Los perros, y lo que tú quieras, son familia
El tremendo accidente de Adamuz resuena fortísimo en nuestro estado de ánimo. Las familias empiezan a asumir la pérdida, reacios a tener un papel en un funeral de Estado en el que no quieren ver a los gestores de la vía que se salió de madre. Si fue inevitable o no se sabrá en un tiempo. Si hubo responsables o no, y quiénes fueron, se determinará. Que fue inesperado, injusto y no debió nunca pasar, es ya sabido. Y ahí, en ese punto emocional, están los afectados. Muy por encima del umbral de lo humanamente soportable y más allá de debates semánticos sobre qué significa exactamente “renovación integral”.
En medio de la tragedia, una chica de mirada limpia hizo en la tele un llamamiento, ahora que su hermana –embarazada y en la UCI– estaba ya cuidada en el hospital: “Si podéis ayudar a buscar a los animales, que también son familia”, decía hipando, imaginando a su perro solo y asustado, buscándola sin saber cómo encontrarla, por esa vulnerabilidad de aquellos a los que amamos y que nos necesitan para sobrevivir. A la horda de voluntarios que salieron ágiles a buscar a su perro Boro por los alrededores de Adamuz se le colgaron como peso muerto a las faldas una marabunta de indignados. Ofendidos contra quienes, supuestamente, querían poner a la misma altura a los humanos y a los perros. Qué desfachatez. Como si hubiera que elegir una especie. Como si buscar a Boro le robara la cama de cuidados intensivos a alguien. Como si el corazón fuera lineal y no poliédrico.
Ayudó quien pudo, familiares de la chica y también personas que no habían tenido cerca un ser vivo animal en su vida. Vieron en Ana y su mensaje que podían aliviar un dolor y lo hicieron sin cuestionar si era o no lícito su sentimiento. Mientras, se abría un debate ridículo en redes sociales sobre qué especie requiere antes más cuidado. Un debate ético sin argumentos porque partía de la premisa equivocada de unos recursos limitados que no eran. Si había que preocuparse, ¿a quién habría que ayudar primero?
Enfundados en grandeza, quisieron estos farsantes vestirse de expertos en bioética, que claro que tienen arduos debates y dilemas que están intentando responder. Por ejemplo, si un coche automático pierde el control y puede atropellar a lo que parece un niño, ¿gira bruscamente aunque en la maniobra mate a una anciana? ¿Intenta esquivar al niño? ¿Hace algo parecido a lo que haría un humano según la capacidad de reacción que tenemos? Todo esto se plantean comités profesionales hoy en día y son preguntas complejas y pertinentes para realidades multicapa. El 'dilema' de Boro se resolvía saliendo al monte a intentar encontrarlo para llevarlo con su familia y que no muriera de hambre.
Nunca he convivido con animales ni creo que lo haga. Pero como dijo Ana, los animales son familia para muchas personas. Incluso más familia que un padre maltratador. También son familia para personas que sufren la soledad, son los ojos de las personas ciegas y pueden ser conexión terrenal para personas autistas. Hay gente para la que familia son marido y dos hijos, o los amigos, o la Inteligencia Artificial. Familia puede ser un sábado de pasodobles en el centro municipal de mayores o el chaval que te sacó de un tren accidentado. Puede ser un primo, dos parejas, ese amigo que no ves nunca y vive en Bruselas. Puede ser todo ello a la vez, porque familia –que en la Antigua Roma incluía a quienes vivían bajo el mismo techo, incluidos los esclavos – no es excluyente. Familia es Boro y lo que cada uno considere y ame como parte de ese núcleo esencial sólido que nos protege y acaricia, sin necesidad de que un jurado popular y cerril lo apruebe.
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