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El silencio de nosotros

El exitoso documental sobre las víctimas del franquismo El silencio de otros, emociona, pero sobre todo avergüenza. Nos avergüenza como personas y también como nación. Por eso es tan importante que se vea más allá de nuestras fronteras

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Un fotograma del documental 'El silencio de los otros'

Un fotograma del documental 'El silencio de otros'

Se encienden las luces mientras los últimos títulos de crédito aún surcan la gran pantalla. La mayoría de las butacas continúan ocupadas; nadie parece tener prisa por irse. Algunos espectadores tragan saliva intentando disolver la invisible bola, ligeramente urticante, que se les ha instalado entre las fosas nasales y los ojos. Otros evitan disimular y se secan las mejillas con un pañuelo o, directamente, con la manga de la camisa. Mari Carmen es una de las primeras en salir de la sala: “Yo nací en la cárcel de Toledo en 1940. Mi madre se llamaba Gregoria y era una presa política del franquismo. Pasé los tres primeros años de mi vida en aquella prisión, junto a ella”.

Historias similares empiezan a compartirse en los improvisados corrillos que se forman en el vestíbulo del cine: “A mi padre se lo llevaron y nunca más supimos de él”; “A mi abuela y a sus hermanas las raparon al cero y las pasearon por todo el pueblo… al menos no las violaron como a otras vecinas que también eran republicanas…” La obra que ha provocado esta especie de terapia de grupo se llama El silencio de otros, el exitoso documental sobre las víctimas del franquismo, dirigido por Almudena Carracedo y Robert Bahar. “Me alegro de que se vea aquí, en España —concluye Mari Carmen—. Pero aún me alegro más de que se vea fuera de nuestras fronteras… para que todo el mundo sepa lo que ha pasado y sigue pasando aquí”.

No puedo estar más de acuerdo con lo que piensa y siente esa mujer, nacida en una sórdida cárcel franquista. El silencio de otros emociona, pero sobre todo, avergüenza. Nos avergüenza como personas y también como nación. Por eso es tan importante que se vea más allá de nuestras fronteras. “El proyecto nació con vocación internacional”, me confirma la directora. “Es importante que otros países sepan cuál es nuestra realidad. Desde fuera también puede llegar el impulso y los apoyos que necesitamos para acabar con esta situación de profunda desmemoria”, añade Carracedo.

Su película es la crónica del olvido premeditado de las víctimas de la dictadura, del “atado y bien atado” con que el tirano perpetuó la impunidad de los verdugos. No es casual que el hilo conductor del documental sea la peripecia seguida por los promotores de la querella argentina contra el franquismo, españoles y españolas que trataron de buscar al otro lado del Atlántico la justicia que se les negaba en su tierra.

Sí. La más de media España que fue víctima de Franco tuvo que viajar 10.000 kilómetros para ser escuchada. Nietos e hijas de asesinados, como Ascensión Mendieta; hombres torturados por Billy el Niño, como José María Galante; todos y todas encontraron en una jueza argentina la atención y la comprensión que les negaron los tribunales democráticos españoles. Para redondear ese círculo simbólico, Carlos Slepoy, el inolvidable abogado que lideró la querella, también nació en el lejano Buenos Aires.

Además de esa vergüenza, la película me dejó otra amarguísima sensación. En todos estos años de olvido ha habido una minoría de héroes, una buena cantidad de villanos y una inmensa multitud de indiferentes. Eso, quizás sin quererlo, se ve en la gran pantalla. Las manifestaciones son casi insignificantes, los activistas son demasiado pocos… Aquí no tuvimos unas Madres de la Plaza de Mayo. Aquí no se produjo el efecto “bola de nieve” que el propio Slepoy pretendía conseguir con la querella. Hubo ayuntamientos y colectivos que se sumaron a la iniciativa, hubo apoyos… Han existido asociaciones y particulares que han luchado incansablemente… pero no nos engañemos, nunca se produjo nada parecido a la marea humana necesaria para desatar lo que está tan bien atado.

En materia de Historia y de Memoria, salvo un puñado de héroes y heroínas, las sucesivas generaciones de españoles hemos contribuido por activa o por pasiva al olvido. Somos la España que aceptó como mal menor la Transición tutelada por los herederos del dictador. Somos la España que ni siquiera salió a la calle el 23 de febrero de 1981 para defender la democracia. Somos la España que no exigió a los sucesivos gobiernos, especialmente a los socialistas, que rompieran los lazos que hoy nos siguen ligando judicial, política, empresarial y socialmente al franquismo. Somos la España que permitió que los demócratas continuaran enterrados en las cunetas y los verdugos en los consejos de administración, en las comisarías o en el Parlamento. Somos la España que toleró que sus hijos y nietos vivieran en la mentira histórica.

Las nuevas generaciones no deberían perdonarnos por lo que hicimos. Ojalá ellas sean capaces de crear la imparable bola de nieve que anhelaba Slepoy. Hasta ese momento, me atrevo a sugerirles un único cambio a los directores del magnífico documental que me ha impulsado a escribir estas reflexiones: el título más correcto y más representativo de lo que ha ocurrido en nuestro país en los últimos cuarenta años de democracia es, sin duda, El silencio de nosotros.

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