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Y a Manuel le debo, además, un libro

Conocí a Manuel Fernández-Cuesta hace algunos años en el Parnasillo, ese lugar de Malasaña donde tantas historias se han tejido. Le conocí de la mano de Rafael Reig y pronto -entre risas y humo (entonces todavía se podía fumar en los bares)- comenzamos a pergeñar un libro para Península, la editorial que dirigía. Bueno, comenzó a pergeñarlo él, porque Manuel era un editor de raza y no se dejaba convencer fácilmente por los autores. Cada vez que nos veíamos me lanzaba la idea y me decía: "Caro, estás en deuda conmigo".

Tiempo después cerramos el libro. Bueno, lo cerró él. Pero esta vez no en el Parnasillo, sino en el Cabreira, siempre cerca del Dos de Mayo. Eran los tiempos del entonces exitoso Gobierno socialista de Rodríguez Zapatero, cuando el presidente reivindicaba la herencia republicana e incluso recurría al afamado Philip Pettit -teórico del republicanismo- para que este le pusiera nota a sus políticas. "Quien paga al flautista, elige la melodía", suele decirse. Efectivamente, las políticas de Rodríguez Zapatero fueron calificadas con un notable alto por el pope del republicanismo. Pero Manuel no se dejaba engañar por retóricas vacías y cantos de sirena. No en vano la nefasta experiencia del Gobierno de Felipe González, sobre todo en política cultural y educativa, le había marcado profundamente en su análisis de la democracia española.

Su idea era que yo hiciese un libro donde comparase la democracia nacida de la Constitución de 1978 con la vieja experiencia republicana, a los efectos de desmontar esa falaz estrategia de intentar buscar en la Constitución de 1931 el origen y fundamento del actual sistema constitucional. Manuel tenía bien claro -mucho antes de que llegaran estos tiempos de crisis económica e institucional- que la democracia nacida de la transición nos dirigía hacia un modelo de sociedad egoista, desigualitaria y poco participativa; calificativos sobre los que hoy -tras la crisis- poca discrepancia puede haber.

Manuel insistía en que no podía utilizarse la reivindicación republicana por los apologetas del actual sistema político. Que no podía traicionarse el espíritu de 1931. Que la República planteaba un modelo de sociedad política abierta e igualitaria, con espíritu crítico, donde se promovía la participación ciudadana en los asuntos relativos a la res publica, con instrumentos de control y de ordenación de la actividad económica por parte de las instituciones políticas democráticamente elegidas, donde se generasen dosis de responsabilidad o virtud cívica. Y que este modelo era radicalmente diferente al que representa la Constitución de 1978, un texto nacido del pacto de la transición, de olvido y de silencio sobre el pasado dictatorial.

Como buen editor, Manuel siempre dirigía a sus autores. Cada vez que nos veíamos, venía con un libro para mi. Desde el magnífico libro de Pascual Serrano hasta Christian Salmon, pasando por sus favoritos, los viejos comunistas italianos: Antonio Gramsci, Pietro Ingrao o, el último libro que me regaló, Luigi Pintor.

Pero lo que Manuel no podía controlar, malgré lui, eran los tiempos de sus autores. Tardé años en escribir el libro. Más de los aceptables. Pero nunca se quejó. Siempre estaba ahí, apoyándome con su cariño y comprensión. Años después, cuando conseguí terminar el libro y mandárselo desde Bethesda (Maryland), se peleó duro con sus jefes por publicarlo. Sé que defendió el texto hasta más allá de lo comprensible, y sé también que le costó lo suyo. Finalmente, fue en el Hotel Kafka donde me entregó las pruebas del manuscrito. Ahí me regaló el libro de Pintor.

Hace unos días me llamó para decirme que dejaba la editorial Península, pero que por supuesto no me preocupara: el libro estaba listo. Por teléfono quedamos para tomar un vino un día de la semana que viene y hablar del futuro que nos esperaba, a él y al libro.

Caro, el libro saldrá en septiembre, pero sin ti ya nada será lo mismo. ¡Hasta la victoria!

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