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¡Olé, Aguirre!

El buen español es aquel que entra en resonancia con los toros, se salta a la torera las normas de tráfico, empitona a la autoridad municipal y miente más que habla

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Esperanza Aguirre no entregó a la autoridad municipal madrileña y española la documentación que se exige a todos los que, como ella, cometen una infracción de tráfico; por ejemplo, los 15.000 conductores que aparcaron indebidamente su coche en el carril bus el año pasado en Madrid.

Ni el permiso de circulación, ni la tarjeta de inspección, ni el seguro obligatorio, fueron entregados por Aguirre a los municipales que se lo requerían.

Aguirre, sangre española, embistió a la montura de los municipales, derrotó con el pitón derecho a los asustados picadores sin puya y huyó con querencia de chiquero a su dehesa acharolada.

Mujer, el patriotismo bien entendido empieza por una misma: si los agentes de la autoridad te piden los papeles, se los entregas y no los ridiculizas con acento cheli –"o charlita, o multita"–, ni huyes en estampida para que tus guardias civiles, convertidos en enlaces sindicales y siempre autoridad en la plaza, intenten zanjar la cuestión como una cuadrilla y le quiten hierro al trapío del asunto. Por muy temeraria que estés este año, un respeto a la autoridad.

Por cierto, si cuando se eleva la sagrada forma en un funeral de Estado –mitin de Rouco mediante–, suena el himno nacional, ¿por qué no suena idéntica melodía cuando el torero entra a matar? Eso si sería fomentar la identidad nacional, sin complejos, con cintas bicolores en los alamares y el mundo por montera.

Por cierto, ¿qué pensarán los aficionados a los toros que en la muy francesa, y un poco romana, plaza de Nimes entran en éxtasis cada vez que José Tomás impone el silencio frente al toro? ¿Se sentirán identitariamente españoles por participar en esa ceremonia?

Hace años escribí, con ironía y reproche, que Jon Idígoras había pasado de la Fiesta Nacional a la Mesa Nacional. Aquel batasuno, con bigote de cuatrero de película mexicana, se erizaba cuando hablaba de Finito de Córdoba, chisporroteaba con las faenas cumbre de la temporada, vibraba con sus avatares de novillero/peón. Era feliz hablando de toros, viendo corridas de toros, arrimándose al morlaco, aunque fuera de salón.

Según el pensamiento Aguirre –que reparte entre timbales los carnets del buen español–, Idígoras sería un español fetén por su comunión con los astifinos y los cornalones, con los zaínos y los mohínos; cosa con la que no se si el finado estaría muy de acuerdo.

De manera que el buen español es aquel que entra en resonancia con los toros, se salta a la torera las normas de tráfico, empitona a la autoridad municipal y miente más que habla. ¡Olé, Aguirre!

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