El abanico plegable viajó de Asia a las cortes europeas hasta convertirse en un objeto imprescindible en España

Los contactos con Japón, China y Oriente Medio, junto a la influencia de París y las redes mediterráneas, extendieron su uso entre las élites europeas y españolas

Héctor Farrés

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Un abanico de plumas cruzó el océano en el equipaje de Hernán Cortés antes de llegar a manos del emperador Carlos V. Había sido un regalo de Moctezuma, emperador mexica, entregado como muestra de respeto y como símbolo del refinamiento de su cultura. Aquel objeto, delicado y cargado de exotismo, marcó una de las vías por las que el abanico encontró un lugar privilegiado en la corte española. La historia de su llegada se construyó a través de rutas y alianzas que atravesaron medio mundo.

Los primeros abanicos llegaron a España como regalos de reyes y conquistadores

La recepción de abanicos como obsequios reales no fue un hecho aislado. Isabel la Católica también habría recibido un abanico traído del Nuevo Mundo por Cristóbal Colón tras su primer viaje. La pieza formaba parte de los presentes entregados a su regreso, en los que incluía objetos de uso ceremonial, tejidos y ornamentos indígenas.

Años más tarde, Germana de Foix, segunda esposa de Fernando el Católico, encargó cinco abanicos de plumas. Los detalles sobre este pedido aparecen registrados en documentación oficial de la época, lo que confirma su valor más allá del uso funcional.

En el siglo XVI, la reina Juana, madre de Carlos V, poseía una colección que incluía piezas de enorme riqueza decorativa. En su inventario de bienes aparecen referencias a abanicos con mango de oro, bordados con aljófares o adornados con plumas de pavón y esmaltes. Estos ejemplares no eran de fabricación local, pero sí reflejaban la fascinación por un objeto que, aunque nacido en otras culturas, encajó perfectamente en la estética y el ceremonial de la corte española.

Velázquez, Rubens y otros pintores plasmaron a damas de la realeza con abanicos que acompañaban tanto el atuendo festivo como el luto más austero

Los retratos femeninos de la época también sirven como testimonio visual de su uso. En el cuadro La dama del abanico, de Diego Velázquez, se representa a una mujer portando uno, sencillo y funcional. Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II, aparece retratada por Rubens con un abanico en la mano incluso en su etapa de viudez, cuando su vestimenta respondía a un estilo austero. El uso de este objeto trascendía el atuendo festivo, convirtiéndose en una prolongación de la identidad de quienes lo llevaban.

El abanico plegable entró en Europa a través de rutas comerciales de Portugal e Italia

Antes de consolidarse en la península, los abanicos plegables habían llegado a Europa a través de dos canales fundamentales: el comercio portugués con Asia y el intercambio veneciano con Japón y China. Fue precisamente a través de Portugal por donde se introdujo en España el abanico plegable. La conexión comercial con Japón durante el siglo XVI permitió que los primeros ejemplares entraran en las cortes europeas y ganaran prestigio entre la nobleza. Ese tipo, conocido como sensu, se inspiraba en las alas de un murciélago y permitía un despliegue rápido, práctico y elegante.

La ruta italiana también desempeñó un papel importante. En concreto, Catalina de Médicis llevó abanicos a la corte francesa al casarse con Enrique II, lo que los convirtió en un objeto habitual entre las damas de París. Ese gusto se filtró después hacia otras monarquías europeas, incluyendo la española, donde se adaptó rápidamente. Prueba de ello son los abanicos que aparecen en los retratos de María de Portugal, esposa de Felipe de Habsburgo, que muestran modelos similares a los que estaban de moda en Italia.

Los primeros abanicos llegaron a la corte española como regalos de monarcas y exploradores

La Corona de Aragón, gracias a sus relaciones comerciales con puertos como Nápoles, Génova o Venecia, también facilitó el acceso a abanicos provenientes de Oriente. Estas ciudades actuaban como intermediarias entre los talleres de Asia y los consumidores del Mediterráneo occidental. A través de sus puertos llegaron objetos de lujo que fueron adoptados por las clases altas peninsulares. En lugares como Valencia se encuentran pruebas tempranas de su uso, como el inventario del pintor Bartolomé Abellá de 1429, en el que se citan dos “ventalls de palma guarnits de aluda”.

Los contactos con Oriente Medio durante las cruzadas también abrieron vías para la entrada de abanicos en Europa, y por tanto en España. Algunas piezas llegaron por esta vía como objetos de lujo reservados para la nobleza. En la Edad Media, el uso del abanico se mantuvo ligado al ceremonial religioso, especialmente en su forma rígida. Se utilizaba para alejar insectos del altar o refrescar al celebrante en las misas, como parte de la liturgia cristiana. Aquel modelo litúrgico coexistía con el que llegaba desde Asia, más refinado y destinado a la nobleza.

Los textos medievales también recogen referencias puntuales. En la Crónica de Pedro IV de Aragón, se menciona el cargo de el que lleva el abanico, como parte del séquito real. Esta figura tenía la función de asistir al monarca con un abanico rígido, lo que indica su uso habitual en los actos oficiales de la monarquía aragonesa.

La Corona impulsó la producción local aunque la moda francesa siguió marcando tendencia

Años después, en el siglo XVII, Felipe IV quiso fomentar su industria en España y encargó a su embajador en Roma el envío de un maestro abaniquero. Este intento refleja el interés por no depender exclusivamente de importaciones extranjeras.

Ya en época de Carlos II, las piezas extranjeras seguían dominando el mercado, pero comenzaron a surgir figuras locales como Juan Cano de Arévalo, pintor especializado en decorar países de abanico. Para poder vender sus creaciones, tuvo que fingir que eran de origen francés, ya que el gusto de la aristocracia española seguía fuertemente influenciado por la moda de la corte de Luis XIV. El propio monarca, sabedor de esa preferencia, impulsó medidas para mejorar la producción local.

La recepción del abanico en España, por lo tanto, no fue el resultado de una única vía de entrada, sino el producto de múltiples trayectorias que lo introdujeron en distintos contextos. Primero como pieza exótica traída de Asia, luego como objeto de lujo importado por cortes europeas, y finalmente como complemento adoptado por la monarquía española y reproducido en talleres propios. Cada uno de estos caminos ayudó a consolidar su presencia, desde los retratos palaciegos hasta los inventarios privados.

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