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Cómprate un Tribunal Supremo y gobernarás
Sin anestesia: España no sufre un problema de división de poderes, sino algo mucho más grave, la apropiación de uno de ellos. El poder judicial se ha transformado en un fondo de inversión político a largo plazo. Mientras el ciudadano acude a las urnas, el control de los nombramientos, de las asociaciones judiciales y de las puertas giratorias en la judicatura ha permitido al PP colonizar los órganos de mayor poder e influencia del Estado. No hablamos ya de una teoría conspirativa, las pruebas están a la vista, en cada decisión judicial que aparece “milagrosamente” alineada con los intereses del PP. La renovación del CGPJ se ha bloqueado por el PP de forma ilegal cuando ha convenido; las sentencias con mayor carga política acaban en un Tribunal Supremo donde la ideología conservadora resulta palpable, arrolladora. La Audiencia Nacional, mientras tanto, se ha convertido en el escenario perfecto para procesar, filtrar o retrasar causas incómodas para el bloque reaccionario. El patrón se repite, cuando el PP gobierna, la justicia actúa como escudo; cuando pierde, como espada. No gobiernan desde La Moncloa, sino desde los estrados. No es casualidad que la Asociación Profesional de la Magistratura o la Asociación de Fiscales, abiertamente ultraconservadoras, dominen los órganos de gobierno internos, o que los grandes colegios corporativos (abogados, procuradores, abogados del Estado) se inclinen invariablemente hacia la órbita del PP. El resultado es demoledor: una democracia de superficie sostenida sobre un subsuelo de poder profundamente conservador. Puedes cambiar al presidente del Gobierno, pero los jueces, los fiscales y los grandes despachos siguen siendo los mismos, funcionando bajo un sistema de fidelidades mutuas. De este modo, el PP puede perder elecciones sin perder el control efectivo del Estado. En España, no basta con ganar en las urnas. Hay que ganar también en los tribunales. Y si eso no es posible, siempre queda la opción de comprarlos a plazos, voluntad judicial tras voluntad judicial, hasta que el poder deje de depender del voto y empiece a depender de un despacho con toga. Gobernar, hoy, ya no consiste en formar gobierno, sino en controlar el lugar desde donde se juzga al gobierno. Cómprate un Tribunal Supremo, y gobernarás.
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