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Zerolo orgulloso

En muy pocos años, en España se pasó de meter en el talego a los gays a hacer una ley modélica, tomada como referencia en otros países del mundo a los que siempre habíamos mirado desde abajo

Pedro Zerolo se ha muerto demasiado joven, pero se ha ido con la satisfacción de haber luchado, junto a centenares de hombres y mujeres, por avanzar en la igualdad. Zerolo simboliza el afán de miles de hombres y mujeres en España que querían la igualdad y que ahora han logrado leyes que la reconocen.

Durante muchos años, Zerolo ha sido uno de los líderes del movimiento por lograr los derechos de  lesbianas, gays, transexuales y bisexuales  (LGTB), como decía, citándolos siempre a todos, cada vez que hablaba de la lucha que ocupó intensamente su apretada vida.

Quizás es este un buen momento para recordar que hace media hora, en términos históricos, muchos homosexuales eran encarcelados en España por serlo, que se les aplicaba la ley de vagos y maleantes, que estaban socialmente apestados, zaheridos y marginados los pocos que se mostraban como tales. Las lesbianas eran sencillamente invisibles, no existían en la percepción de la sociedad. Las palabras que se empleaban para referirse a los llamados maricones eran profundamente insultantes; constituían motivo de chiste y aparecían caricaturizados en algunas películas, no solo del landismo.

La primeras referencias de los muy pocos militantes por los derechos de los gays que entonces había se remontan, para mi, a los tiempos del último franquismo, encarnados por el incansable Jordi Petit, cuando muchos de los avances de la izquierda española venían vía PSUC, los comunistas unificados de Cataluña. Vivían los gays una clandestinidad dentro de otra.

Zerolo, y otros pocos como él, ha logrado en unos años que algo que era inimaginable, imposible o que se veía como una aberración, sea hoy una ley. Una ley que salió con toda la derecha española repicando en contra, con su trompetería habitual, esa que anuncia el apocalipsis cada vez que se hace algo que no le gusta. 

En muy pocos años, en España se pasó de meter en el talego a los gays a hacer una ley modélica, tomada como referencia en otros países del mundo a los que siempre habíamos mirado desde abajo.

Los matrimonios entre personas del mismo sexo están hoy reconocidos por ley, tras el Gobierno de Zapatero, las bodas entre hombres, las bodas entre mujeres –menos– se celebran de manera regular en los ayuntamientos sin que sean ya noticia. En esa lucha ha estado Zerolo.

No tenemos noticia de que la familia española haya desaparecido, como nos amenazaron los Roucos, los Cañizares y el hoy ministro del Interior. Más bien parece que la familia se refuerza por culpa de los destrozos de la crisis, que tan bien pastorean los que odian los matrimonios de gays y de lesbianas. Tampoco ha desaparecido una parte de la Humanidad, como nos amenazó el ministro Fernández Díaz para alertarnos del peligro inherente de la homosexualidad.

En la sociedad española actual hay una percepción de los homosexuales, de las lesbianas, radicalmente distinta de la que existía en los primeros años de democracia. Sigue habiendo comportamientos agresivos, excluyentes o condenatorios, no solo entre algunos sectores del clero, pero el avance ha sido gigantesco. 

Esa aceptación cultural de los colectivos LGTB ha sido obra, entre otros muchos, de gentes como Pedro Zerolo, que se acaba de ir, demasiado pronto. 

Ha habido un extraordinario movimiento que ha sacado a miles de personas de la culpa, del tormento, de la clandestinidad, que ha cambiado la forma de mirarse a si mismos y que ha transformado la forma en que les mirábamos los demás. Es verdad que hay aún miles de personas en la clandestinidad, que no pueden mostrar sus afectos, sus preferencias, su manera de vivir, pero el avance ha sido muy importante si lo comparamos con el punto del que veníamos.

En los primeros tiempos de CNN+, en aquel plató/zulo de Torre Picasso, solía invitar con regularidad a Zerolo a mi programa de debate. No tenía entonces una imagen pública, atendía siempre a mis llamadas y trataba con exquisito respeto a los invitados que compartían debate con él, incluso a los que pensaban que era un enfermo. Sus apariciones eran éxitos asegurados, con su verbo que engarzaba las frases como las cerezas, su tremolar de brazos y su afán didáctico por convencer a cuanta más gente mejor. Sus intervenciones nunca aburrían. Hablaba con naturalidad de cosas que entonces no estaban establecidas en el vocabulario habitual, nombraba a su novio, a sus compañeros de colectivo, vinculaba siempre los derechos de los gays con derechos humanos. Al acabar los debates, me solía preguntar: ¿no te parece que he estado un poco plazatorerista?, como reconociendo, con su acento canario, que quizás había estado un tanto mitinero.

Se ha muerto Pedro Zerolo y los que le ridiculizaron a él, y a lo que representaba, se muestran ahora compungidos y elogiosos.

Se ha muerto demasiado pronto Zerolo, pero puede estar orgulloso  –me consta que lo estaba– de haber luchado por hacer una sociedad más libre, más igual, más digna. 

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