Cuando decides pasar a la acción frente a la emergencia: “Necesitamos una mayoría imperfecta”
“Tememos que aceptar la realidad de esta crisis en su totalidad lo cambie todo. Y tenemos razón”. “El miedo es una respuesta de supervivencia [...] Puede hacernos actuar como superhumanos [...] Así que el verdadero truco, en realidad, es permitir que el terror de un futuro inhabitable se equilibre y se alivie con la perspectiva de construir algo mucho mejor de lo que muchos de nosotros nos hemos atrevido a esperar”, sugería la periodista y activista Naomi Klein, hace 12 años, en su libro Esto lo cambia todo: El capitalismo contra el clima.
Hoy, la crisis climática ya está cambiándolo todo, y, rodeados de megaincendios, la sociedad se encuentra ante una realidad que parece imposible, un mal sueño. Sin embargo, la buena noticia es que los mejores investigadores sobre crisis climática del mundo, el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), llevan años dejando muchas pistas sobre lo que se puede hacer como individuos y como colectivo. E insisten en que, si se actúa de forma inmediata, rápida y sin precedentes, aún hay tiempo de evitar los peores impactos.
Según el organismo, a nivel colectivo se puede presionar a la clase política, unirse a movimientos sociales, promover entre pares un cambio de valores o desarrollar iniciativas comunitarias —como proyectos locales que contribuyan a prevenir incendios—. A nivel individual, se puede cambiar los estándares profesionales a favor de la descarbonización, evitar modos de transporte contaminantes (coche, avión…), reducir drásticamente el consumo de carne, pasar a la energía renovable (y/o producirla mediante el autoconsumo) o mejorar la eficiencia energética de los hogares, entre otras tantas cosas.
Y ya hay muchos españoles que están plenamente volcados en pasar de la teoría a la práctica:
Jaume, 28: “Mi trabajo ya no casaba con mi manera de ver el mundo”
Jaume (28 años) tiene “clarísimo” cuál fue el momento en el que decidió dar un paso hacia adelante ante la emergencia climática. “Fue en junio de 2025. Yo siempre he ido consultando información al respecto, pero ese día sentí que lo que estaba leyendo inundaba mi cabeza. Toqué fondo y decidí pedir cita con mi terapeuta. Era algo que no dependía solo de mí, sino de todo el mundo, y eso me generó mucha ansiedad”, explica.
“Para salir de la parálisis me centré en informarme sobre las soluciones. Empecé generando conversación sobre el tema con mi entorno y reduciendo poco a poco mi consumo de carne”, afirma.
A partir de ahí, se percató de lo altamente contaminante e insostenible que es una gran parte del sistema alimentario actual, lo que le metió en una enorme encrucijada. Él trabajaba para la parte intensiva del sector agropecuario. “Esos meses fueron muy largos, y además cayeron en pleno verano. Mientras veía cómo se explotaba el campo y a los animales, sufría todo ese calor. Vivía todo el día con ansiedad. Mi trabajo ya no casaba con mi manera de ver el mundo”, profundiza. “Yo siempre pienso que si tú entiendes la emergencia en la que estamos, sabrás que aún hay una ventana de oportunidad que permanece un poco abierta. A partir de ahí, para mí no hay otra opción que actuar”, dice.
Jaume convenció a su familia para poner paneles fotovoltaicos en su casa y cambiar a una comercializadora que no invierte en combustibles fósiles. Ahora lleva una dieta vegana, prioriza el transporte público y la bicicleta, está aprendiendo a reparar las cosas antes de tirarlas y hace plogging (una práctica deportiva que une el ejercicio al aire libre y la recogida de basura). Por si fuera poco, también está “creando las bases” para empezar un proyecto personal de divulgación y anda buscando un grupo con el que hacer activismo en Polonia, donde vive desde hace unos meses. “Puedes hacer mucho de forma individual, pero creo que también necesitas ver que no estás solo en esto”, sostiene.
Eva Chamorro, 31 (Madrid/Groenlandia): “Con tu voto puedes apoyar la causa”
Eva es oceanógrafa y se encuentra ahora mismo realizando una investigación postdoctoral en Groenlandia. Estudia el zooplancton, un gran secuestrador de carbono. Decidió dedicarse a las Ciencias Marinas porque le parecía una “carrera bonita”, pero también porque quería contribuir a proteger al océano, aunque, dice entre risas, para conseguirlo debería haberse metido en política. Recalca la importancia de que los políticos escuchen de verdad a la ciencia, y sostiene que, para ella, una de las acciones individuales más importantes se da cada cuatro años en las urnas: “Con tu voto puedes apoyar y dar fuerza a aquellas propuestas que tengan más en cuenta este tema”.
Además, la madrileña intenta posicionarse contra el sobreconsumo en las pequeñas decisiones del día a día: “Hace poco unos amigos y yo íbamos a elegir un regalo conjunto para un bebé. Queríamos regalarle un carro, y ellos plantearon comprar uno nuevo, pero yo sugerí mirarlo en Wallapop, porque es algo que se va a utilizar muy poco tiempo y en aplicaciones de segunda mano hay opciones de buena calidad”.
Josep Maria Cañadell, 63 (Cataluña): “Es lo que me echa para adelante en mi jubilación”
Josep tiene 63 años y está enfocando su jubilación a implicarse en la causa climática. Hace cinco años decidió mudarse junto a su mujer a un entorno “más conectado con la naturaleza” y comenzaron “una segunda vida” en Tona, un pueblo ubicado a 60 km de Barcelona. “Yo antes vivía en una urbe gris y sentía que no podía hacer nada. Ahora, como tengo tiempo y puedo hacerlo, me dedico a esto”, explica.
En 2022, él y otros vecinos decidieron impulsar La Tonenca, una cooperativa energética que ya cuenta con casi 140 socias y socios. Fue todo un reto sacarla adelante, pero ahora tienen instaladas placas solares en el pabellón del polideportivo del pueblo y en el tejado de la iglesia. El objetivo es que cualquiera —hasta las familias más vulnerables— pueda acceder a energía limpia, barata, y resiliente al contexto geopolítico.
Josep también está pendiente de las manifestaciones ecologistas que hay en la zona y acude siempre que puede. Además, ha convertido su hogar en una vivienda de alta eficiencia energética y está a punto de comprarse un coche eléctrico y de instalar placas solares en su propio tejado. “Esto de levantarse cada día y luchar por algo es lo que me echa para adelante en mi jubilación. Para mí es una satisfacción hacer cosas con y para mis conciudadanos”, asegura.
Jaled Chej, 19 años (Aragón): “A la juventud no puede darnos igual”
Tras años angustiado por ver cómo esquilmaban los dos territorios por los que siente un profundo arraigo —El Sáhara, por su ascendencia saharaui, y Aragón, donde nació—, un día Jaled dijo basta. Empezó en el mundo del activismo con 16 años y su preocupación ante la emergencia climática fue inundando inevitablemente su vida: “A la juventud no puede darnos igual. Somos quienes más la vamos a sufrir”.
Pero Jaled, por suerte, no está solo: este mes de junio participó, junto a más de un centenar de jóvenes, procedentes de distintas partes de España, en la redacción de la National Youth Statement (Declaración Nacional de la Juventud), un texto que se presentará en la Cumbre Mundial del Clima que se celebrará en noviembre en Turquía. “En cada cumbre, gracias a la iniciativa LCOY (que busca empoderar a la juventud para que participe en la lucha climática) informamos sobre cómo estamos viéndonos afectados los jóvenes españoles y presentamos propuestas”, asegura.
“En esta cumbre propondremos cambiar la forma de medir el progreso reclamando la sustitución del PIB por un índice que priorice la calidad de vida; una red de refugios climáticos; o una atención específica a la salud mental vinculada a la crisis climática, entre otras cosas”, explica.
Inés, 20 años (Andalucía): “No le pido imágenes ni vídeos a la IA”
Inés se subió al carro climático con Greta Thunberg. A partir de entonces, convenció a su madre y a su hermano para transicionar hacia una dieta mediterránea y de proximidad. Ahora, los tres están muy concienciados sobre el impacto de la inteligencia artificial y la fast-fashion. “Desde que me enteré que una de las cosas que más contaminaban de la IA eran cuestiones como la creación de imágenes o vídeos, no he hecho ninguna imagen más. Además, intento que mis interacciones con el chatbot sean mínimas”, aclara.
Para ir a la universidad, ella y otros compañeros procuran compartir el coche. Inés, además, insiste en la importancia de votar: “Hay partidos que son negacionistas o que no toman acción”. Y defiende que las acciones individuales sí pueden terminar marcando la diferencia: “La gente dice que lo que haga una persona no sirve de nada, pero si todo el mundo pensase así, por supuesto, no serviría de nada”.
Diego Ferraz, 30 años (Galicia/Madrid): “La crisis climática no necesita una minoría perfecta”
Diego es ambientólogo y oceanógrafo, por lo que conoce muy bien el problema que genera la emergencia climática, a la par que es consciente de la distancia que muchas veces hay entre la ciencia y la sociedad. Es por eso que, tras ver interrumpidos los movimientos activistas por la pandemia, aprovechó la covid-19 para formarse en comunicación. De ello nació Ecodiuku, un canal de divulgación presente en redes sociales como Instagram, TikTok, X y YouTube.
En él baja a tierra conceptos complejos relacionados con la crisis climática y desmonta los bulos negacionistas. Es, dice, una forma de “activismo digital”, pues le dedica muchas horas sin recibir prácticamente ingresos de ello. “A veces recibo propuestas de colaboración de empresas que tienen un impacto ambiental enorme y, pese a que son las que más dinero ofrecen, por coherencia, obviamente las rechazo”, explica.
Es uno de los pocos perfiles de redes que actúan de contrapeso ante el negacionismo. “Intento que mis vídeos sean un muro de contención para que esa desinformación no llegue a más gente, pero he de confesar que es agotador”, cuenta. Además de divulgar, Diego ha realizado otro tipo de cambios en su vida, como comenzar a desplazarse andando o en moto eléctrica. Y lanza un mensaje de esperanza para animar a actuar: “La crisis climática no necesita una minoría perfecta, sino una mayoría imperfecta”.
Grian A. Cutanda, 69 años (Catalunya): “Nos lo jugamos todo en estos años”
“Para cuando terminé la carrera de Psicología, yo ya había decidido que quería dedicar mi vida a intentar hacer un mundo mejor”, dice Grian. Pero fue a partir de 2014 cuando su activismo por el clima se intensificó, pues contribuyó a organizar la People’s Climate March que se celebró en Edimburgo cuyo objetivo principal era ejercer presión ante el Acuerdo de París.
Cinco años después, fue una de las siete personas que pusieron en marcha en España el grupo de desobediencia civil no violenta Extinction Rebellion (Rebelión o Extinción). Grian fue uno los activistas que bloquearon la calle Ferraz el 5 de junio de 2019 exigiendo que el estado se comprometiera a declarar la emergencia climática —siete meses más tarde, el gobierno lo hizo—.
Sin embargo, no está de acuerdo con acciones como las de tirar zumo de tomate en museos y asegura que salió de Extinction Rebellion porque se sintió decepcionado con cómo se reaccionó de forma interna a este desacuerdo. La desobediencia civil, opina, es importante, pero no debe perder de vista el aspecto simbólico.
Él no deja de denunciar el daño que la criminalización del activismo climático está haciendo en España. “Que venga la brigada antiterrorista a detenernos me parece que cruza una línea roja, al igual que las desorbitadas multas que nos ponen y las amenazas de cárcel. Que ante una acción de desobediencia civil pacífica, la respuesta policial no lo sea, me parece que también cruza una línea roja. En países como Reino Unido se llevan a los activistas en volandas, pero si el grupo es pacífico no les hacen daño. A mí la policía me hizo una luxación de muñeca para que me levantase del suelo. Estuve dos semanas con dolor”, denuncia.
Grian también realizó una huelga de hambre de treinta y tres días para protestar por el cambio climático. “Lo que me hace echarme a llorar es pensar en las siguientes generaciones”, sostiene el también escritor, educador, y traductor. Ahora está inmerso en sus proyectos Colección de Historias de la Tierra y Rainbow Warriors 3.5. El primero busca generar un cambio de visión del mundo. El segundo quiere crear una red compleja de activismo climático a nivel internacional.
Rebeca Santín, 24 años (Castilla y León/Madrid): “Millones de gotas hacen un océano”
Rebeca nació en la comarca leonesa de El Bierzo hace 24 años. Desde entonces, todos sus sentidos han ido advirtiendo los cambios que se han producido en el entorno.
Esta conciencia, sumada a su biofilia, fue encaminando de manera natural su carrera —Derecho— a la protección del medio ambiente. Sin embargo, lo que verdaderamente supuso un punto de inflexión para ella fueron los incendios que atormentaron a su tierra el año pasado —y que siguen haciéndolo este 2026—: “Fueron algo devastador. Mi preocupación real empezó ahí. En ese momento yo estaba escribiendo mi tesis de fin de máster sobre un asunto internacional y ver el contraste entre el mundo académico, repleto de soluciones, y el mundo real, que está sufriendo cada vez más las consecuencias de la inacción, fue un golpe de realidad. Ahí decidí que, como profesional, quería implicarme también en el ámbito nacional”.
Ahora forma parte de un proyecto de investigación del Instituto Internacional de Derecho y Medio Ambiente cuyo objetivo es entender si el concepto de justicia medioambiental se puede trasladar al contexto español. La justicia medioambiental busca poner la mirada en la indefensión estructural que experimenta la ciudadanía ante situaciones como un incendio o un megaproyecto de placas solares que se impone en un territorio.
Rebeca explica, además, que ha tomado otro tipo de decisiones en su vida, como sustituir en su feed a las influencers que incitan al sobreconsumo por aquellas que visibilizan el tema, como Clara Tomé o Carlota Bruna. “La acción individual que está más al alcance de todo el mundo es informarse. Las redes están diseñadas para que le prestemos atención a otras cosas, pero cuando pones el foco en estas cuestiones, te das cuenta de que hay millones de personas involucradas en esto, y, como decía Jane Goodall, millones de gotas hacen un océano”, asegura.
* Llegar a muchas de estas historias “silenciosas” no habría sido posible sin la colaboración de @Climabar y @Ecodiuku.
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