La pintora del siglo XIX que recorrió con sus caballetes a cuesta Estados Unidos, América Latina, Japón y Tenerife

Nunca asistió a una escuela de arte formal, pero su talento natural para la pintura se pulió mediante la observación directa de la naturaleza

Alberto Gómez

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Marianne North emergió en la Inglaterra victoriana como una figura que desafió las rígidas normas sociales impuestas a las mujeres de su tiempo. Mientras la sociedad esperaba que las damas se limitaran al ámbito doméstico, al matrimonio o al cuidado de parientes enfermos, ella eligió un camino de independencia absoluta. Su valentía la llevó a convertirse en una intrépida viajera y pintora botánica que recorrió el mundo en solitario, cargando siempre con sus pinceles. Con sus caballetes a cuestas, rompió el confinamiento de las cuatro paredes hogareñas para inmortalizar la naturaleza en los rincones más remotos y salvajes del planeta. Esta decisión no solo fue un gesto de rebeldía personal, sino también una contribución monumental al conocimiento científico y artístico de su generación, superando barreras de género. Su vida representa la lucha por un espacio propio en un mundo dominado por hombres, donde el viaje era un acto de libertad intelectual.

Nacida en la ciudad de Hastings en 1830, North creció en un ambiente privilegiado y culto gracias a la destacada posición social de su padre, Frederick North, un influyente político liberal y parlamentario que no solo fue su protector más fiel sino también su más estrecho compañero de aventuras durante sus primeros años. Juntos recorrieron gran parte de Europa y Oriente Próximo tras la muerte de su madre, experiencias que despertaron en ella una curiosidad insaciable por la flora. Esta formación mayoritariamente autodidacta y el contacto frecuente con grandes intelectuales de la época marcaron profundamente el inicio de su excepcional trayectoria artística y científica. Marianne nunca asistió a una escuela de arte formal, pero su talento natural para la pintura se pulió mediante la observación directa de la naturaleza. La relación con su padre fue tan profunda que prometió no abandonarlo nunca, dedicando gran parte de su juventud al cuidado de su hogar.

El fallecimiento de su adorado padre en 1870 supuso un punto de inflexión devastador que North transformó con coraje en el motor principal de su misión vital. Tras un periodo de profundo duelo y lo que ella llamó una etapa de hibernación, decidió utilizar su cuantiosa herencia para materializar su sueño. A los cuarenta años, libre de las asfixiantes obligaciones familiares, emprendió una serie de viajes globales que la llevarían a cruzar los grandes océanos sin compañía. Su determinación inquebrantable la convirtió en la primera mujer protagonista de expediciones científicas de tal magnitud y riesgo en plena época victoriana. Vendió su parte de la herencia para financiar estas travesías, demostrando que su pasión por la botánica superaba cualquier interés por la seguridad económica tradicional.

Fallecida en el año 1890 en el condado de Gloucestershire, dejó tras de sí una galería permanente en los Reales Jardines de Kew

Buscó recoger las maravillas vegetales del universo para darlas a conocer de forma permanente a aquellas naciones que no tenían la oportunidad de viajar. Sus primeras expediciones en solitario entre los años 1871 y 1873 la llevaron a través del océano Atlántico hacia Estados Unidos, Canadá, Jamaica y Brasil. En tierras brasileñas, North se enfrentó con determinación a condiciones climáticas extremas y a desplazamientos agotadores en carruajes atestados o a lomos de mulas. A pesar de las constantes incomodidades y la lluvia persistente, su pincel capturó con maestría la exuberancia de la vegetación tropical que tanto la fascinaba. Estas obras iniciales ya mostraban su estilo artístico característico, definido por colores vibrantes y una ocupación total del cuadro que a veces incomodaba. Pasó un año entero en Brasil, donde pintó paisajes icónicos como la bahía de Río de Janeiro y la rica flora de la zona de Casa Branca. 

Su capacidad para resistir el sol abrasador y las enfermedades tropicales demostró que su espíritu aventurero no conocía límites físicos ni geográficos. Y en el invierno de 1875, siguiendo el sabio consejo de su amigo Sir Joseph Hooker, North decidió viajar a la isla de Tenerife para evitar el frío. Durante dos meses de estancia, se alojó en lugares emblemáticos como el Sitio Litre en el Puerto de la Cruz, donde realizó 26 cuadros exquisitos. Sus lienzos reflejaron con gran detalle la majestuosidad del Teide nevado y especies singulares como el drago, el tajinaste rojo y diversas plantas suculentas. La hospitalidad de las familias distinguidas de la isla y el apoyo de expertos locales facilitaron enormemente su labor en un entorno de paz. North describió su tiempo en Canarias como una experiencia de absoluta felicidad y tranquilidad, rodeada de amigos y una naturaleza que la cautivó por completo. Su paso por la isla dejó un registro visual invaluable de la flora canaria del siglo XIX, capturando jardines que hoy ya no existen.

La incansable viajera continuó su extenso periplo hacia el Lejano Oriente, alcanzando las costas de Japón para documentar especies vegetales únicas para el público de Europa. Sus diarios personales detallan con realismo la dureza de viajar por lugares remotos, enfrentándose a avalanchas de lluvia, insectos peligrosos y caminos en condiciones pésimas. Nada de esto logró frenar su firme propósito de crear una enciclopedia visual de la riqueza botánica mundial, moviéndose siempre hacia donde el sol brillara. Su obra en Asia reforzó notablemente su reputación como una observadora científica de una fidelidad y un rigor técnico realmente admirables para su época. 

En Japón sufrió problemas de salud como la deshidratación, pero continuó pintando con una voluntad de hierro que asombraba a quienes la conocían en sus viajes. Su objetivo era capturar cada detalle sagrado de la naturaleza mencionado en la literatura antigua y las religiones de las naciones asiáticas. A diferencia de otros ilustradores botánicos contemporáneos que aislaban las plantas, North prefería retratarlas siempre insertas en su contexto ecológico y social real, incluyendo fauna. Utilizaba la técnica del óleo sobre lienzo, lo que otorgaba a sus cuadros una vitalidad cromática y una durabilidad inusuales para las artistas de aquel tiempo. Su enfoque artístico no solo buscaba la belleza estética superficial, sino también proporcionar una información científica abundante y esclarecedora sobre hábitats naturales inaccesibles. 

Esta metodología de trabajo convirtió su extensa colección en un registro botánico de valor incalculable para los estudiosos de la biodiversidad en todo el mundo. Además de las flores, sus pinturas mostraban frecuentemente a personas locales y construcciones nativas, ofreciendo una visión antropológica complementaria de las tierras que visitaba. Fue una científica que utilizaba el arte como herramienta para la educación y la preservación de la memoria natural global.

Darwin y Australia

Su estrecha y sincera amistad con el naturalista Charles Darwin influyó de manera significativa en la dirección geográfica de sus expediciones por todo el globo. Fue el propio Darwin quien le sugirió que debía viajar a Australia para completar su vasta representación de la vegetación mundial antes de retirarse. Gracias a su excepcional agudeza visual, North identificó géneros y especies que eran totalmente desconocidos para la ciencia oficial de su tiempo en Inglaterra. Muchos de estos hallazgos botánicos fueron bautizados posteriormente en su honor, reconociendo así su gran aportación al campo de la botánica descriptiva y sistemática. Entre estos descubrimientos destaca la espectacular Nepenthes northiana, una planta carnívora de Borneo que hoy simboliza perfectamente su duradero legado en las ciencias naturales. 

El último gran desafío de su intensa vida aventurera tuvo lugar en el año 1884, cuando emprendió un arriesgado viaje hacia Chile para pintar araucarias. A pesar de padecer ya de un reumatismo severo y cierto grado de sordera, North recorrió las escarpadas cordilleras chilenas buscando la esquiva puya azul. Encontró más de 29 especies vegetales diferentes en zonas como Nahuelbuta y la Región Metropolitana, capturando la esencia de un paisaje que ella amó. Marianne North falleció en el año 1890 en el condado de Gloucestershire, dejando tras de sí una galería permanente en los Reales Jardines de Kew. Su generosa donación de más de 800 pinturas dispuestas en un denso mosaico geográfico continúa maravillando a miles de visitantes en la actualidad. Los cuadros permanecen hoy exactamente en la misma disposición original que la propia artista eligió, preservando su visión personal del jardín del mundo.

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