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Los experimentos, con yogur (griego)

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Igual que se recomienda hacer los experimentos con gaseosa y no con un buen vino, en Europa decidimos hacer las pruebas con yogur griego, antes que echar a perder otros manjares más apreciados. Llevamos años oyendo que Grecia era el laboratorio europeo, y así ha sido. Un país pequeño, cuyo peso económico es insignificante para Europa. Un lugar inmejorable para estudiar los efectos de nuevas políticas.

Fue en Grecia donde probamos el primer rescate europeo hace cinco años. El desastroso programa de ayuda griego sirvió para corregir errores en los siguientes rescates de Irlanda, Portugal y el bancario de España. Casi nos cargamos a toda la población de cobayas, pero su sacrificio nos permitió tratar un poco mejor a los que rescatamos después.

Tras el rescate, Grecia se convirtió en el Quimicefa donde la troika ensayaba sus políticas de austeridad antes de aplicarlas en otros países. Privatizaciones, reformas, recortes, empobrecimiento. Todo lo que otros conocimos después, fue probado antes allí, y en grado máximo.

Las cobayas griegas sirvieron también para sucesivos test de resistencia a los ciudadanos: periódicas vueltas de tuerca, dosis cada vez más altas de veneno, para ver cuánto soportaban sin reventar. “Mira, si los empobrecemos un poco más, hacen huelgas y manifestaciones pero no llegan a sublevarse”. “Ten cuidado, afloja un poco, que está saliendo humo”. De paso, el sufrimiento de los griegos servía como aviso y amenaza para los trabajadores de otros países: “Si no queremos acabar como Grecia, hay que aceptar estas duras medidas”, fórmula mágica en España, Portugal o Italia.

El experimento griego no dejó fuera ni la democracia. Se trataba de ver qué nivel de intervención aceptaban los griegos sin pegar fuego al laboratorio. Gracias a ellos vimos que se podía tumbar un Gobierno (el de Papandreu) y colocar un tecnócrata (Papadimos) desde fuera sin que pasase nada, y así luego pudimos hacerlo en Italia cuando hizo falta, y mantener la amenaza frente a gobernantes aventureros.

Con la victoria de Syriza comprobamos hoy que el yogur griego sigue teniendo muchas posibilidades de experimentación, cual gaseosa inofensiva y barata.

Por un lado, hay quien observa al país de nuevo como laboratorio, esta vez para ver lo que da de sí un Gobierno de izquierda. Pensemos que, desde la lejana experiencia de los Frentes Populares en los años treinta, es la primera vez (si exceptuamos Chipre) que un país de Europa occidental está gobernado por un partido a la izquierda de la socialdemocracia.

Por otro lado, el programa antiausteridad del nuevo Gobierno griego es la oportunidad para que Europa pruebe los efectos de un cambio de política que no puede esperar un minuto más. El fracaso total de la austeridad de Merkel y la troika, la presión creciente de Francia e Italia, y el nuevo ciclo electoral que abrirá España, obligaban a reconsiderar la línea dura y abrir un poco la mano. El cambio en Grecia es la excusa perfecta.

Por último, ensayaremos con Grecia cómo reestructurar una deuda impagable. El experimento urge, porque la griega no es la única deuda europea que tarde o temprano habrá que reestructurar.

Sí, es verdad que a base de experimentar nos hemos cargado muchos yogures. Algún día igual les damos las gracias.

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