El día que el último alcalde republicano de Sevilla puso a los niños del hospicio a ver cofradías en los palcos de las élites
“Fue la primera vez que no tuvieron que recoger cáscaras de gambas en los palcos”. La frase es de Horacio Hermoso Serra, hijo homónimo del último alcalde republicano de Sevilla, recordando una anécdota muy simbólica ocurrida el 10 de abril de 1936, el viernes de aquella Semana Santa del Frente Popular: el regidor regateó el sabotaje de las familias bien de la capital y puso en el lugar más privilegiado para ver cofradías a los niños del hospicio. Fue el último gesto de uno días intensos cuya celebración salvó a contrarreloj y que, dicen, tuvo un peso determinante para su fusilamiento por los franquistas el 29 de septiembre de aquel mismo año.
Aquella Semana Santa estuvo a un tris de no celebrarse porque las formaciones de derechas y las élites de la ciudad maniobraron para abortarla, para así transmitir que nada bueno salía de un Gobierno de la República en manos de unas izquierdas que habían recuperado el poder en las elecciones de febrero de 1936, a diez días de la Cuaresma. El éxito de la fiesta tuvo dos responsables muy directos, el regidor, Horacio Hermoso (al que se retrata en el documental Horacio, el último alcalde), y el gobernador civil, Ricardo Corro Moncho, con un tercer personaje en escena con un papel mucho más ambiguo, el cardenal Eustaquio Ilundain.
Pero volvamos a lo de las gambas, ¿cómo acabaron los niños con menos recursos de Sevilla en el sitio más noble para ver el paso de las hermandades? Pues porque iban a estar casi vacíos por el boicot de los más pudientes, que no renovaron sus abonos para así poner su granito de arena en el boicot: así no se recaudaban unos fondos imprescindibles para costear la salida de las cofradías, por lo que no serían pocas las que arrojarían la toalla y se quedarían en sus templos.
“Una carga simbólica clara”
La cuestión de los dineros se solventó por otras vías y salieron todas menos una, Santa Cruz, que no lo hizo por motivos políticos, para no normalizar a un Gobierno laico. Pero la imagen que se iba a transmitir a toda España no era la mejor para la ciudad, con un corazón de la carrera oficial (por donde desfilan todas las hermandades) con un aspecto arrasado. Así que al regidor se le ocurrió que ocuparan esas sillas los también conocidos como niños del Asilo, todo un bofetón en la cara de los más pudientes.
Recuperando de nuevo lo de las gambas, la frase se la dijo el hijo de Horacio Hermoso al periodista y escritor Antonio Fuentes, que en La huella borrada (Plaza&Janés) novela el corto pero intenso periodo de este alcalde y su fulminante final. “La idea tenía una carga simbólica clara: que los lugares privilegiados que habían dejado vacíos las élites los ocuparan los menos favorecidos”, pero la cosa salió regular porque como todo se hizo a la carrera –la celebración de la Semana Santa no se confirmó hasta el Viernes de Dolores– los palcos no se completaron hasta el propio Viernes Santo y, encima, una buena tromba de agua liquidó la jornada.
Los cielos se abrieron a eso de las cuatro de la tarde. “Los granizos tenían el tamaño que ustedes quieran”, señalaba el cronista del periódico El Liberal, que era bastante gráfico: “¡Se acabó la Semana Santa! ¡Qué modo de llover! ¡Qué ruina! Hoy, que era el día para salvarse tanto pobre como vive de estas fiestas”. “¡Los pobres niños del Asilo, que presencian el desfile en la Plaza de la República, se han mojado! Buscaron refugio dentro del Ayuntamiento”, donde el propio alcalde les invitaría a merendar torrijas.
El 'pecado' de ser masón
Horacio Hermoso tomó posesión el 27 de febrero y, a sus 35 años, ha sido uno de los regidores más jóvenes de la historia de Sevilla. Perteneciente a la Izquierda Republicana de Manuel Azaña, la de la capital fue la única alcaldía que gobernó esta formación en la provincia. De Hermoso se resalta su talante moderado y dialogante, poco amigo de extremismos, “entre él y un comunista había galaxias de diferencia”, explica Leandro Álvarez Rey, catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Sevilla.
Pequeño comerciante bien relacionado que regentaba un negocio de perfumería, vivía en el barrio obrero de El Tiro de Línea, de reciente construcción para una Exposición Iberoamericana de 1929 que había dejado exhaustas las arcas municipales. Nacido en Sanlúcar de Barrameda en 1900, pronto su familia se viene a la capital andaluza. Junto a su pulso por celebrar la Semana Santa, para la Sevilla de después del golpe de Estado arrastra otro pecado quizás todavía más grave: su pertenencia a la masonería, “ser masón era lo peor para la extrema derecha”, apostilla Álvarez Rey.
El propio catedrático se adentra también en el episodio del Viernes Santo, que explica como una respuesta ante el “deplorable efecto que provocaría la ausencia de público en tan emblemático lugar” al no sacar las familias adineradas sus palcos: costaban unas 250 pesetas, que venían a ser un sueldo medio de varios meses. “Hermoso respondió al desafío invitando a los niños del Hospicio y de las escuelas municipales a las tribunas”, otro golpe de efecto tras haber desatascado la celebración en sí de la Semana Santa.
Críticas del PCE por hacer “figurar” a los niños
La incertidumbre llegó de la mano de los silleros responsables de vender los asientos de la carrera oficial, que desistieron de encargarse de esta tarea (por la que se llevaban un porcentaje, el resto era para las hermandades) ante el riesgo de que luego no saliera ninguna cofradía y sabedores ya de que la oligarquía local no estaba por la labor. Todo se arregló in extremis el Viernes de Dolores, y gracias a que pusieron dinero Ayuntamiento, Diputación, Gobierno Civil y hasta el por entonces ministro de Comunicaciones y Marina Mercante, el sevillano Manuel Blasco Garzón, que se vino a la capital a ver a su hermandad del Silencio.
“Los niños del hospicio aparecen como los destinatarios de un gesto político y social con el que el Ayuntamiento quiso llenar los palcos vacíos del boicot y, a la vez, dar visibilidad a los más humildes, aunque en la práctica la lluvia arruinó el gesto”, relata Antonio Fuentes. El gesto le valió a Hermoso la crítica incluso desde su izquierda, ya que las actas capitulares recogen que en el pleno municipal el Partido Comunista “criticó que se había hecho figurar a los niños”. El alcalde lo negó y defendió que precisamente se quiso darles “el lugar más preferente de la carrera y no estuvieron de comparsa”.
Antes de poner de nuevo rumbo a Madrid, el propio ministro Blasco Garzón hace unas declaraciones ese mismo Viernes Santo (que recoge El Liberal) en las que se felicita por el éxito de la Semana Santa, fruto de “una estrecha colaboración entre las autoridades y el pueblo sevillano”, pero que “no ha contado con la asistencia fervorosa de ciertas clases privilegiadas”. Las mismas, critica, que “alardean en no pocas ocasiones de una devoción religiosa, acendrada y firme”, un suceso que tilda de “lamentable” pero que no ha podido con la celebración gracias a un pueblo que ha sabido responder “en la dramática hora presente”.
El ministro pide sanciones
Y lanza una andanada: ha sabido que en los días previos a Semana Santa, “cuando existían dificultades de carácter económico en orden a la salida de las cofradías”, se cruzaron telegramas “de gentes que se dicen responsables y conservadoras, celebrando esas dificultades y aconsejando que no se viniera a Sevilla”. Por ello, iba a proponer al gobernador civil que tomase cartas en el asunto “aplicando sanciones económicas que han de traducirse en contribución al gasto que las cofradías han representado”.
De paso, se felicitaba por los que iban a ser inquilinos de los asientos más lujosos de la carrera oficial. “Esta tarde presenciarán las cofradías con mi modesto auxilio económico, con el del Ayuntamiento y de la Diputación, con el generoso desprendimiento del señor Corro, los niños asilados en los establecimientos benéficos desde un lugar preferente”. Igual que otros años había pagado su palco, en esta ocasión lo hacía para disfrute de “los desheredados de la fortuna, entre quienes pueden estar, porque ese es el milagro y el designio de las democracias, los hombres del mañana”.
El propio gobernador civil, Ricardo Corro, carga asimismo contra lo ocurrido también desde las páginas de El Liberal, el único periódico progresista en el panorama mediático de Sevilla pero que no es hasta ese mismo 1936 que empieza a presentarse como Diario republicano de informaciones. Las fiestas habían salido a pedir de boca, se congratulaba, y todo ello pese al “sector social que con una incomprensión lamentable y una censurable actitud contra los intereses de Sevilla ha intentado sabotear las fiestas de Semana Santa”.
De Queipo de Llano al cardenal Ilundain
¿Y qué pasó a partir de ahí? Pues no dio tiempo a mucho más porque tres meses después se producía el golpe de Estado, y lo más reseñable hasta entonces es que visitó la Feria de Abril (y se bailaron sardanas en su honor) el presidente de la Generalitat de Cataluña, Lluís Companys, invitado por el presidente interino de la República, el sevillano Diego Martínez Barrio, en un intento de restablecer puentes. El 18 de julio, Horacio Hermoso fue detenido por un militar que resultó herido en las primeras refriegas en la capital y que el propio alcalde pidió a los ordenanzas municipales que introdujeran en el Ayuntamiento para atenderlo.
“A mi padre lo asesinó la inquina de la Iglesia”, declararía en 2022 en una entrevista a El Salto el hijo del regidor, que falleció justo un mes después de la exhumación de los restos mortales de Queipo de Llano de la basílica de la Macarena. “Mi padre llenó los palcos con niños huérfanos, cuando el Arzobispado no quería que salieran las procesiones. Ellos conocían perfectamente lo que se avecinaba”, afirmó, denunciando que la Iglesia “sólo quería crispar el ambiente político y mi padre no le dio ese gusto a la derecha sevillana” reventando el boicot cofrade.
“Acudan al cardenal”
“El cardenal Ilundain no quería celebrar la Semana Santa”, apostilla Antonio Fuentes, que detalla la operación que se puso en marcha para intentar salvar la vida del ya detenido Horacio Hermoso. El cónsul belga, que tenía una buena relación con la familia, era a su vez amigo del cónsul italiano, que fue su puerta de entrada para acceder al todopoderoso Gonzalo Queipo de Llano, jefe de los golpistas en Andalucía.
“Me he interesado por el hombre del que me hablan y no tengo nada que ver con su situación. Está vivo, me aseguran, pero la vida del alcalde depende del Palacio Arzobispal. Acudan al cardenal”, fue la respuesta de Queipo. A partir de ahí, todas las gestiones fueron infructuosas y se cumplieron dos meses de su arresto “sin saber muy bien qué hacer con él”. Finalmente, fue fusilado el 29 de septiembre de 1936 junto a Antonio Estrada, asesinado en venganza porque su hermano –un concejal socialista– logró escapar de los golpistas. El gobernador civil, Ricardo Corro (que llegó a ser alcalde de Granada), corrió la misma suerte pocas semanas después.
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