Lo primero, la vivienda asequible
Prefiero el vaso medio lleno al vacío, el parche a la herida abierta, el llegar tarde al no llegar nunca, el mal menor al mal absoluto, y, francamente, me importa un pepino que los puristas me llamen por ello pragmático o posibilista. Pero que conste que lo que no soy es acomodaticio, no renuncio a mis principios por comodidad o conveniencia. Mis principios guían mi caminar, pero asumo que este caminar tiene que ir ajustándose a las circunstancias del momento y el terreno.
Digo esto porque me alegra que el problema de la vivienda haya pasado a ocupar el primer lugar de una conversación nacional que estaba dominada por los miedos azuzados interesadamente a raíz del masivo asalto migratorio a Ceuta. Hay que resolver lo de Ceuta, por supuesto, pero no soy de los que creen que la llegada de mano de obra extranjera a España o la vecindad de Marruecos son los principales problemas de nuestro país. El acceso a la vivienda sí que lo es, en cambio.
Lo he escrito en este diario: me angustia que mis hijas, aun teniendo trabajo, no puedan comprar o alquilar un pisito a un precio asequible, algo que yo pude hacer a su edad. Y me agobia el que, sobre mis modestos ingresos y mis menguadas energías de septuagenario, pese la necesidad de ayudar en esta materia a unas hijas que ya cumplieron hace tiempo los treinta años.
Me indigné con el brutal desahucio de Maricarmen y ello prueba que estoy vivo. Pero me reconfortó ver que mi indignación era ampliamente compartida y provocaba un nuevo movimiento callejero en defensa del derecho a la vivienda y en contra de su mera consideración como objeto de especulación y beneficios descomunales. Quien piense que la democracia solo consiste en votar cada está muy equivocado. La democracia exige otras cosas, entre ellas una población que esté ojo avizor y se exprese a través de asociaciones, sindicatos, huelgas, manifestaciones, recogidas de firmas, sentadas o, por qué no, acampadas.
Esto es lo que ha resucitado la tragedia de Maricarmen. Y con resultados inmediatos: la posibilidad de que la octogenaria vuelva a casa a un alquiler razonable y la movilización del Gobierno para proponer de inmediato decretos que palíen algunos de los aspectos más escandalosos de la crisis de la vivienda.
Llámenlo parches sin quieren, pero intentar contener la hemorragia es lo primero que deben hacer los sanitarios ante un herido, el quirófano viene luego. Es evidente que la inexistencia de vivienda asequible para las clases medias y populares precisa en España de atención quirúrgica. Isaac Rosa ha contado muy bien aquí el fondo del asunto: nuestro país necesita ser desenladrillado.
Entretanto, hacen bien los acampados en Sol en no desalojar. Unas calles de Madrid que han soportado trifulcas como las manifestaciones ante la sede del PSOE en Ferraz y disparates como un caro, ruidoso y contaminante campeonato de Fórmula 1 bien pueden pasarse unas semanas con tiendas de campaña en su centro. Madrid tiene un estómago muy fuerte, señora Ayuso, señor Almeida.
También acierta Sumar al presionar a los socialistas desde dentro y fuera del Gobierno. Participar en un Gobierno de coalición sin maximalismos estériles, con conciencia de la correlación de fuerzas, no implica renunciar a expresar las diferencias en situaciones de extrema gravedad. Ni tampoco desistir de dirigirse directamente a la opinión pública en tales situaciones. Sumar ya ha dado en esta legislatura reiteradas pruebas de responsabilidad y lealtad.
En cuanto al PSOE, la vivienda vuelve a ponerle ante una encrucijada vital. Solo los ultras descerebrados del PP y Vox pueden acusarle de intervencionismo en el mercado de la vivienda, ya no digamos de espíritu expropiador. El PSOE siempre ha estado más bien del lado de los propietarios, los rentistas, las constructoras y los bancos. Por miedo a los poderosos, por convicción ideológica o porque no pocos de sus dirigentes tienen varios pisos, que sé yo. Pero si quiere ser la primera fuerza en las próximas legislativas no le queda otra que tomar la bandera de la vivienda asequible y enarbolarla con energía los próximos meses.
Me gustó que Pedro Sánchez estuviera con el alcalde Mamdani, y no con Trump, en su última estancia en Nueva York, y me encanto que Mamdani citara unos versos de Lorca. Además de la indignación por el desahucio de Maricarmen, encuentro en el éxito popular de La bola negra otra muestra de la vitalidad de la España del otoño de 2026.
Ahora bien, si Sánchez, al que yo llamo cariñosamente el Perro porque me gustan los perros, y, por cierto, también los gatos, quiere confirmar ese giro desde una socialdemocracia desfasada y perdedora a una joven, desacomplejada y ganadora izquierda del siglo XXI del que ha hablado aquí Santiago Alba Rico, debe convertirse en campeón de causas concretas que mejoran la vida de la gente: viviendas sociales, alquileres asumibles, supermercados municipales, transporte público gratuito y no contaminante… Quizá lo haga, quizá no. Como dice uno de los personajes de El cónsul honorario, la novela de Graham Greene: “Nada es ineluctable. La vida tiene sorpresas. La vida es absurda. Y como es absurda, siempre existe la esperanza”.
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