Echar un vistazo a Roma
Vivo en España, pero soy italiana y sigo la actualidad de mi país, hoy con más inquietud que nunca. He visto cómo Giorgia Meloni ha pasado de prometer orden y “patriotismo” a usar el Estado como prolongación de su partido y de su familia. Ahora que aquí se vuelve a hablar de un posible giro a la derecha, Italia funciona como un espóiler de lo que puede pasar cuando la derecha tradicional abre la puerta del poder a la extrema derecha.
El Gobierno de Meloni, en el poder desde finales de 2022, se sostiene sobre una mayoría clara: su partido, Hermanos de Italia, formación de extrema derecha muy cercana a Vox, marca el tono ideológico, la Liga aporta el ala más abiertamente xenófoba y Forza Italia, partido fundado por Silvio Berlusconi - magnate televisivo y varias veces primer ministro - es el viejo centroderecha que ha aceptado subordinarse a una agenda más radical. Juntas controlan el Parlamento: no es una alianza táctica, es un bloque estable que normaliza a la extrema derecha desde dentro del Estado, muy parecido al que algunos sueñan para la Moncloa con el PP y Vox.
En ese bloque, la descalificación no es solo retórica, es también de calidad del personal político. Varios ministros se han visto envueltos en escándalos y metidas de pata, a veces ridículas y a veces graves: desde quienes repiten teorías sobre “sustitución étnica” o minimizan el fascismo, hasta quienes tratan su ministerio como una agencia de colocación para amigos y familiares. El caso de Daniela Santanchè es paradigmático: empresaria del sector turístico, investigada por presunta estafa a la seguridad social italiana y ya imputada en otro proceso por falso en los balances de su grupo empresarial, ha acabado dimitiendo solo después de que el Gobierno sufrió una derrota sonora en su gran reforma de la justicia el pasado marzo.
El Parlamento, que debería ser el principal contrapeso al Gobierno, se ha ido debilitando durante esta legislatura. El Ejecutivo abusa de las iniciativas legislativas propias y de los procedimientos que vacían de contenido el debate, presentando proyectos prácticamente cerrados y reduciendo al mínimo la posibilidad de enmendar. A pesar de la derrota en las urnas del referéndum, Hermanos de Italia ha puesto en marcha una reforma de la ley electoral pensada para asegurar un control casi total de la Cámara y del Senado. Meloni comparece poco en la Cámara y prefiere la comunicación controlada a la confrontación con la oposición.
El derecho a la información tampoco sale indemne. El control político de la televisión pública se ha intensificado y se han colocado perfiles de partido en puestos clave, mientras la principal cadena privada del país sigue en manos de Forza Italia. Los ataques y las querellas contra periodistas críticos no necesitan convertirse en censura abierta: basta con que muchos medios aprendan a autocensurarse para no molestar al poder.
¿Por qué debería importar todo esto en España? Porque la derecha española no se mueve en un vacío: mira a Italia como manual de instrucciones. Vox reivindica la experiencia italiana como prueba de que la extrema derecha puede gobernar “con normalidad” y sectores del PP miran a Meloni como modelo de liderazgo firme pero presentable en Bruselas, en la OTAN y ante Estados Unidos. La experiencia italiana muestra el precio de esa supuesta normalidad: una administración menos competente, un Estado colonizado por lealtades personales y un espacio público donde los conflictos de interés dejan de ser escándalo para convertirse en método.
Como italiana que vive aquí, me suenan demasiado algunos argumentos que escucho en España: que “lo importante es echar a los otros” y que después ya se verá, que las instituciones aguantarán cualquier cosa. Italia demuestra que no es así. Cuando un Gobierno se construye sobre una mayoría que normaliza la incompetencia y los conflictos de interés, el problema no es solo qué leyes se aprueban, sino qué tipo de vida democrática se va consolidando. Sin dramatismos, antes de abrir la puerta de la Moncloa a una coalición similar, me parece bien mirar con calma lo que ya ha pasado en Roma.
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