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Escrache a un Gobierno progresista

Las cúpulas de la Fiscalía se han revuelto ante el nombramiento de Delgado; cierto es que les han nombrado de fiscal general a su bestia negra

Un número indeterminado de señores intentando zancadillear al Gobierno emanado de la soberanía popular, un poder fáctico con todo el poder de control, es algo que puede dinamitar la democracia

El camino para volver a llevar la serenidad a las instituciones solo puede pasar por retirar todos los añadidos, trampas, reformas, modificaciones, piruetas y artificios que se han ido añadiendo para mantener la hegemonía de los de siempre

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La candidatura de Delgado para fiscal general, a examen en el CGPJ

Dolores Delgado, en una imagen de archivo. EFE

"Si los miembros de las profesiones confunden su ética específica con las emociones políticas del momento, pueden acabar diciendo y haciendo cosas que antes les hubieran parecido inimaginables"
Timothy Snyder. Sobre la tiranía

Algunos definieron el escrache como la última alternativa de los abandonados por la política. Los escraches. Algo brutal y poco estético, sudoroso y vociferante, algo demasiado burdo para los poderes de los que voy a hablarles hoy. Llevo varios años haciéndolo y, precisamente por eso, soy plenamente consciente del cambio que se ha producido en estas últimas semanas. Un cambio que reside fundamentalmente en que todos los contubernios ocultos que llevo columnas y columnas explicándoles se han mostrado, de golpe, tan a las claras como el lucero de la mañana. Por eso como escribidora puedo hacerles el símil para adentrarnos en cómo hemos visto la cara de lo que apunta a ser todo un escrache institucional hacia el nuevo Gobierno de coalición progresista por parte de poderes, estamentos y hasta las cúpulas de las carreras administrativas para intentar impedir que el nuevo Gobierno pueda llevar a cabo el programa político que les afecta y, también, el que no les afecta pero no les gusta.

Ya les dije que la oposición está dispuesta a ganar en unos tribunales concretos, que sienten como muy próximos a sus deseos, lo que no podrían ganar en el Parlamento y que la ultraderecha ya ha comenzado su loca y diabólica carrera para criminalizar los actos políticos de total legitimidad democrática. Esa es, claramente, una de las caras del totalitarismo. No obstante ya les avanzo que esto ni siquiera es tan sencillo como eso de la "politización de la Justicia" que les van a vender, a calderadas, para convencerles de que los intereses muy concretos de unos grupos muy concretos son los de toda la sociedad y, más allá aún, los de todos los jueces, fiscales o abogados del Estado del país. Eso es lo que voy a intentar aclarar hoy.

Más allá de la batalla de los partidos, en la que el PP intenta sacar tajada de haber estado colocando afines durante años y Vox pretende hacer ruido y reventar las instituciones; más allá de eso hay un cabreo ya no tan sordo, una rabia, una revuelta clara de los que han cortado el bacalao hasta ahora y de los que quieren seguir haciéndolo para lo que tienen que cortocircuitar cualquier movimiento del nuevo Gobierno aunque sea deslegitimándolo. De esto va la movida inaudita de reprender públicamente a un vicepresidente del Gobierno –cuando no lo hicieron con un tipo del PP que escribió el guasap más infame y más obsceno para la independencia judicial que se haya leído nunca– o de ponerse el mundo por montera para intentar boicotear una designación del Gobierno, tal y como les pidió el día anterior Casado.

La guerra va a ser toga a toga, nombramiento a nombramiento, informe a informe, comunicado a comunicado. Una guerra sin cuartel para mantener las cuotas de poder, los privilegios, los estatus personales y el statu quo en el que han medrado y piensan seguir haciéndolo. En esta contienda, tengo que decirles con dolor, señores y señoras jueces y fiscales de a pie, que ustedes importan un comino como, por otra parte, lo importamos también los ciudadanos. En eso estamos en el mismo barco. Todo lo que aquí hable, por favor, no lo tomen como una referencia a ninguno de ustedes. A los señores que se reparten el bacalao, que estén enterrados en procedimientos, que tengan ratas bajo la mesa o que no puedan dejar de poner sentencias o de trabajar ni por las noches en su casa les importa un bledo. Les sorprendería no cómo hablan las cúpulas de ustedes, sino cómo ni les mencionan.

Las cúpulas de la Fiscalía se han revuelto ante el nombramiento de Delgado. Cierto es que les han nombrado de fiscal general a su bestia negra. Desde las elecciones a Consejo Fiscal en las que ella y Segarra entraron, y en las que los conservadores perdieron su hegemonía tradicional en el órgano. Claro que luego llegó Segarra y resultó inoperante y, todo hay que decirlo, la ministra Delgado no dio ni una instrucción ni tuvo ni una injerencia en su labor, de modo y manera que la Fiscalía ha estado todo este tiempo no funcionando según un esquema jerárquico de poder, sino con varios focos de poder independientes, que son los que ahora se resisten a perder comba. Al menos dos de ellos se encuentran en el Tribunal Supremo: uno en torno a los fiscales del proceso, a los que ya han empezado a glorificar como los "indomables", y otro en torno a Pedro Crespo. Otro foco distinto se ha arbitrado en torno a la Audiencia Nacional pero en esta, Miguel Ángel Carballo, el teniente fiscal, lleva una voz de tenor que se eleva muy por encima de la de su superior jerárquico, Jesús Alonso. Por último, la cúpula más recalcitrante de la asociación mayoritaria, tras la que laten aún los designios de Torres-Dulce. A ninguno de estos grupos les interesa que llegue alguien a Fontalba a intentar poner orden a tanto llanero solitario. La prueba de fuego será el nombramiento que hay que realizar para sustituir a Luis Navajas, teniente fiscal del Supremo, y que ya con el nombramiento de Delgado ha hecho más seguro a un aspirante y más improbable a otro.

Luego está la cuestión del CGPJ, de la que también les llevo hablando meses. Lesmes debe ser para ustedes como de la familia. El Consejo está pútrido, en descomposición, pero tampoco funciona ya con la mecánica de bloques ideológicos que resulta tan fácil de explicar. No, para nada. Lesmes es muy listo y muy vaticanista y con el poder omnímodo que le concedió Gallardón logró atraer a su campo incluso a muchos propuestos por Rubalcaba. Es muy sencillo. Él reparte todo. También quien entra en la Permanente y es vocal de primera. La diferencia es clara: un vocal de primera se embolsa unos 6.100 euros netos en 14 pagas y uno de segunda, unos 1.100 euros de dietas al mes. ¿Ahora entienden –además de viajes, comisiones e historias– por qué no solo es mejor llevarse bien con Lesmes, y apoyarle, sino que es muy difícil dimitir? Porque dimitir es lo que deberían haber hecho y deberían hacer los vocales progresistas para romper la determinación del PP y de los propios vocales de mantenerse allí ad calendas graecas, negándose a efectuar un mandato constitucional como es la renovación.

El escrache es de tal tenor que no van a tener prurito en destrozar las instituciones en su camino y, para más inri, los voceros venderán que es la plaga roja la que lo está haciendo así. Solo les calmaría que ese prurito moral de la izquierda les diera lo que quieren. Es lo que hizo Zapatero cuando respaldó a Carlos Dívar, conservador y católico ortodoxo, para el CGPJ, renunciando a proponer a un jurista progresista. Un error, como quedó visto.

El camino para volver a llevar la serenidad a las instituciones solo puede pasar por retirar, capa por capa, todos los añadidos, trampas, reformas, modificaciones, piruetas y artificios que se han ido añadiendo por el camino para mantener la hegemonía de los de siempre. Una tarea larga y delicada y parecida a la desactivación de las bombas. En orden inverso a como fueron hechas las perversiones. Desde las últimas y nefastísimas de Gallardón y hacia atrás. En ese camino, la vuelta a la elección entre jueces queda al final de la escapada. No puede ser cuestión ahora.

Es un tema muy prolijo, pero un tema de relevancia especial para toda la ciudadanía. Un número indeterminado de señores intentando zancadillear al Gobierno emanado de la soberanía popular, un poder fáctico con todo el poder de control, es algo que puede dinamitar la democracia. Y juegan con la baza de que la mitad de sus añagazas son difíciles de explicar pero, qué quieren, lo intentaremos.

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