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La paz era esto: un cuerpo ausente
Hay premios que son un epitafio. Y el Nobel de la Paz, este año, ha escrito el suyo. Lo ha hecho con la pulcritud de un notario que certifica una muerte anunciada: la de la palabra “paz” como territorio neutral. Ahora la paz tiene bando. Tiene un ejército esperando tras la colina.
Hubo un tiempo en que la paz era otra cosa. Era un hombre con barba de apóstol, un Adolfo Pérez Esquivel que caminaba descalzo sobre las ascuas de una Argentina que olía a carne quemada. La paz era él, y eran las madres de pañuelo blanco, contando los cuerpos ausentes, oponiendo a los Falcon sin matrícula la letanía de un nombre, de un hijo desaparecido. Era la fe absurda, casi lunática, de que la dignidad podía detener una bala. El jurado que lo premió en 1980 era un producto de su tiempo: un comité de la Guerra Fría, tipos correosos forjados en la socialdemocracia escandinava, que desconfiaban por igual de la hoz y del Tío Sam. Su premio fue un acto de soberanía moral, un gesto de insumisión que castigaba a uno de esos regímenes de generales que florecían al sur del continente bajo el sol protector de Washington, demostrando que la dignidad no tenía pasaporte. Premiaron la pureza. Premiaron un método que era, en sí mismo, un fin.
Pero el mundo ha cambiado de medicación. Y el comité, con él.
La paz de 2025 ya no viste harapos de santo. Viste el traje impecable de la confrontación. Se llama María Corina Machado. Veo su rostro, oigo su voz, su enumeración de agravios, su catálogo de un país deshecho, y veo la lógica implacable de quien ha decidido que la única cirugía posible es la amputación. Su lucha no es contra un matadero a cielo abierto, sino contra una asfixia lenta, una tiranía de burocracia y hambre que se viste con los harapos de una revolución muerta.
Y frente a eso, su método. No es el cuerpo, es el verbo que invoca al acero. Es la llamada al TIAR, ese fósil de la Guerra Fría, un tratado de defensa mutua que se pudrió de vergüenza en las Malvinas cuando Washington prefirió a Thatcher antes que a sus vecinos del sur. Un organismo obsoleto cuyo fantasma, sin embargo, sirve. Sirve para agitar el Artículo 8, esa cláusula que permite pasar de las sanciones a los cañones, convirtiendo una intervención extranjera en un acto legal de “asistencia recíproca”. Es el truco del tahúr: la guerra con otro nombre, la legitimación de la fuerza a través de un pergamino polvoriento que nadie respetaba ya. Pedir su activación no es un susurro diplomático; es poner una pistola encima de la mesa.
Y detrás de la bandera de la democracia que ondea Machado, siempre hay un petrolero esperando. No nos engañemos. El hostigamiento de Washington a Caracas nunca fue solo una cruzada romántica por las libertades. Es el olor a faja petrolífera, las reservas de crudo más grandes del planeta bajo el culo de un régimen hostil que se las ofrecía a China y a Rusia. Es el pánico a que Moscú o Teherán monten su tenderete en el patio trasero del imperio. Y es, cómo no, la cosecha de votos en Florida, que siempre rinde más si se abona con el anticomunismo de manual. La libertad es un buen eslogan, pero el petróleo es un argumento mucho más sólido para mover un portaaviones.
La contradicción camina por Oslo y nadie parece verla. El jurado de hoy es un comité de trinchera. Ya no busca la tercera vía; está en la primera línea de la única que considera legítima: la de la OTAN moral. La secuencia del sesgo es un mapa de los enemigos de Occidente: un Nobel para irritar a Pekín en la figura de Liu Xiaobo; otro para señalar a Moscú con la valentía de Dmitri Murátov; un tercero para abofetear a Teherán a través del coraje de Narges Mohammadi. El premio a Machado no es una anomalía, es el último eslabón de esa cadena. El Nobel ha dejado de ser un contrapeso para convertirse en un ariete. El de 1980 fue un jurado con memoria del fascismo; el de 2025 es un jurado con pánico al eje autoritario. Y ese miedo, o esa estrategia, lo cambia todo.
Y en medio, nosotros. Oigo el rumor de un continente, el eco de los cuerpos que fueron y los que serán. La paz ya no es la ausencia de guerra. Es la victoria. Es el resultado de una ecuación de poder donde los muertos son daños colaterales, cifras en un informe que leerán otros hombres buenos, desde otros despachos. El premio ya no es un gesto. Es una orden. Y la paz, esa vieja palabra gastada, es solo el silencio que queda después. El silencio de un cuerpo ausente al que le han robado hasta el nombre.
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