La enorme radiación de Fukushima no ha borrado toda forma de vida y unas criaturas sobreviven apoyadas en microecosistemas y química

El caso japonés mostró que organismos comunes aguantaron en condiciones duras sin rasgos extraordinarios

Héctor Farrés

19 de febrero de 2026 15:52 h

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El hecho de que exista radiación intensa no impide por sí mismo que surja vida. En lugares tremendamente radioactivos es posible que haya vida, y eso se ha comprobado en varios puntos del planeta donde la exposición a radiación es alta y prolongada. En la zona de exclusión de Chernóbil, desde los años posteriores al accidente de 1986, viven lobos, jabalíes y alces en densidades incluso superiores a las de reservas sin contaminación porque la ausencia de actividad humana redujo la presión sobre la fauna.

También se ha documentado la presencia de mohos oscuros en los muros del reactor, organismos que toleran niveles elevados de radiación gracias a compuestos que interactúan con esa energía.

Para entender por qué estos lugares alcanzan niveles tan altos de radiación, conviene recordar cómo se originan. Un entorno se vuelve altamente radioactivo cuando se libera material fisible tras un accidente nuclear, cuando un reactor sufre una fusión del núcleo o cuando residuos radiactivos quedan expuestos al agua y al aire, como ocurrió después del terremoto submarino y el tsunami de 2011 en Fukushima.

Dos biólogos japoneses analizaron el agua de Fukushima y encontraron bacterias corrientes

Tomoro Warashina y Akio Kanai, biólogos de la Universidad Keio de Tokio, analizaron agua altamente radiactiva recogida en la sala del torus de la central de Fukushima Daiichi y encontraron bacterias que no presentan variaciones genéticas asociadas a resistencia especial frente a la radiación, según publicó la revista Applied and Environmental Microbiology.

Ese espacio, situado bajo el edificio del reactor y diseñado para absorber presión de vapor, había quedado inundado tras el desastre de marzo de 2011. El equipo estudió el microbioma expuesto a radiación persistente para entender cómo afecta a los trabajos de desmantelamiento de la planta.

Los análisis descartaron microbios famosos por su resistencia y apuntaron a otra explicación

Warashina y Kanai tomaron muestras del agua acumulada bajo el reactor y las sometieron a secuenciación genética para identificar los microorganismos presentes. Los investigadores esperaban hallar especies conocidas por tolerar dosis altas de radiación, como Deinococcus radiodurans o Methylobacterium radiotolerans, ya descritas en otros enclaves contaminados.

Sin embargo, los análisis no detectaron proporciones relevantes de esos géneros, y esa ausencia orientó el estudio hacia otra explicación sobre la supervivencia observada en el lodo radiactivo.

El seísmo y la ola gigante cambiaron para siempre la central japonesa

Las bacterias dominantes pertenecían a los géneros Limnobacter y Brevirhabdus, microorganismos quimiolitotróficos que obtienen energía al oxidar compuestos inorgánicos como azufre o manganeso. En menor proporción aparecieron Hoeflea y Sphingopyxis, bacterias que transforman distintas formas de hierro.

Estas especies no cuentan con mecanismos genéticos descritos como defensa frente a radiación ionizante elevada. Aun así, prosperaban en un entorno que resultaría tóxico para muchas otras formas de vida, lo que desplazó el foco hacia las condiciones físicas del lugar y no hacia mutaciones específicas.

El propio equipo escribió en el estudio que “las proporciones de los géneros bacterianos conocidos por ser resistentes a la radiación eran extremadamente bajas, lo que sugiere que el impacto de la radioactividad sobre la selección dentro del agua de la sala del torus fue mínimo”. Los investigadores añadieron que “la mayoría de los géneros bacterianos en el agua del torus estaban asociados con la corrosión de metales, lo que indica que el efecto de las bacterias sobre la corrosión metálica debe ser considerado en los trabajos de desmantelamiento a largo plazo”. Estas afirmaciones sitúan el problema en el terreno operativo, porque las comunidades microbianas pueden acelerar el deterioro de superficies metálicas y dificultar la limpieza al enturbiar el agua.

El tsunami de 2011 convirtió un sistema de seguridad en un laboratorio bajo radiación

El accidente que dio origen a esta situación se produjo tras un terremoto submarino frente a la costa japonesa que generó un tsunami. El agua inundó la central, provocó fusiones de núcleo y obligó a evacuar de inmediato la localidad de Ōkuma, que permaneció durante años con muy pocos residentes.

Dentro de los edificios del reactor se acumuló agua radiactiva, y en ese líquido comenzaron a crecer formaciones que los ingenieros identificaron como tapetes microbianos. Esa acumulación explica por qué un espacio diseñado como sistema de seguridad terminó convertido en un laboratorio natural bajo radiación.

El lodo bajo la estructura reveló especies que obtienen energía de minerales y no de la luz

La comparación con Chernóbil ayuda a encajar el hallazgo. En la zona de exclusión ucraniana se han contabilizado poblaciones abundantes de alces, ciervos, jabalíes y lobos, con cifras de lobos hasta siete veces superiores a las de reservas sin contaminación, según estudios de campo. También viven allí perros de forma estable, lo que confirma que mamíferos de gran tamaño mantienen poblaciones en un entorno radiactivo, aunque se investigan posibles efectos genéticos.

En Fukushima, en cambio, el caso muestra que organismos corrientes pueden adaptarse a condiciones extremas sin necesidad de desarrollar rasgos extraordinarios, siempre que encuentren un entorno físico que amortigüe parte del daño y les permita mantener su metabolismo bajo radiación persistente.

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