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Morir de Covid o morir de pena

5.972 personas han muerto en las residencias por covid desde el 8 de marzo

Ana Bravo Durán

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Hace 8 meses que ni mi familia ni yo abrazamos a mi abuela, hace 8 meses que no podemos darle un beso, que no podemos darle la mano, que no podemos darle un achuchón. Hace 8 meses que no nos coge del brazo para dar un paseo. Hace 8 meses que no pone un pie en la calle.

Mi abuela se llama Carmen Humildad, aunque todo el mundo la conoce como Socorro, porque cuando la fueron a bautizar, el cura del pueblo decidió que María del Socorro era un buen nombre para ella porque aún no había nadie allí que se llamara así. Y así es ella, única y genuina. Vive en una residencia de mayores en el municipio de Herreruela de Oropesa, un pueblo de escasos 300 habitantes en la provincia de Toledo. Tiene 92 años y un importante deterioro cognitivo. Por suerte, su estado físico es bastante mejor que el mental, y a sus 92, lleva un bastón, pero casi como un complemento, ya que la movilidad de la que hace gala, es envidiable. 

Lleva ya 3 años viviendo allí y cada fin de semana íbamos a verla. Cuando le apetecía, que no era lo habitual, la sacábamos a comer fuera. Lo que sí le apetecía siempre era un flan para merendar y una bolsa de patatas fritas con medio vasito de Coca-Cola Zero a media mañana. Normalmente le dejábamos un paquete de galletas Tostada Cuétara que guardaba en el cajón de su mesilla para cuando le entrara "necesidad", como ella dice. No podía faltar en nuestras visitas el iPad para ponerle en bucle los vídeos y las fotos de sus bisnietos arizonianos. Nos preguntaba lo mismo una y otra vez, para después decirnos "¿te lo he preguntado ya? Bueno, pues más vale dos veces que ninguna". Tiene muy buen humor y generalmente es muy divertida a pesar de la demencia que padece. Se desorienta muy fácilmente, pierde la noción del tiempo y del espacio constantemente, pregunta por su madre continuamente, pero por fortuna, nos conoce y raro era el día que no nos hacía soltar alguna carcajada. 

Desde el mes de marzo, cuando se cerró a cal y canto el centro en el que reside con la firme intención de proteger a los residentes del virus, mi abuela se siente más sola que nunca.

En todos estos meses ha dado tiempo a que se reanudaran las visitas durante dos meses escasos en los que las medidas de seguridad siempre fueron muy estrictas: siempre al aire libre, siempre con más de dos metros de separación, siempre con mascarilla, siempre un familiar por residente y con una duración máxima de una hora a la semana. Y digo dos meses escasos porque en el mes de agosto fue detectado un brote de Covid-19 en la residencia. Resultaron contagiados 50 residentes, mi abuela entre ellos, y prácticamente toda la plantilla de trabajadores del centro. Por supuesto, suspendieron las visitas de nuevo. Afortunadamente, Socorro, a sus 92 años ha superado el coronavirus, pero sigue sin poder ver a su familia. Mientras podíamos ir a verla, procurábamos aprovechar el día de la visita para irnos detrás de la verja y que así nos pudiera ver, mientras le gritábamos cuánto la queríamos y cuánto la echábamos de menos. 

Y es que hay días que siento que mi abuela no puede más y no sé qué más puedo hacer. Está triste, alicaída, desubicada, no entiende por qué no la dejan salir y no entiende por qué no vamos a verla. En este tiempo hemos llamado a la Consejería de Bienestar de Castilla La Mancha, hemos enviado emails, hemos escrito tweets a varias administraciones de la Junta de Castilla La Mancha para que se revisen los protocolos o que se diseñen alternativas que se hagan cargo de esta situación. Sin embargo, lo único que hemos conseguido ha sido la callada por respuesta. Esta situación está generando un sentimiento de impotencia enorme entre los familiares porque también estamos cansados y agobiados viendo como mi abuela se apaga. El único consuelo que tenemos es que afortunadamente sabemos que está bien cuidada por el equipo de trabajadores de la residencia, que ha hecho siempre y ahora más que nunca un trabajo fabuloso.

Cualquiera entiende la intención de proteger a los mayores, ¿no voy a querer yo lo mejor para mi abuela? Pero, ¿hasta qué punto se dictan órdenes de confinamiento, restricciones de visitas sin pensar ni remotamente en las consecuencias directas que tendrán sobre su salud? ¿No es igual de importante para una persona tan mayor no contagiarse del Covid que preservar su salud mental? 

Nuestro caso obviamente no es único, hay miles de familias como la mía. Y miles de abuelos como mi abuela. Pero ellos no salen cacerola en mano, no escriben en Twitter y nadie grita exabruptos en el Congreso en su nombre. 

En este tiempo he reflexionado sobre cuánto les importan nuestros mayores a las instituciones. Da la sensación de que son un número que echarse en cara cuando se los lleva por delante el virus, pero hasta que eso pasa, la impresión es que les importan entre cero y nada. 

¿Algún grupo de trabajo, algún comité de las distintas administraciones, ha diseñado algún protocolo que además de protegerles les permita tener una relativa calidad de vida? El deterioro cognitivo que provoca la falta de estímulo afectivo, la pérdida de movilidad que ha generado en muchos residentes, aun con el buen trabajo de los cuidadores, es desolador. Porque la idea recurrente que me viene a la mente últimamente es que no se van a morir de Covid, pero se van a morir de pena.

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23 de octubre de 2020 - 21:15 h

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