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El grouchismo

Llega un momento en el que ya no pides un discurso repleto de genialidades. Recibes con un entusiasmo desbordante que el alcalde sea el que quieran que sea los vecinos el alcalde o que coleta morada no fumar la pipa de la paz

Como decía Groucho, si son capaces de hablar sin parar, al final les saldrá algo gracioso, brillante e inteligente. Y eso sí que no es cosa menor. O dicho de otra manera, es cosa mayor

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Todo lo que necesito lo encuentro siempre en Groucho Marx. Es lo más parecido que hay en mi casa a los llamados libros de autoayuda. Pase lo que pase, tanto si es una pena personal como una preocupación de otra índole, encuentro respuestas en "Groucho y yo" o en las "Memorias de un amante sarnoso". Habitualmente, el hecho de releer algunas de sus páginas, manoseadas y subrayadas, me proporciona un alivio casi instantáneo. Solo veo verdades, sentido común, afirmaciones socarronas que se convierten en un maravilloso mecanismo de supervivencia.

Este domingo, cuando me he sentado a escribir este artículo, no sabía de qué hablar. La actualidad política es incesante, sí. Pero a veces, para los que estamos todo el día dándole vueltas, puede llegar a ser verdaderamente tediosa. Eso me hace suponer que los que no se dedican a esto, es decir los que se informan por voluntad propia, también tienen pájaras de vez en cuando. De ahí la preocupación de los partidos por la abstención en las próximas elecciones. Algo tendrá que cambiar. El discurso de un candidato en un mitin puede durar entre quince y veinte minutos. La mayor parte del tiempo lo ocupan en frases vacuas. Por ejemplo:

-"Tenemos un candidato que se llama Mariano Rajoy". ¡No me digas! ¿En serio? Ha merecido la pena esperar una hora para escuchar algo tan fuerte. Disculpen que no me levante.

-"No dejéis de sonreír en esta campaña tan bonita que estamos haciendo". ¿Bonita para quién? ¿Y me lo dice usted aquí, en este polideportivo y sin anestesia? He disfrutado mucho de este mitin, especialmente cuando ha terminado.

-"La cerámica de Talavera no es cosa menor. Dicho de otra manera, es cosa mayor". Y decides beber para hacer interesantes a las demás personas.

-"Hay que hacer que haya más alcaldes y presidentes socialistas". Ah, ya entiendo para qué estamos dando vueltas por España. No mire ahora, pero en esta habitación sobra alguien...y me parece que es usted.

En estas circunstancias, uno puede aguantar con sosiego dos semanas de campaña, pero no dos meses. Por eso se ha revalorizado tanto la presencia de los líderes políticos en programas a los que antes no se planteaban ir. Ahora se pasan el día cocinando ante las cámaras, bailando, subiendo en globo, jugando al futbolín o presentándonos a la familia a golpe de colleja. Todo es bienvenido para salir del letargo del polideportivo. Llega un momento en el que ya no pides un discurso repleto de genialidades o propuestas que quiten el hipo. Recibes con un entusiasmo desbordante que el alcalde sea el que quieran que sea los vecinos el alcalde o que coleta morada no fumar la pipa de la paz.

Groucho Marx cuenta en su autobiografía una historia que viene al caso. Un hombre desesperadamente enfermo va a un psicoanalista y le confiesa pensamientos suicidas. El doctor le dice que lo que necesita es divertirse. Le aconseja que vaya al circo para reírse con el payaso Grock. El paciente se va hacia la puerta abatido, con mirada triste y el médico le pregunta:

-A propósito, ¿cómo se llama usted?

-Soy Grock.

No sé si todos los que llevamos meses dándole vueltas a lo mismo nos sentiremos identificados de alguna manera con esta anécdota. Porque hay que echarle mucho entusiasmo para seguir la actualidad política todas estas semanas. Pero tenemos motivos para la esperanza. Como decía Groucho, si son capaces de hablar sin parar, al final les saldrá algo gracioso, brillante e inteligente. Y eso sí que no es cosa menor. O dicho de otra manera, es cosa mayor.

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