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El final de la vida
La muerte es parte de la vida, y si bien puede llegar sin avisar, en el mejor de los casos para el que se va, otras muchas llega como un depredador, acechando durante un periodo de tiempo indefinido, detrás de una enfermedad incurable, de un envejecimiento desmedido que te va mermando tus facultades y autonomía, detrás en definitiva de una situación que se puede vivir como un auténtico calvario.
Como médico, asisto al final de muchas vidas tras enfermedades extremadamente duras y largas. Como hija, he vivido recientemente la muerte de mi padre de 82 años, también médico, tras haber sufrido durante años una enfermedad que le ha ido consumiendo tan lenta como cruelmente, estando lúcido y consciente de que se iba apagando, entre dolores y una progresiva impotencia física y psíquica.
La medicina puede paliar los síntomas, y hay una especialidad imprescindible para ello, con excelentes profesionales, que es la de Cuidados paliativos. Pero no nos engañemos: cuando tienes una enfermedad terminal, cuando pierdes tu autonomía, cuando tu día a día es esperar cierto alivio de tu dolor, ahogo, angustia vital, con fármacos que te dejan al límite de tus capacidades mentales, a ratos lúcido, a ratos somnoliento, o delirante, esperando que un día ya no te despiertes, o que el síntoma sea tan intenso que por fin puedas recibir una sedación continua…¿Realmente alguien firmaría por un final de vida así?
Cuantas veces he escuchado: “qué difícil es morirse” y “qué duro tener que acabar así esperando…”. Ese botón OFF que la gran mayoría quisiéramos apretar en estas circunstancias se llama Eutanasia, palabra casi tabú en nuestra sociedad, solo planteable en muy excepcionales situaciones y tras arduos trámites burocráticos que aumentan más si cabe el sufrimiento del paciente y si familia.
Una vez se llega a la situación terminal de una enfermedad, tenemos como herramienta la sedación paliativa, que por definición requiere un principio de proporcionalidad, con el objetivo de alcanzar un nivel de sedación suficientemente profundo como para aliviar el sufrimiento, y entonces toca esperar, lo que el cuerpo aguante, no podemos hacer más. Aquí el peso de sufrimiento se traslada a la familia, al entorno de la persona que efectivamente deja de sufrir, y que será velada hasta que su corazón y respiración se paren.
Mi reflexión, como médico y como futuro paciente, es que la eutanasia sea un derecho más de la sociedad, no como sustitución de ninguna sedación, sino como una alternativa. Que cada persona pueda decidir de manera consciente, libre y voluntariamente, que llegadas determinadas circunstancias, su vida acabe cuándo y dónde desee, con una simple inyección. La muerte digna de una persona no puede tener como única opción unos cuidados paliativos, que si bien son imprescindibles, puedes ser insuficientes para algunas personas.
Mi perro murió en mis brazos con una sola inyección hace un año por un cáncer incurable. Es la muerte más dulce que he vivido…
Ojalá mi padre hubiera podido decidir cómo y cuándo marcharse, rodeado de nosotros. Ya que no elegimos nacer, al menos que podamos decidir cómo y cuándo morir.
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