Pablo Casado en el Frente de Harzburg

El presidente de Vox, Santiago Abascal, pasa por delante del presidente del PP, Pablo Casado, en el Congreso.

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En 1931 se conformó una breve coalición electoral en la República de Weimar que se denominó Frente de Harzburg y que fue conformada por varios partidos de extrema derecha, el NSDAP de Adolf Hitler y el partido conservador de Alfred Hugenberg, para combatir lo que ellos consideraban la deriva al bolchevismo del canciller Heinrich Brüning, del partido Zentrum.

Hugenberg era un magnate de la prensa, un multimillonario preocupado por lo que consideraba una bolchevización de los conservadores moderados del Zentrum, un conservador radicalizado que había logrado que los hombres de negocios de rigor prusiano de su partido le pidieran moderación y montaron su propia formación después de no haberlo logrado. Alfred Hugenberg quiso atraer a Adolf Hitler a sus postulados al ver el crecimiento sostenido de los nazis y considerar que podría apaciguar su extremismo a su conveniencia cuando fuera necesario. El final lo conocemos todos.

Una buena decisión para la convivencia puede ser una mala decisión para su supervivencia. Existe un consenso generalizado en un amplio espectro de la opinión pública del acierto de Pablo Casado en su posición estratégica en la moción de censura, que acompañó de un discurso firme y brillante contra Santiago Abascal. Un discurso que recuperó las esencias conservadoras de la mejor tradición canovista. Su modo de posicionarse de manera frontal frente al discurso fascista que Vox enarboló en el Congreso sorprendió a todo el mundo y lo presentó como un líder con coraje que hasta ahora no había hecho acto de presencia.

Las palabras de Pablo Casado hace dos años hubieran empujado a la marginalidad a Vox, pero ahora, en este momento, lo único que han conseguido es consolidar y reforzar la posición de radicalidad de los fascistas. Las políticas de apaciguamiento no funcionan cuando la víbora que has mimado y alimentado ya ha enseñado los dientes.

El problema para Casado es que ya es tarde para amaestrar a la serpiente. El veneno bífido lleva corriendo por su cuerpo más de dos años en forma de un discurso que ya ha gangrenado las extremidades haciendo imposible que se vuelva a mover del espectro ideológico que fijó la foto de Colón y consolidaron las alianzas poselectorales en Madrid y Andalucía. La foto de Colón fue el particular Frente de Harzburg de la derecha liberal y conservadora española y ya no hay marcha atrás.

La hegemonía del discurso de la derecha está en las posiciones extremas, frentistas e irracionales que esbozó Santiago Abascal en la tribuna por obra y gracia del propio Pablo Casado al intentar tapar las vías de agua a Vox calcando sus formas y radicalizando el discurso para competir contra ellos en su mismo terreno de juego. Un error fatal que no ha servido en Europa a ningún partido conservador en su competencia electoral con sus hijos radicales en forma de partidos posfascistas.

La estrategia de Pablo Casado por su debilidad ha sido errática y fluctuante desde que logró el poder en el PP. De la radicalidad al centro para volver a radicalizarse hasta comprar los marcos de la izquierda contra Vox en su último discurso. Porque es difícil comprender que acuse a Vox de facilitarle un triunfo aplastador a Pedro Sánchez por la moción de censura e incidir en ese triunfo por aplastamiento otorgando sus diputados al no. Solo la abstención era una posición comprensible con el discurso que Pablo Casado expresó en la tribuna. Si de verdad considera que Vox y este Gobierno son lo mismo no hay más posición estratégica viable que la abstención, y si cree firmemente que Abascal representa la intolerancia y el iliberalismo ya tendría que haber roto todos los compromisos adquiridos con los posfascistas en sus acuerdos de investidura autonómicos y municipales.

"Lo que eres me distrae de lo que dices", escribía Pedro Salinas. Pablo Casado ya no puede pasar por un estadista equiparable a la derecha europea que reniega sin tapujos del fascismo hasta el punto de preferir pactar con la socialdemocracia. Ha mimetizado a su electorado con el de Vox al hacer hegemónico en su espectro electoral el corpus teórico que enarbola Abascal. El PP de Pablo Casado ha acusado de totalitario y dictatorial al Gobierno de Pedro Sánchez imitando el lenguaje guerracivilista de Vox. Ha calcado los marcos de los fascistas al hablar del feminismo, los menores extranjeros no acompañados, los okupas, la inmigración ilegal y hasta coqueteó con la ilegalización de partidos independentistas.

Es responsable de haber promovido la deshumanización del adversario en su intento por resultar una opción aceptable para los votantes que Santiago Abascal le había quitado. El líder del PP ha alimentado la radicalidad en su electorado hasta ir acercándolo a Vox imitando su mensaje y su tono. Si ahora se separa de golpe de un discurso con el que ha macerado a sus seguidores no solo insulta a Abascal, Vox y sus votantes, también lo hace con los votantes propios que suscriben todos y cada uno de los mensajes que el partido fascista expresó en la moción de censura.

La dinámica oscilante que está siguiendo Pablo Casado recuerda a la que borró del mapa electoral a Albert Rivera. El líder de Ciudadanos desapareció después de escorarse hasta hacerse indistinguible de la extrema derecha convirtiendo a Pedro Sánchez en una caricatura bolchevique para después acudir a los últimos comicios abriéndose a pactar con él. Radicalizar al propio electorado de forma sistemática tiene una inercia que hay que respetar después de pisar el freno, si no se hace, las leyes de la física garantizan acabar aplastado por la fuerza imparable del monstruo que han acelerado. Pablo Casado alejó a su electorado del centro hasta dejarlo vacío y ahora corre asustado al ver la forma que ha adquirido el kraken a ocupar un lugar en el que no queda nadie. Ya es tarde para Casado, ganó la moción pero ha perdido a sus votantes.

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Publicado el
24 de octubre de 2020 - 21:53 h

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