Llegamos tarde, muy tarde
¿Os acordáis de la 3ª Guerra Carlista?
Ya, os suena a chino. Total, han pasado 150 años.
Esta, y las dos anteriores, fueron guerras monárquicas en las que uno de los dos contendientes defendían su derecho sucesorio y el retorno al absolutismo.
Pero da la casualidad de que mi bisabuelo participó en ella.
Vivió medio siglo XIX y murió a los pocos meses del Golpe de Estado de Primo de Rivera por lo que no guardo ningún sentimiento sobre él. Digamos que “nos pilla muy lejos en el tiempo”.
Aunque sí guardo recuerdos de su hijo, mi abuelo, con el que a pesar de que yo era todavía un niño conviví con él durante dos escasos años. Y ahora, ya adulto, guardo recuerdos sobre él y sobre su historia en la Guerra Civil del ‘36 y su duro y forzado exilio.
Un recuerdo que “reabre las heridas” cuando en su momento escuchabas a Rafael Hernando en aquel comentario en 2013: «Los familiares de las víctimas del franquismo se acuerdan de desenterrar a su padre solo cuando hay subvenciones» (aunque a los 5 años pidió perdón), o cuando nuestro “entrañable” expresidente Mariano Rajoy afirmó (también en 2013): «Yo eliminaría todos los artículos de la ley de memoria histórica que hablan de dar dinero público para recuperar el pasado. No daría ni un solo euro público a esos efectos» (y que cumplió a rajatabla). Y supongo que habrá muchas más perlas parecidas que trataban de menospreciar (y humillar) a las víctimas y descendientes de esa Guerra provocada por “los salvadores de la patria”, o sea: los golpistas.
Pues todo sigue igual, diría que incluso peor.
Lo que querían los herederos del “testamento político de Franco” (ese que enmarcaron y lo pusieron en todas las escuelas -al lado de la cruz- para que todos los alumnos la leyéramos y siguiéramos perpetuando su mensaje), esos que en la etapa gris del posfranquismo y durante la primera década de democracia decían que “no era tiempo de revancha”, que pedían sosiego y hermandad, esos que también reprochaban actuaciones que “reabrieran viejas heridas” y pedían que “dejáramos tranquilos a los muertos”, esos mismos, como digo, son los que tiempo después, ahora mismo, tratan de carcas a los que todavía mantenemos encendida la llama del recuerdo, a los que piden ayuda para buscar a sus ascendientes asesinados y enterrados en cunetas o bajo tapias de cementerios.
Llegamos tarde porque las parejas e hijos de represaliados han o van desapareciendo sin que hayan podido recuperar y honrar la memoria de sus familiares.
Y mientras tanto siguen apareciendo mensajes parásitos que trivializan y se mofan de los sentimientos ajenos.
Tal vez en la próxima década la Guerra Civil habrá quedado finalmente relegada a la Historia sin que los verdugos hayan lamentado lo que hicieron y sin que sus víctimas hayan podido cerrar un amargo capítulo en sus historias personales.
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