Fernando Ónega, el arquitecto de la palabra prestada
Se ha apagado la luz de un artesano del consenso, de un hombre que entendió, antes que nadie, que en este país de trincheras y barro la supervivencia no depende de la victoria, sino de la arquitectura del lenguaje. Ónega fue el hombre que puso voz a quienes no tenían palabras, o a quienes tenían demasiadas y no sabían cuáles elegir. Su trayectoria no nació en un jardín democrático; creció en aquella España gris donde el orden se imponía entre el rigor de los correajes militares y el aroma a incienso de las sacristías. Como jefe de prensa de la Guardia de Franco y subdirector del diario Arriba, conoció las entrañas del poder antes de que este aprendiera a lavarse la cara. Para algunos, este inicio es una mancha indeleble; para otros, fue el aprendizaje necesario para saber qué muros había que derribar sin que el techo se nos cayera encima.
En 1976, España era un animal herido y temeroso que buscaba desesperadamente una salida. Ónega se convirtió en el intérprete de una carambola histórica ideada por Torcuato Fernández-Miranda: el tránsito “de la ley a la ley a través de la ley”. Este concepto, que permitía desmontar la dictadura usando sus propias normas legales para evitar el caos, necesitaba un narrador que lo hiciera creíble y humano. Bajo el ala de Adolfo Suárez, Ónega hizo suyo ese postulado y lo dotó de alma. No pretendo con estas líneas defender el modelo de la Transición, precisamente en un momento en que se encuentra en tela de juicio; corresponde a los especialistas evaluar un proceso que se impuso a otras alternativas como la ruptura democrática. Pero es innegable que Ónega fue el pegamento, una amalgama hecha de sintaxis y moderación que entendió que la palabra era el único instrumento para un tránsito sin tragedia civil.
La cercanía al poder tiene un precio que se paga en sospechas permanentes. Ónega caminó por los pasillos de la Zarzuela y la Moncloa con la naturalidad de quien conoce los secretos de alcoba, pero prefiere contar los de Estado. Redactó el discurso del Rey en la noche del 23-F, esa madrugada en la que el tiempo se detuvo y el país contuvo el aliento frente al televisor. Sabía que en este tablero de ajedrez a veces hay que jugar con las piezas que te dan, aunque estén astilladas. Fue un superviviente, sí, pero un superviviente que trabajó para que los demás también sobreviviéramos al naufragio de la intolerancia.
Hay una justicia poética en su etapa final como fundador y presidente de 65YMÁS. En este diario digital, el hombre que había susurrado al oído de los presidentes terminó gritando por los olvidados. Su postulado fue claro: combatir la exclusión de los mayores y devolver la dignidad a una generación que el sistema actual pretendía descartar por una mera cuestión de calendario. En un mundo que idolatra la juventud vacía, Ónega se plantó en la última trinchera para defender la experiencia y la memoria. Fue su forma de cerrar el círculo: de las sombras del régimen a la luz de los derechos sociales. Contenía multitudes y contradicciones; fue el falangista que redactó la democracia y el periodista que, en lugar de buscar el incendio, buscó siempre el extintor.
¿Fue un oportunista o un hombre de Estado? Quizá en la España del siglo XX ambas cosas terminaran siendo la misma moneda de cambio. Lo cierto es que, cuando hoy abrimos la boca para hablar en libertad, muchas de las palabras que usamos las puso él allí primero. Y eso, en un país que siempre ha tendido al silencio cobarde o al grito estéril, es una deuda que el tiempo, con su parsimonia habitual, terminará por reconocer. Descanse en paz el arquitecto de la palabra prestada.
Sobre este blog
En este blog publicamos los artículos y cartas más interesantes y relevantes que nos envíen nuestros socios. Si eres socio/a puedes enviar tu opinión desde aquí. Consulta nuestras normas y recomendaciones para participar.
0