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Emergencias humanitarias: más allá de salvar vidas

Garantizar la seguridad alimentaria, asegurar el acceso a agua potable y mejorar las condiciones de salubridad e higiene son claves para prevenir el contagio y la propagación de enfermedades

Una respuesta temprana, ágil y eficaz por parte de la ayuda humanitaria permite minimizar el impacto, reducir los riesgos para la salud y sentar las bases de la reconstrucción

Cada 7 de abril la OMS celebra el Día Mundial de la Salud que este año pone el foco en la depresión, un trastorno mental que padecen más de 300 millones de personas en todo el mundo

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Las inundaciones de Perú han dañado gravemente carreteras e infraestructuras, lo que dificulta el reparto de ayuda humanitaria.

Las inundaciones de Perú han dañado gravemente carreteras e infraestructuras, dejando asilados a miles de damnificados y dificultando el reparto de ayuda humanitaria. Ayuda en Acción Perú

No hay duda. En una emergencia humanitaria, el primer gran reto es salvar el mayor número de vidas posible. Pero tras él, llegan otros que no son menos importantes como garantizar la seguridad alimentaria y el acceso a agua potable, asegurar condiciones de higiene y salubridad dignas para evitar la propagación de enfermedades y minimizar las consecuencias psicológicas asociadas a la catástrofe.

Hace décadas que la Organización Mundial de la Salud (OMS) puso el foco sobre la importancia de la salud en las emergencias, ya sean catástrofes naturales, conflictos armados o cualquier otro tipo de desastres. Fue principalmente durante la década de los 90, en el Decenio Internacional para la reducción de los Desastres Naturales (1990-1999) cuando la salud en el contexto de las emergencias pasó a entenderse como algo mucho más complejo que el hecho de preservar la vida.

Según datos de Naciones Unidas, tan sólo en 2016, se registraron más de 411 millones de personas afectadas por emergencias en 102 países, lo que supone que más de la mitad de los países del mundo sufrió algún tipo de catástrofe. El año pasado hubo un total de 301 desastres naturales tales como sequías - actualmente afectan al 94% de los países-, epidemias –las más comunes, el dengue o el virus del Zika-, inundaciones o terremotos, estas dos últimas juntas suman casi el 70% de los desastres.

Ante un contexto como este, reducir el riesgo de enfermedades, mejorar la salud y garantizar la dignidad de los supervivientes se convierte en algo fundamental. Lo es en cualquier lugar del mundo pero si tenemos en cuenta que, cada vez con más frecuencia, las catástrofes acontecen en contextos ya de por sí vulnerables -con altos índices de pobreza, infraestructuras deficientes y con débiles sistemas de salud-, el desafío en esos lugares es aún mayor.

En cualquier país, las emergencias tienen consecuencias devastadoras que requieren de actuaciones antes y después de suceder. Antes, con el fortalecimiento de las capacidades de gestión de riesgos de emergencia aplicando medidas para la prevención, mitigación, preparación, respuesta y recuperación.  Y después, con una respuesta temprana, ágil y eficaz por parte de la ayuda humanitaria que permita minimizar el impacto, reducir los riesgos para la salud y sentar las bases de la reconstrucción.

Los riesgos para la salud en las emergencias

La primera de esas circunstancias es la escasez de alimentos, bien porque se han perdido los cultivos y medios de vida, o bien porque las personas se quedan aisladas. Por ejemplo, en el caso de las recientes inundaciones de Perú, más de 12.000 kilómetros de carreteras y caminos rurales aún permanecen intransitables.

De la mano de la seguridad alimentaria va el hecho de garantizar el acceso a agua segura en cantidad suficiente y con la calidad adecuada para el consumo humano, siendo de 15 litros la media necesaria para una persona por día en una emergencia. Lo habitual y más rápido en este sentido es el reparto de kits potabilizadores y la recuperación temprana de las fuentes existentes antes del desastre.

Pero el agua es importante no sólo para el consumo sino porque también está asociada a las condiciones de salubridad e higiene, ambas fundamentales para la prevención y contagio de enfermedades. El hacinamiento de los supervivientes en albergues temporales con pocas –o ningunas– condiciones de habitabilidad, la exposición al frío o calor excesivos, la acumulación de desechos, las heridas causadas en la catástrofe u otras enfermedades previas, son el caldo de cultivo para su propagación. Entre las más comunes encontramos: gripe, dengue, diarreas, cólera, fiebre tifoidea o leptospirosis.

Pero las secuelas de las emergencias no son sólo físicas. En la respuesta a las emergencias humanitarias y en la posterior fase de recuperación, prestar servicios de salud mental y apoyo psicosocial es indispensable para afrontar la supervivencia. La razón, la exposición a las adversidades es un factor de riesgo a la hora de padecer trastornos mentales y traumas psicológicos, pero ambos son prevenibles si se llevan a cabo las actuaciones adecuadas para ello.

Cada 7 de abril se celebra el Día Mundial de la Salud. La campaña de la OMS en 2017 da visibilidad a la depresión, uno de los trastornos mentales más frecuentes que afecta a más de 300 millones de personas en todo el mundo.

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