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Vinimos por nuestros hijos no para dar a nuestros hijos

Una madre junto a su hijo en una imagen de archivo

Lorena García

Fue en un Boeing 747 de Aerolíneas Argentinas que cubría el trayecto Buenos Aires-Madrid donde empecé a desaparecer. Mi hermano me había dado las instrucciones precisas. “A partir del despegue tenés que evitar cualquier tipo de problema. No discutas, no levantes la voz, que nadie se fije en vos ni en los chicos”. Tenía 29 años, un hijo de 4, una de 2, tres maletas y un marido esperando en Barcelona. Había cambiado mi casa, mis amigos y mi pasado por unos billetes hacia un futuro diferente.

Un señor italiano que estaba en el asiento de delante se giró quejándose del ruido que hacían mis niños. Sentí un escalofrío por todo el cuerpo y pedí perdón mientras los hacía callar. ¿A dónde estaba yendo? ¿Valía la pena arriesgar todo?¿Habría sitio para nosotros bajo el sol o deberíamos escondernos para siempre? Recuerdo a mi niño que tras 10 horas de viaje se abrazaba a su peluche y me pedía por favor volver a casa. Era imposible que entendiese que ya no había un hogar al que regresar.

En el Aeropuerto de Barajas hicimos la cola de los No Comunitarios. Más de la mitad éramos irregulares. ¿Cómo lo sé? Llevábamos el miedo tatuado en la cara y la mejor ropa que podíamos comprar. Era un disfraz y se notaba. Si preguntas a alguien que entró como turista en Europa, te dirá que nunca olvidará el ruido que hace el sello de Aduanas en el pasaporte recién estrenado. Es el ruido de una puerta minúscula que se abre hacia la incertidumbre.

Los trámites de regularización eran un laberinto imposible por lo que la única opción eran las sombras. Borré a conciencia las palabras, los giros rioplatenses de mi castellano. Enseñé a mis hijos los nombres nuevos de las cosas para que se camuflaron en la sociedad que nos recibía. Planté esos retoños en otra tierra para que crecieran fuertes, seguros y felices. Ellos eran el motivo del viaje.

Durante tres años fui una madre inmigrante sin papeles. Cada vez que salía de casa pedía a un dios en el que no creo me dejase volver con los míos, que no hubiese una redada, que mis vecinos no me denunciasen.

En 2005 recibí la carta que autorizaba mi residencia pero no sería hasta 2013 que mis hijos podrían tener la misma suerte. Las leyes de Extranjería cambiaban cada seis meses y los requisitos se endurecían. Fueron años de miedo. Ellos no conocían otra tierra que esta, había hecho bien mi trabajo.

Recuerdo una fiesta escolar. Habían decorado el patio con los nombres de los países de procedencia de los alumnos. Veintisiete sitios del mundo representados en una escuela con la naturalidad de un arco iris. El siglo XXI que muchos habíamos soñado.

Hice horas de colas inhumanas para conseguir un turno, pagué dinero que no tenía a gestores sin escrúpulos y me mordí la lengua ante las injusticias porque el porvenir de mis hijos lo valía.

Hoy leo que en una campaña electoral se propone retrasar la expulsión de las madres inmigrantes irregulares que entregan a sus hijos en adopción. ¿Es eso lo único que quieren de nosotras? No han entendido nada. Vinimos por ellos. Cruzamos medio mundo y aceptamos matar nuestro orgullo a cambio de su felicidad. No hay papel ni bandera que valga un minuto sin ellos.

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