Capitalismo con prisas
Capitalismo con prisas: la fórmula me da vueltas en la cabeza desde que la empleara hace unos días un compañero periodista cuya esposa acababa de morir en el choque de dos trenes de alta velocidad en Urda (Toledo). Aunque desgarrado de dolor por la muerte de su mujer, una directiva que efectuaba el último desplazamiento de su carrera laboral, Javier Barrio tuvo la lucidez de decir ante las cámaras: “Estamos viviendo la peor época del capitalismo con prisas. (…) Ahora lo que tenemos son capitalistas que quieren el dinero más rápido que nunca, a la mayor velocidad posible”.
Qué gran verdad, una de las de mayor calado provocadas por la tragedia de Urda. Ahora los empresarios quieren ganar dinero de modo fulgurante, en las mayores cantidades posibles y a costa de lo que sea. Incurriendo si es menester en la inseguridad, la especulación, el pelotazo o hasta la estafa. Eres un mindundi si no ganas plata a espuertas y en un periquete. Pero, atención, no solo ellos están dominados por lo que los granadinos llamamos la bulla. Los drogadictos del tuiteo también colocan sus mensajes sobre cualquier cosa de modo instantáneo, sin verificar su veracidad ni reflexionar sobre las consecuencias. Incluso algunos periodistas parecen haberse olvidado del principio que afirma que más vale dar una noticia tarde que darla falsa.
La vida se ha convertido en una montaña rusa acelerada por un demente. Todo está abrasado por las prisas. Hay que consumir una película, una serie o un libro en la primera semana de su aparición. Los propietarios quieren desalojar expeditivamente a los inquilinos que no están al corriente de pagos. Se compran compulsivamente cosas desde el teléfono móvil y te las entregan en menos de lo que se tarda en contarlo. Se quiere llegar a cualquier punto de la geografía nacional, por alejado que esté, en un par de horas. Y esto último, permítanme decirlo, ha sido el pecado nacional con nuestro sistema ferroviario de alta velocidad.
El martes, en la rueda de prensa posterior al Consejo de Ministros, lo dijo Óscar Puente. Todos los alcaldes, todos los presidentes de las comunidades autónomas, todos nosotros reclamamos trenes de alta velocidad en el corazón de nuestras ciudades. Los queremos, además, baratos, doce euros de Málaga a Madrid, por ejemplo. Demasiados trenes galopando desbocados por vías fatigadas, demasiado tráfico para unos controladores estresados, demasiados riesgos para garantizar una seguridad absoluta.
Hasta ha habido prisas para pedir la dimisión de Óscar Puente. Se exigía desde instantes después de conocer la noticia del accidente de Urda. Pero él ha manejado muy bien los tiempos. Sabía que, aunque no fuera culpable del choque, tenía que asumir su responsabilidad política. Pero antes de hacerlo, se ocupó de la atención de urgencia a las víctimas, de las primeras investigaciones sobre las posibles causas del choque, de los primeros remedios a la inseguridad del sistema, de las primeras explicaciones a la opinión pública y de la primera comparecencia en el Congreso. Y solo entonces, cuando aún no se cumplía una semana desde el accidente, anunció su dimisión.
Esto le honra, lo digo así de claro. Mazón tardó un año en renunciar a la presidencia de la Generalitat valenciana tras la mortal riada de 2024, que, por cierto, no le encontró en su lugar de trabajo, sino en una larga sobremesa con una señora en El Ventorro. Y el muy caradura aún disfruta del aforamiento de un diputado. Puente, en cambio, ha hecho una aportación positiva a nuestra democracia: demostrar que no todos los políticos son iguales. Horas antes de anunciar su retirada del Gobierno, y también de las listas electorales del PSOE, Puente ya había dicho que respetaba la sosegada petición de dimisión que le formulaba Ada Colau, pero no las del PP de Feijóo y Mazón.
Dudo mucho que la mayoría de los españoles saquemos las lecciones que cabe sacar de los accidentes de la alta velocidad en Adamuz y Urda, me temo que volveremos a dejarnos llevar por las prisas. En lo que a mí concierne, no quiero que la prontitud se imponga en el restablecimiento del sistema. Pueden ser necesarias semanas, meses e incluso años de parón parcial o total para hacer las verificaciones y reformas necesarias. No quiero más tráfico de forma inmediata, quiero más seguridad de forma duradera. Aceptaré cinco, seis o siete horas de viaje entre mi Andalucía y Madrid. En mi coche, autobús o BlaBlaCar.
Y, por supuesto, no me creo ni ciego de marihuana que los miles de millones de euros precisos para asegurar nuestro sistema ferroviario puedan salir de la reducción de impuestos y gasto público que propone la coalición PP/Vox.
En fin, que me ha gustado lo escrito por David Trueba en El País a propósito de Urda: “La aceleración de la civilización en los últimos treinta años también es física. Vamos demasiado deprisa. Incluso a la hora de analizar una tragedia nos precipitamos”. Y me acuerdo de una frase que repetía mi padre, un malagueño con filosofía popular andaluza: “Vísteme despacio que tengo prisa”.
Adenda. El futuro no está escrito en los astros ni en ningún libro sagrado. Estados Unidos acaba de darle una sonora bofetada a Trump, como Brasil se la había dado, poco antes, a su vasallo Bolsonaro. Lo que ocurra el 29N en España no está predeterminado por ninguna encuesta. Depende de nosotros. Seamos listos.
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