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¿Detendrán las sanciones a Putin?

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Hallan culpables a ocho participantes en disturbios contra el Kremlin

Putin no puede permitirse una Ucrania que abandone sus lazos históricos con Rusia.

La destitución del presidente Víktor Yanukóvich el 22 de febrero por el Parlamento ucraniano bajo la presión del movimiento Maidán provocó un shock en Moscú. Incluso aunque Yanukóvich nunca fue el presidente prorruso que Moscú esperaba, había sido el típico líder postsoviético. Era corrupto, egoísta y maleable, y por tanto compatible con la política rusa. De repente, Moscú se había quedado sin su hombre en Kiev. Hasta entonces, más allá de presionar a Yanukóvich para que resolviera la situación creada por Maidán (por la fuerza si era necesario), Putin había observado los acontecimientos a distancia. Incluso cuando los ministros de Exteriores de Alemania, Polonia y Francia intervinieron en el conflicto ucraniano para impedir una sangrienta guerra civil, Putin no envió a un radical a negociar, sino a un experimentado y cauteloso diplomático como Vladímir Lukin. Todo esto demuestra que Putin subestimó la situación y esperaba conservar los palos y zanahorias necesarios para influir en la política ucraniana.

La situación cambió por completo con la destitución de Yanukóvich y la toma del poder por un Parlamento proeuropeo. En momentos de crisis, Putin actúa con energía, pero de forma tradicional. Rodeado por radicales en el Kremlin, Putin comprendió que estaba en peligro de perder al vecino más importante de Rusia y que esto tendría importantes consecuencias geopolíticas. La incapacidad de influir en Ucrania a través del poder blando llevó a un giro hacia el poder más duro. Controlar y, si fuera necesario, absorber Crimea, era un paso lógico en su razonamiento.

Crimea es la zona más débil para Ucrania: casi el 60% de sus habitantes son rusos y la Flota Rusa del Mar Negro tiene su sede en Sebastopol. El concepto estratégico detrás de esta invasión oculta consiste en crear una nueva Transnistria o Abjasia en territorio de Ucrania que sirva para ejercer un control indirecto sobre el segundo mayor país postsoviético por población.

Los asesores del Kremlin saben que un Gobierno proeuropeo en Kiev no sólo intentará conseguir un acuerdo de libre comercio con Bruselas y más tarde la integración en la UE, sino que también buscará unirse a la OTAN. Esto sería un desastre geopolítico para los líderes rusos. Por lo mismo, una Crimea independiente o controlada por Moscú jugaría un papel importante a la hora de influir sobre Kiev, con o sin un Gobierno proeuropeo.

Moscú no tiene interés en anexionarse partes de Ucrania; los costes políticos y económicos son demasiado altos. La intervención de Rusia en Crimea provocó fuertes pérdidas en la Bolsa de Moscú el lunes 3 de marzo tanto para el rublo como para Gazprom. Una guerra tendría consecuencias más difíciles para la economía rusa y su política interna. Sería mejor para Rusia que Crimea continuara formando parte de Ucrania, pero estando controlada por Moscú. Precisamente por esta razón, el asesor de Putin para la Integración Euroasiática, Sergéi Glaziev, pidió en una entrevista a principios de febrero la federalización de Ucrania; eso podría acercar a la zona sureste de Ucrania a una unión aduanera dirigida por Rusia.

Todo esto supone no sólo aceptar el fracaso del poder blando ruso en Ucrania, sino también el deterioro de sus relaciones con la UE y EEUU. A Putin no le interesa un enfrentamiento con Occidente, como demuestra su intento de legitimar la actuación de su Ejército con el derecho internacional, pero no puede aceptar perder Ucrania. El giro de Kiev hacia el Oeste podría socavar su propia posición interna. El movimiento Maidán ha creado un precedente para la política interna rusa y cuestionado un elemento clave de la política exterior de su tercer mandato: la Unión Económica Euroasiática. Perder Ucrania equivale a abandonar su imperio, o al menos sus ambiciones de poder en la zona.

A causa de la importancia que Ucrania tiene para Europa, la UE tiene que responder de forma diferente a lo que hizo en el conflicto de Georgia. Necesita un Gobierno estable en Kiev y observadores internacionales sobre el terreno en Crimea. La internacionalización del conflicto es necesaria para impedir que Rusia instaure un precedente. Una misión de la OSCE es el primer paso para prevenir futuras acciones militares rusas. Incluso el Consejo de Seguridad de la ONU debería intervenir.

Las sanciones inmediatas a Rusia radicalizarán la posición de Putin y fortalecerán a los radicales en el Kremlin, lo que tendría un efecto opuesto al pretendido. Pero las sanciones deben estar sobre la mesa y deben ser más extensas que las decididas hasta ahora por la UE. Poner fin al diálogo sobre visados con Rusia, las negociones para un acuerdo de cooperación y no enviar representación oficial a los Juegos Paralímpicos son medidas simbólicas que no impresionarán a Putin. Para que sean realmente dolorosas, deberían suponer la congelación de relaciones económicas, inversiones e importaciones de energía. Si la UE no está dispuesta a adoptar sanciones graves, su credibilidad quedará debilitada.

Los estados europeos están otra vez divididos sobre Rusia. El coste para algunos es muy alto. Alemania depende en un 40% de la exportación de gas ruso, y en un 30% del petróleo. Países como Bulgaria o los estados bálticos obtienen el 100% de su gas de su gigantesco vecino. La interrupción de las importaciones de gas de Rusia aumentaría el precio del gas en Europa, lo que tendría consecuencias en toda la economía europea, inmersa en un lento proceso de recuperación. Mientras Alemania, Italia y el Reino Unido están contra las sanciones, países como Polonia y Suecia las apoyan. Especialmente para los estados miembros del Este con fronteras con Ucrania, la crisis implica una amenaza directa a su seguridad.

Rusia exporta el 80% de su gas a la UE. Las exportaciones de energía suponen más del 60% del presupuesto ruso. La UE es el socio comercial más importante de Rusia, y Alemania es el tercer socio comercial de Rusia, por detrás de China y Holanda (por el puerto de Rotterdam). Poner fin a la inversión desde la UE y un bloqueo comercial tendrían graves consecuencias para Rusia.

Si la UE aún busca una solución diplomática, la integración (de Ucrania) en la OTAN no puede ser una opción. Impedirá cualquier solución con Moscú y tampoco responde a la voluntad de la mayoría de los ucranianos ni a la localización geopolítica del país.

Al mismo tiempo, Europa necesita negociar con Kiev y Moscú sobre sus relaciones a largo plazo. Necesita un foro trilateral donde el futuro de la integración económica de Ucrania en la UE pueda discutirse en el contexto de los requisitos de la Unión Económica Euroasiática, los acuerdos de libre comercio de la UE, el tránsito del gas ruso a través de Ucrania y soluciones políticas para Crimea como parte integral de una Ucrania soberana.

Si la UE duda ahora, Rusia aprovechará la oportunidad para construir un nuevo conflicto postsoviético en el territorio de Ucrania. Pero si la UE muestra unidad y responsabilidad, y está dispuesta a invertir una fuerte suma en Ucrania, puede ayudar a resolver la situación. Este es un momento decisivo para toda la región postsoviética, porque puede sentar un peligroso precedente. Y puede demostar una vez más que Putin sólo es fuerte cuando Occidente es débil.

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