El 'oro rojo' hallado en Cartagena muestra cómo Roma lograba pinturas más resistentes y mejor conservadas
El acabado de un muro nunca depende solo de la pintura que se ve, porque el resultado final empieza mucho antes: en cómo se prepara la superficie y en el conocimiento acumulado de quienes trabajan cada capa. Las paredes, en el mundo romano, exigían una preparación previa muy delicada, con decisiones que afectaban tanto al aspecto como a la duración de los colores, y ese proceso revela que los artesanos dominaban técnicas complejas que iban mucho más allá de aplicar pigmento.
Ese conocimiento incluía elegir bien los materiales, colocar cada capa en su momento y anticipar cómo iban a reaccionar con el paso del tiempo, lo que convertía cada pared en un trabajo técnico muy cuidado. Preparar bien esas superficies también respondía a problemas concretos como la humedad, la luz o la estabilidad de los pigmentos, que podían alterar el resultado si no se tenían en cuenta desde el principio.
De ahí que la pintura mural romana no pueda entenderse como una tarea simple, ya que implicaba una secuencia de decisiones encadenadas que condicionaban el resultado final. Ese punto, la relación entre preparación y resultado, es el que permite entender por qué algunas decoraciones han llegado hasta hoy en un estado excepcional.
Un equipo analiza una vivienda y descubre técnicas más avanzadas
Un equipo de investigación ha estudiado unas pinturas en la Domus de Salvius y ha detectado una forma de trabajo mucho más avanzada de lo que se pensaba. Gonzalo Castillo Alcántara, arqueólogo de la Universidad de Murcia, explicó durante una excavación que “tenemos que pensar que era el pigmento más caro, incluso diez veces más valioso que cualquier otro”.
Esa afirmación aparece en un trabajo publicado en la revista npj Heritage Science y sirve para situar el nivel económico de la casa. El estudio no se limita a decir qué colores hay, también explica cómo se preparaban los muros antes de aplicar esos colores.
Los análisis han mostrado que las paredes no tenían una sola capa, sino varias superpuestas con funciones distintas. Primero se colocaban materiales más gruesos con restos de piedra o cerámica que daban cuerpo al muro. Después se añadían capas más finas hasta llegar a una superficie lisa donde se aplicaba el color.
Esa secuencia no se hacía al azar, cada paso tenía su momento y su función. El uso de materiales de la zona, como calizas cercanas, se unía a otros elementos como cuarzo o polvo de mármol. Esa combinación permitía que la pintura se fijara mejor y aguantara más tiempo sin deteriorarse.
Los pintores aplicaban una base amarilla antes del rojo
El rojo era uno de los colores más buscados, pero no todos los rojos tenían el mismo valor. El cinabrio destacaba por su intensidad, aunque tenía un problema claro con el paso del tiempo. Según el mismo Castillo, en esas paredes “podemos observar la presencia del oro rojo en una gran superficie de los paneles”. Esa elección indica que la familia que vivía allí podía pagar materiales caros. El uso de este pigmento en zonas amplias implica una inversión importante que no estaba al alcance de cualquiera.
El estudio detecta una forma concreta de aplicar ese rojo que no se había visto antes en la zona. En lugar de poner el cinabrio directamente, primero se extendía una base amarilla. Después se añadía una capa donde ese pigmento caro se mezclaba con otros más asequibles. Esa forma de trabajar tenía dos efectos claros: se gastaba menos material caro y se protegía mejor el color frente al desgaste. De esta forma, se resolvía un problema concreto con recursos disponibles.
Cartagena favoreció la llegada de técnicas y materiales
La ciudad donde aparece esta vivienda ayuda a entender por qué se desarrolló ese nivel técnico. Cartagena, conocida en época romana como Carthago Nova, reunía actividad comercial, minería y contactos con otros territorios. Ese movimiento facilitaba la llegada de materiales y también de conocimientos. Los investigadores apuntan que este tipo de soluciones no se quedaban en un solo lugar, sino que podían circular entre distintos talleres. Eso explica que haya paralelos fuera de la Península, aunque sean pocos.
La vivienda donde se han encontrado las pinturas no es una casa cualquiera. Alicia Fernández Díaz, catedrática de Arqueología en la Universidad de Murcia, señaló que “una de las villas romanas mejor conservadas” permite estudiar estos detalles con más precisión.
El edificio tiene alrededor de 1.000 metros cuadrados y contaba con elementos arquitectónicos pensados para impresionar, como columnas de distintos estilos. Además, muchas pinturas se han conservado en su lugar original, lo que facilita ver cómo estaban organizadas dentro de las estancias.
Todo este conjunto lleva a una conclusión sobre cómo trabajaban los artesanos de la época. José Rafael Ruiz Arrebola, de la Universidad de Córdoba, participa en el estudio que analiza estos datos y muestra que “podemos comparar las fuentes clásicas con la realidad arqueológica”.
Esa comparación permite ver que no se trataba de copiar modelos sin más. Había conocimiento técnico, pruebas y decisiones concretas según el resultado que se buscaba. Ese trabajo se refleja en cada capa del muro, donde cada material cumple una función que se puede identificar hoy.
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