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Melilla, 12,5 Km² de valor inconmensurable

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Melilla

A simple vista no parece que 1.250 ha. den mucho de sí. Hace un tiempo leí una noticia sobre la venta de la mayor finca de España, en Galicia, que tiene 6.700 ha. por un irrisorio precio de 8 millones de euros de nada pero, claro, tenía casas, carreteras, manantiales  y… coto de caza. Bueno, nosotros tenemos también casas, muchas; carreteras no tantas, pero calles, muchas; manantiales… tenemos dos, aunque están en las afueras (a decir de una paisana mía cuando intentaba ubicarme en el mapa: ¿pero, tú vives en la ciudad o en las afueras? Pues no, mira, las afueras de mi ciudad son otro país); y, ves, lo del coto de caza ya sí que no, nos tenemos que conformar con las hortalizas de la zona y el buen pescado del mar que baña nuestro trocito de costa, porque tenemos mar, eh, eso sí.

Lo que digo, que no tenemos nada que envidiar al pedazo de finca gallega, particularmente porque entre todas las lindezas que ofrecía aquella, faltaba algo que en esta ciudad, mi Melilla, nuestra querida Melilla, sí tenemos, y mucho y muy diverso, que es lo que hace que 12,5 Km² tengan un valor inconmensurable: la gente, todas esas personas que con su presencia, idas, venidas, tránsito y hasta, por desgracia, su ausencia o incluso su muerte, han perfilado la idiosincrasia de este trocito de España que, por avatares de la Historia, la Geografía (sí, las dos con mayúsculas) y las disposiciones de gobiernos propios y ajenos, se ha convertido en irracional (y absurda) frontera natural y avanzada de Europa. Digo absurda porque cada día se demuestra que no hay muro (en nuestro caso valla) que suponga un obstáculo para el que lo tiene todo perdido, para aquel o aquella que prefiere sufrir graves lesiones o morir, antes que seguir formando parte de ese ejército de errantes que huyen de las guerras, del hambre, de la miseria, de las persecuciones más variopintas.

A pesar de este horrible panorama, por fortuna, la gente de nuestra ciudad intenta que los valores que ha heredado de la cultura a la que pertenece, nuestra enriquecida cultura plural en conjunto (¡cómo nos enorgullece hablar de fusión de culturas!), aflore en su devenir diario y empatice con los más vulnerables. ¿Evidencias de una irreprochable y consolidada interculturalidad? Pues no, no nos engañemos. Apenas sabemos los unos de los otros, quizás las cuestiones más llamativas: el idioma, las fiestas, la vestimenta, los lugares de oración…, pero poco más. Como mucho podríamos conformarnos con ser una ciudad multicultural en la que entendemos que todos pueden tener cabida. Incluso, hoy por hoy, casi nadie se cuestiona el que exista un centro de estancia temporal de inmigrantes, por ejemplo. La gente aceptamos, quizás con cierta apatía y no menos indiferencia, que en nuestra ciudad permanezcan personas procedentes de países lejanos, o no tan lejanos, de paso, claro, pero sin las garantías o derechos inherentes a la condición humana de los que goza el resto de la ciudadanía.

Pero tenemos más asignaturas pendientes en las que no progresamos adecuadamente. Y hay una que, por lo menos a mí no me deja indiferente: todos nos hemos acostumbrado a ver como cada día cruzan nuestra frontera con Marruecos alrededor de 40.000 personas (decía en estos días nuestro Alcalde-Presidente), de entre las que destacan los porteadores y porteadoras, instrumentos de un comercio atípico (herencia anacrónica del contrabando) que, si bien ofrece unos ingresos de subsistencia a estos, las circunstancias y condiciones de cómo se realizan los portes lo convierte en una actividad explotadora y vergonzosa para los que verdaderamente se lucran con la miseria de otros, con el agravante de no tener visos de solución.

Yo creo en la gente, en nuestra gente y en el poder de la justicia social. Yo no pierdo la esperanza, aunque siga sin poder ponerle justiprecio a estos formidables 12,5 km².

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