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Nosotros, los de ahora, ya no somos los mismos

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Si el asunto se desarrolla tal como prevén los hacendosos hacedores de la segunda parte de Los Borbones son forever, se presume para las próximas semanas una proliferación de caídas en coma diabético por parte de la indefensa población más sensible a los merengues. Hasta a las declaraciones de una de las exnovias de don Felipe El Preparado ha recurrido algún medio de comunicación del Régimen instaurado por la Transición (o viceversa), y se esperan para los días que vienen nuevos y enriquecedores aportes, quizá del papa Francisco y hasta de Walt Disney, que también está hibernado.

Pero, calma, ¿he escrito más arriba "indefensa población"? No nos precipitemos. Desde Urdangarin, sobre todo -mucho más que por lo de Corinna y los elefantes-, la gran masa adicta a los cuentos de hadas, que se reunía, en las bodas, a las puertas de las catedrales para gritarles sentidos "¡Guapas!" a las infantas y a doña Letizia, ha sufrido un baño de realismo que le ha hecho crecer las uñas. Por poner un ejemplo, no me extrañaría que, entre los ciudadanos que abuchearon a la infanta Cristina en la Rampa de los Suspiros de Palma de Mallorca, se hallaran muchos de quienes la habían aclamado a su paso hacia el pantalán del Club Náutico, cuando no se tenía idea de sus desmanes.

La tardía renuncia del primer Borbón después de Franco, y su sustitución automática por el segundo, se encuentra con un país muy distinto de aquel que admitió la subida de Juan Carlos al trono constitucional, y también de aquel otro que, acojonadito y encerrado en casa, escuchó su paternal mensaje, el 23-F.

Los españoles hemos perdido el virgo, se nos han caído los dientes, hemos visto cómo nos salían espolones y tenemos el culo pelado, por seguir con las frases hechas, de tanto ver corruptos y tener que aguantarlos, de tanto asistir a esfuerzos judiciales ímprobos y diferidos, y a tantas trapisondas y excusas, incluso amorosas, por parte de algún que otro leguleyo que, oh casualidad, también fue padre de la Constitución, esa hoy maltrecha dama.

Hemos abandonado la fe y, como quien dice, también la caridad, y muchos estamos hartos de que periódicos autoconvencidos de que son serios estén comiéndole terreno al ¡Hola!, en su intento de lavarnos el cerebro, y de que los mismos de siempre, los sospechosos habituales que se tiran aparentemente los trastos en la escena, entre bambalinas se reúnan y conspiren para que todo siga atado y bien atado, para que algo cambie con objeto de que todo siga igual, y para que, en general, el personal se ponga a cantar Gwendolyne, mirando a Zarzuela.

No hemos perdido, sin embargo, la esperanza. Más bien la hemos recuperado en un alto porcentaje desde que el resultado antibipartidista de las elecciones europeas nos ha hecho comprender que con el voto podemos tirar de la estaca. De ahí las plazas llenas de ciudadanos, que no súbditos, que súbitamente reclaman un referendo, agitando el hermoso, emocionante tricolorido de la bandera republicana. No es nostalgia, es renovación de la fidelidad a un gran proyecto político que fue sangrientamente truncado. Es Memoria Histórica.

Los tiempos están cambiando. A medida que la dulzura nauseabunda del plato precocinado inunda la información oficial, la carne viva de la ciudadanía ocupa nuevos espacios para hacerse oír, para influir.

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