La medicina del siglo XIX convirtió al presidente James Garfield en un mártir de la incompetencia médica
La voz del presidente estalló en el andén. “¡Dios mío! ¿Qué es esto?”. James A. Garfield se había desplomado sobre el suelo de mármol, con la mirada perdida y la camisa manchada de sangre. A unos pasos, un revólver aún humeante flotaba en la mano de Charles Guiteau, un abogado perturbado que acababa de cambiar el curso del país en plena estación de trenes de Washington. Era el 2 de julio de 1881 y, en solo unos segundos, Garfield pasó de preparar un viaje en familia a protagonizar una crisis nacional.
El cuerpo del presidente no resistió tantos experimentos fallidos
Las dos balas que salieron del arma de Guiteau no provocaron daños letales en el momento. Una solo rozó el brazo. La otra entró por la espalda y quedó alojada en el abdomen, sin perforar ningún órgano vital. Aun así, lo que siguió resultó mucho más devastador que el tiroteo. Lo primero fue la confusión: varios médicos acudieron al lugar, y entre ellos destacaba doctor Willard Bliss, un veterano cirujano militar que se arrogó el liderazgo del caso y no lo soltó en ningún momento. A partir de ahí, todo fue cuesta abajo.
Garfield fue trasladado a la Casa Blanca, donde empezó una larga agonía marcada por un tratamiento que hoy se consideraría una agresión médica. Bliss y sus colegas no creían en las nuevas ideas sobre los gérmenes, así que metieron sus dedos en la herida sin lavarlos y comenzaron a explorar con instrumentos contaminados. Su objetivo era encontrar la bala, convencidos de que dejarla dentro del cuerpo implicaba consecuencias fatales. Pero el método utilizado empeoró la situación.
Uno de los intentos más comentados fue el que involucró a Alexander Graham Bell. El inventor intentó localizar el proyectil con un rudimentario detector de metales, pero no obtuvo resultados fiables porque Bliss se negó a que el presidente fuese colocado en una cama sin muelles metálicos. Tampoco permitió que el aparato se aplicase en todo el cuerpo, lo que impidió encontrar la trayectoria real del disparo.
La herida original acabó transformada en una incisión de más de 50 centímetros, abierta y drenada de forma continua. Con el paso de los días, el abdomen de Garfield se llenó de pus, fístulas y necrosis. Incapaz de comer, su cuerpo comenzó a deteriorarse. Las inyecciones de nutrientes, administradas como enemas, no evitaron la pérdida de casi 40 kilos. En uno de los últimos intentos por aliviarle el sufrimiento, se organizó un traslado a una casa de descanso en Nueva Jersey, donde el presidente llegó con un hilo de vida.
Aquel verano fue un desfile de errores, tensiones médicas y exposición pública. La prensa seguía cada movimiento del presidente y su equipo médico, mientras el Congreso se preguntaba si el vicepresidente Chester A. Arthur debía asumir el cargo. El país quedó atrapado en una espera permanente, pendiente de unos partes médicos llenos de tecnicismos que ocultaban la gravedad real de la situación.
La medicina ignoró lo que Europa ya había demostrado
El 19 de septiembre de 1881, Garfield murió tras un último espasmo de dolor. Según el informe médico, el corazón se detuvo a las 22:35 de la noche. Bliss, que estaba junto a la cama, levantó la cabeza tras comprobar el pulso y dijo: “Se ha acabado”. La autopsia reveló una hemorragia interna causada por la rotura de una arteria, además de una infección generalizada que había afectado a todos los órganos principales.
Guiteau fue juzgado y condenado a muerte. En su defensa alegó que él solo había disparado, pero que fueron los médicos quienes acabaron con el presidente. La frase quedó registrada en su declaración ante el tribunal: “Sí, disparé al presidente, pero sus médicos lo mataron”.
La teoría microbiana ya se enseñaba en Europa, y figuras como Joseph Lister pedían a gritos que se usaran técnicas antisépticas en quirófanos. Sin embargo, en Estados Unidos, la mayoría de cirujanos seguían operando sin guantes ni desinfección. En 1881, esas prácticas eran vistas con desdén por muchos colegas, que las consideraban poco prácticas o incluso absurdas.
Con el tiempo, la historia médica de Garfield se convirtió en un ejemplo paradigmático de cómo los avances científicos tardan en aplicarse. Lo que mató al presidente no fue la falta de medios, sino un planteamiento aún atado a viejos hábitos, incluso cuando el conocimiento ya apuntaba en otra dirección.
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