas de gran relevancia, aprobado mediante un gran acuerdo entre la derecha y y el grupo socialista, con el rechazo de la extrema derecha, los verdes y la izquierda. Este Pacto ha sido desarrollado por dos Reglamentos que entraron en vigor en febrero de 2026, que flexibilizan las condiciones para que un Estado miembro pueda denegar una solicitud de asilo y remitir a la persona solicitante a un tercer país seguro y que posibilitan la externalización a dichos países del control de fronteras. Lo que merece una reflexión sobre la adecuación de estas normas con los valores constitucionales de la UE. Pero esto es otra cuestión que tiene, hoy por hoy, difícil retorno.

Entretanto, en las calles de Ceuta sigue habiendo personas necesitadas de toda nuestra atención, de todo nuestro cuidado. Personas migrantes y locales: todas ellas precisan respuestas: para garantizar el bienestar de quienes así han llegado y, también, para evitar que esas personas puedan ser percibidas como generadoras de miedo o constitutivas de alguna amenaza. En ello tiene mucho -más bien, casi todo- que decir el Estado, todo el Estado, con todas sus razones, mayormente las de la igualdad y la justicia, y con todos sus medios, los de apoyo y seguridad.

Si el Estado falla en esto, nos hallaremos en una situación realmente complicada y perdiendo argumentos para seguir sosteniendo la justicia de las migraciones.

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