El verde que envenenó el siglo XIX: la historia de los pigmentos con arsénico que llegaron hasta las paredes de las casas

Cuadro 'Dancers, Pink and Green'

Ada Sanuy

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A finales del siglo XVIII, el químico sueco Carl Wilhelm Scheele desarrolló un pigmento destinado a resolver un viejo problema: conseguir un verde intenso y asequible. Su fórmula combinaba óxido de cobre, trióxido de arsénico y agua para obtener arsenito de cobre. El resultado, conocido como verde de Scheele, era barato y, según la National Library of Medicine (NLM), proporcionaba el verde más brillante disponible en aquel momento. Su principal inconveniente estaba en su propia composición: contenía arsénico.

Hasta entonces se habían utilizado minerales como la malaquita, tierras naturales, pigmentos vegetales o verdigrís, además de mezclas de amarillo y azul. Muchos producían colores más apagados que los nuevos pigmentos sintéticos. El verde de Scheele cambió esa situación y su popularidad creció rápidamente: llegó a tejidos, papeles pintados, persianas, pinturas, juguetes, flores artificiales, pantallas de lámparas, envoltorios de caramelos e incluso colorantes alimentarios. Solo en Inglaterra se produjeron 700 toneladas en 1860.

Del verde de Scheele al verde de París

El pigmento de Scheele presentaba problemas de estabilidad y hacia 1800 apareció una alternativa: el acetoarsenito de cobre, ampliamente disponible desde 1814 y comercializado con nombres como verde de París, verde de Schweinfurt, verde Mitis o verde esmeralda. Una investigación publicada en 2024 en Heritage Science explica que este nuevo pigmento fue formulado como sustituto del anterior. También contenía cobre y arsénico, pero ofrecía un verde intenso y más estable.

Verde de París

Los papeles pintados se convirtieron en uno de los ejemplos más claros de su expansión y de sus riesgos. Los pigmentos arsenicales no solo servían para imprimir zonas verdes: podían mezclarse con otros colores, de modo que un papel aparentemente de otra tonalidad también podía contener arsénico. Los ejemplares estudiados por la NLM contenían de media unos dos gramos de arsénico por pie cuadrado. La exposición alcanzaba a fabricantes, impresores, trabajadores de las papeleras y consumidores.

El problema llegó a preocupar a las autoridades sanitarias. En la década de 1870, la Junta Estatal de Salud de Massachusetts recomendaba que los trabajadores que imprimían con colores arsenicales realizaran esa tarea durante solo dos o tres semanas antes de cambiar temporalmente de ocupación. Las investigaciones actuales siguen mostrando la complejidad de estos pigmentos: el estudio de Heritage Science de 2024 detectó cobre, arsenito y arsenato libres susceptibles de migrar y constató las dificultades que todavía existen para identificar con precisión el verde de Scheele en objetos históricos.

Un libro hecho con papel pintado tóxico

Una de las advertencias más llamativas apareció en 1874. El médico y químico estadounidense Robert Kedzie elaboró Shadows from the Walls of Death para alertar sobre los papeles pintados con arsénico e incorporó al volumen muestras reales de esos materiales. La National Library of Medicine conserva y ha digitalizado uno de los cuatro ejemplares conocidos. Sus páginas permanecen protegidas en fundas para evitar el contacto directo con el arsénico y el personal utiliza equipos de protección para trabajar con ellas.

La investigación científica también ha revelado hasta qué punto ambos verdes pueden resultar difíciles de separar. Los autores del estudio de Heritage Science localizaron por primera vez verde de Scheele en un libro y plantean que la fabricación del verde esmeralda pudo generar accidentalmente pequeñas cantidades del pigmento anterior, aunque contemplan otras explicaciones para esa mezcla. Esta complejidad ayuda a explicar por qué identificar hoy los pigmentos presentes en obras y objetos del siglo XIX no siempre resulta sencillo.

Los verdes arsenicales terminaron perdiendo terreno frente a otros pigmentos. El viridiano, basado en cromo, fue uno de los sustitutos utilizados en papeles pintados y posteriormente aparecieron verdes sintéticos como los de ftalocianina. El verde de París sobrevivió también como pesticida antes de ser desplazado en gran medida por insecticidas orgánicos. Su peligrosidad está hoy bien establecida: PubChem clasifica el acetoarsenito de cobre como tóxico y recoge, entre otros riesgos, su carcinogenicidad y la posibilidad de causar daños orgánicos por exposiciones prolongadas.

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