Yo, con la selección, pero con mi selección
Frente a Francia, todos con España. Pero todos, todos. En tiempos de polarización, el deporte parece la excepción, el único consenso posible y el único patriotismo donde cabemos todos: ya seas de izquierda, derecha, ultraderecha, republicano o monárquico, todos vamos con el Rafa Nadal o el Fernando Alonso de turno, con los deportistas olímpicos de disciplinas que ni conocíamos, con “la familia” en los torneos de baloncesto… Y por supuesto, con la selección española de fútbol.
Hasta los independentistas cantan sus goles aunque sea con la boca pequeña. Verás a republicanos irreductibles agarrar una rojigualda si se la ponen a mano. A tu primo el racista jaleando a Lamine Yamal. Pedro Sánchez y Feijóo por una vez de acuerdo. Tertulianos televisivos que tras despellejarse quedan para ver juntos el partido, y vecinos del mismo pueblo que no se hablan pero pueden acabar abrazados en el bar.
Eso no quiere decir que la selección española sea apolítica, al contrario. Todos coincidimos en el apoyo, pero cada uno encuentra motivos propios para ese apoyo. Y más allá de la pasión futbolera y la natural simpatía por tus compatriotas, son también motivos políticos los que nos mueven. Como si fuera un significante vacío (que no lo es), cada uno le coloca el suyo.
Para la derecha y la extrema derecha, la selección representa a ESPAÑA, con mayúsculas y tipografía imperial: la nación, la unidad, la bandera rojigualda, el himno, y la negación de lo que otras nacionalidades del Estado no pueden hacer (participar en competiciones, ser reconocidas internacionalmente). A menudo se usa como arma arrojadiza, reprochando a vascos y catalanes que apoyen al “equipo nacional”, como si eso les quitase razones. En momentos de tensión territorial, el Mundial llenó los balcones de banderas de España que ya no se retiraron, en un renacer del nacionalismo español frente al procés catalán. Recordemos cómo los cantos de estadio se convirtieron en consigna contra el rival político: “yo soy español, español, español”, y “a por ellos, oeeee”.
Por la banda izquierda también nos quedamos con aquello que encaja en nuestra visión: frente a la épica nacionalista, nos decimos que la selección representa la España plural e integradora, donde juegan juntos vascos, catalanes y madrileños, y donde triunfan hijos de inmigrantes, y españoles que no encajan en el estrecho molde de la españolidad normativa de derechas (blanco, católico, castellanohablante…). Por supuesto, la llamamos “la Roja” con insistencia, para chinchar a la derecha.
También en el independentismo vasco o catalán son muchos los que van con España y celebran sus triunfos, aunque sea en la intimidad. No todos, claro. Los que sí, lo justifican en público por la presencia de compatriotas en el equipo, y lo compensan luego silbando al himno o al rey en las finales de Copa, para que quede claro que van con la selección (y con Nadal, Alonso y los del baloncesto) pero no con ESPAÑA.
Con el fútbol pasa como con la Semana Santa y otras manifestaciones religiosas: reciben un apoyo mayoritario, pero en ellas conviven en extraña armonía todo tipo de sensibilidades religiosas y políticas, incluso antagónicas. Ninguna sorpresa, pues la pasión futbolística tiene mucho en común con la pasión religiosa. ¡Gol!
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