No confundamos a quien aprovecha el incendio con quien lo provoca
Según una encuesta de elDiario.es, aproximadamente uno de cada tres votantes de izquierdas cree que el caso que hoy salpica al entorno del Gobierno es, en realidad, una operación urdida contra él. Se trata de datos preocupantes por lo que revelan sobre el estado del espíritu crítico en la izquierda. Conviene explicitarlo para no llevar a confusión: es posible, y es necesario, reconocer que las derechas harán cuanto esté en su mano por derribar a este Gobierno, y que tienen ascendiente suficiente dentro del Estado como para intentarlo con altas probabilidades de éxito. Pero de ahí no se puede inferir que un caso que incluye la creación de sociedades pantalla para hacer negocios sea, también él, un producto de las maniobras de la derecha. Que el adversario quiera aprovechar el incendio no lo convierte en quien lo provocó. No deberíamos pasar por ahí.
Hace algunas décadas, un grupo de pensadores se dedicó a desbrozar las trampas lógicas en las que había caído buena parte del marxismo y del pensamiento de izquierdas en general. Aquellos ‘marxistas analíticos’ —así se llamaron— dedicaron esfuerzos brillantes a demostrar que del hecho de que un fenómeno beneficie a X no puede inferirse que X sea su autor ni su responsable. Lo llamaron crítica a la explicación funcional, y su blanco era el marxismo que explicaba cualquier institución diciendo que existía “porque” convenía al capital, sin molestarse en mostrar el mecanismo concreto por el que el interés del capital se traducía, supuestamente, en esa institución particular. La falacia es elemental —beneficiario no es lo mismo que causante—, y sin embargo sigue siendo asombrosamente habitual en la manera en que una parte de la izquierda lee la sociedad.
Lo interesante es que esta forma de razonar tiene exactamente el patrón de una teoría de la conspiración. John Elster, uno de los marxistas analíticos más destacados, señaló que el funcionalismo y el conspiracionismo son dos salidas falsas al mismo callejón. Cuando no se ve el mecanismo que conecta una causa con un efecto, uno puede inventarse una función que se autorregula sola —el funcionalismo— o inventarse un agente oculto que lo orquesta todo entre bambalinas —la conspiración—. Son explicaciones hermanas: dos maneras de tapar el agujero que deja un mecanismo que no se ha sabido explicar.
Un ejemplo reciente puede servir para mostrarlo con más claridad. El partido Podemos emergió electoralmente en 2014 gracias a la carismática presencia de Pablo Iglesias en las tertulias de La Sexta, y el estallido fue tal que, a los pocos meses, Podemos estaba en las encuestas en el 20% e Izquierda Unida en el 5%. En aquellas circunstancias, no muchos comprendían el mecanismo causal por el que IU había pasado del 15% al 5% en sólo unos meses, así que se recurrió a explicaciones funcionalistas y conspirativas: Podemos era, se decía, un producto del capital (encarnado en los medios) para acabar con el partido de la clase trabajadora. Curiosamente, exactamente el mismo argumento apareció de nuevo cuando emergió Sumar en 2022, pero esta vez en boca de los representantes de Podemos. La explicación funcionalista (“al sistema le beneficia esto —la división—, luego es cosa del sistema”) y conspirativa (“todo es un plan de los medios para destruirnos”) es un recurso tan habitual como erróneo.
Aun así, me lo he encontrado una y otra vez dentro de la izquierda, en lecturas de muy distinto calibre y radicalidad. Si las grandes empresas se benefician de las políticas socialdemócratas, se concluye que las políticas socialdemócratas las diseñan las grandes empresas. Si el feminismo reivindica que el trabajo de la mujer sea remunerado, se decreta que el feminismo es un instrumento del capital. Si hay empresas de energía renovable, se asegura que la transición energética es una quimera del capital. Si la patronal apoya regularizar a los migrantes, se proclama que dar papeles es hacerle el juego al capitalismo. Si criticar a Rusia beneficia a Estados Unidos, se sentencia que toda crítica a Rusia es cosa del imperio. En todos los casos opera el mismo automatismo: se simplifica el fenómeno, se suprime la agencia de quienes lo protagonizan —como si las personas y los movimientos no tuvieran voluntad propia con la que explicar lo que hacen— y se clausura, de paso, la capacidad de crítica.
Durante mucho tiempo me he preguntado por qué estos argumentos son tan atractivos para tanta gente. La única explicación que me convence es que estas lecturas, aunque sean lógicamente ilegítimas, resultan políticamente rentables, porque cohesionan al grupo. No hay nada como una buena teoría de la conspiración, aderezada con unas dosis de victimismo, para cerrar filas. Los agravios unen mucho más que las victorias: señalar un enemigo externo capaz de poner en riesgo la existencia misma del grupo despierta lealtades que dormitaban. “Si vienen a por nosotros, por algo será”; “Nos atacan porque decimos la verdad”; “Si no te atacan como a mí, eres de ellos”. Y conviene que se me entienda bien: no estoy diciendo que la crítica externa sea siempre veraz —de hecho, muy frecuentemente es torticera e interesada—. Estoy diciendo otra cosa: que el victimismo se utiliza para anular el espíritu crítico propio, que es distinto.
En esta fase declarativa sobre qué explica el ataque externo, todo parece inocente. Pero cuidado, porque una vez explicitados los argumentos conspirativos, el paso siguiente es casi siempre el mismo. Tras identificar al enemigo externo llega la búsqueda del enemigo interno: el disidente cómplice, el traidor que colabora con la fuerza omnipresente que quiere destruirnos. Si estamos bajo asedio, quien levanta la voz para señalar lo que se hace mal pasa automáticamente a ser sospechoso de colaboracionismo. El disidente se convierte en traidor, y al traidor se le invita a marcharse. Al menos hoy se le invita: bajo el estalinismo se le fusilaba. Que se lo pregunten a Bujarin y a tantos otros revolucionarios que cayeron bajo esa misma acusación. Porque el estalinismo se edificó precisamente sobre esa narrativa —el enemigo exterior que había logrado infiltrar sus tentáculos en el interior— y la convirtió en coartada para liquidar todo pensamiento crítico. Stalin no se equivocaba al afirmar que había potencias interesadas en la caída de la URSS; su salto mortal fue inferir que toda crítica a la URSS era, por ello, producto de la conspiración de esas potencias. Es el mismo salto, exactamente el mismo, que el que reproduce la izquierda cuando construye la idea de un “bunker resistente” frente a los malvados elementos de la derecha/medios/el capital.
Procesos así conducen, inevitablemente, a la fosilización del pensamiento crítico, sobre todo en los sectores que han hecho suya esa mirada. Si el enemigo externo es omnipotente y lo explica todo, ¿para qué malgastar energías preguntándose qué hicieron mal los nuestros? Por el camino, la base social se transforma: deja de ser diversa, amplia y crítica para volverse homogénea, estrecha y leal. En este sentido, la clave es que las teorías de la conspiración no tienen fronteras: nadie es capaz de fijar dónde termina la trama. Primero son los medios; después, los mal llamados ‘aliados’; al final, cualquiera que aporte un dato incómodo. El proceso acaba consumiéndose a sí mismo, y de la quema solo se salvan unos pocos dirigentes. Las estructuras construidas de este modo ya no necesitan ganar: les basta con tener razón moral, con el aplauso de los suyos, que es lo único que garantiza la reproducción de su poder. Cada depuración deja un núcleo más puro y más pequeño.
Por eso conviene estar alerta. Uno empieza deslizándose por una pendiente de apariencia inocente y termina empantanado, defendiendo imposibles, incapaz de pensar críticamente la realidad que lo rodea. Por mi parte, en cuanto huelo un proceso de victimización —“los medios, la derecha, los jueces nos atacan, apóyanos”— me pongo en guardia. No porque los medios, la derecha o los jueces carezcan de agencia: la tienen, y a menudo es hostilísima con la izquierda. Me pongo en guardia porque esa llamada suele ser una estrategia diseñada para que traguemos con cosas que nos saldrán caras a medio y largo plazo. La izquierda fue siempre la tradición del sujeto que hace su propia historia. Renunciar a la responsabilidad sobre lo que hacemos mal, mientras reclamamos para nosotros todo el mérito de lo que hacemos bien, es renunciar a esa tradición. Y hay una asimetría final que deberíamos entender: a la derecha el conspiracionismo la moviliza; a la izquierda la anestesia.
2