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“Me sometieron al matrimonio con 12 años y perdí la virginidad a la fuerza”

Hoy es el Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer. Hablamos con Jovita Borja que, junto a otras mujeres afrodescendientes, lucha por sus derechos en el norte de Ecuador

En las provincias de Carchi e Imbabura, en pleno Valle del Chota, 9 de cada 10 mujeres afro sufren violencia física, verbal, psicológica, económica, cultural, sexual o laboral

El entorno rural, la escasez de oportunidades, el imperante machismo y los patrones socioculturales heredados de la época colonial y de la esclavitud, forman una combinación explosiva que aún hoy padecen las mujeres afrochoteñas

El 35% de las adolescentes quedan embarazadas entre los 15 y 19 años. Sólo un 50% termina la escuela, un 4% accede a la universidad, un 2% se licencia y un 1% accede al mercado laboral

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Jovita Borja. Foto: Salva Campillo / Ayuda en Acción

Jovita Borja lucha por los derechos de las mujeres afro en el Valle del Chota. Foto: Salva Campillo / Ayuda en Acción

Jovita suspira mientras le coloco el micrófono de corbata en un aula vacía del colegio 19 de noviembre, en la parroquia Concepción. “¿Estás nerviosa?”, le pregunto. “Es que les voy a contar cosas que no he contado nunca”, me contesta suspirando. Está sentada frente a grupo de periodistas españoles que hemos viajado a Ecuador para conocer proyectos de derechos de la mujer llevados a cabo por Ayuda en Acción. En el valle del Chota, nos estamos adentrando en el trabajo de la CONAMUNE, Coordinadora Nacional de Mujeres Negras, que desde hace 15 años está luchando por los derechos de la mujer afro en el norte de Ecuador. Ella es una de esas luchadoras.

A sus 50 años, Jovita Mercedes Borja comienza a relatarnos toda una vida de violencia e injusticia. “Me sometieron al matrimonio con doce años. El por qué fue porque en ese entonces, hace 38 años, aún no decidíamos nosotras como mujeres. Decidía el papá, la mamá, los tíos, los abuelos… y tenía que cumplir esa orden, era por miedo”. Antes de casarse, Jovita ya tenía a su cargo a seis hermanos y la responsabilidad de alimentarles; imperaba la creencia histórica de que la mujer debía subordinarse el hombre, que las hermanas debían responsabilizarse de la casa y hacerse cargo de los hermanos. “Entonces los hijos no teníamos que decir nada, simplemente acatar las órdenes, y como yo era la mayor quedaba con los otros seis hermanos, yo cocinaba, iba a la escuela, lo hacía todo en la casa, no me dejaron experimentar quién quise ser”.

Escuchamos el valiente testimonio de Jovita sin atrevernos a interrumpir, mientras nos confiesa la dura realidad que ha combatido. “Yo era virgen. Mi marido tenía 18 años y perdí la virginidad a la fuerza, a una fuerza totalmente bruta”. Trajo con él cuatro hijos al mundo, entre paliza y paliza, pensando que todo aquello era normal… “me encantaba saltar por las piedras y mi marido hasta me pegaba por eso. Yo lo entendía, yo nunca le alzaba la mano ni le decía nada, sólo lloraba porque me dolía, más no por otra cosa, era lo mismo que mi papá en eso. A mi mamá él le pegaba encualquier momento, y yo lloraba y entonces me pegaba a mí también, porque no le gustaba la bulla”. Como tantas otra mujeres afrochoteñas, Jovita había normalizado el maltrato intrafamiliar, pero pasados once años y tras superar la muerte de dos de sus hijos, entendió que no podía seguir así: “comencé a ser fuerte yo misma, a pesar de que decía ¿y ahora, quién me va a apoyar? Pero dije no, yo ya no quiero vivir con él”. Sin embargo, cuando su marido la seguía y le volvía a pegar, tanto sus padres como la gente de su comunidad la consolaban absurdamente con una respuesta que aún retumba en su cabeza: “es que es tu marido”. 

Tras la separación, tras probar todo tipo de trabajos y soluciones para sacar adelante a sus hijos –recogió tomate y vainita; le robaba a su madre queso, papas o arroz; probó con el contrabando hasta que descubrió que era una manera tan rápida como frágil de hacer dinero; y fue empleada del hogar para familias adineradas de Quito–, Jovita se define ahora como “jefa de familia, le hago de hombre y de mujer”. Ha encontrado en el bien social uno de los sentidos que darle a su vida y que, entre otras alegrías, le ha permitido formar parte de la CONAMUNE, la Coordinadora Nacional de Mujeres Negras; “me ayudó a visualizar que no estaba bien lo que viví, gracias a los talleres intensos que recibíamos. Hasta ahí, yo pensaba que eso tenía que ser y punto. Comencé acá en la comunidad a defender a la mujer, porque había muchas cosas, el machismo o la violencia, que antes no sabíamos; hoy en día sabemos de machismo”.

Esclavitud en el Valle del Chota. Foto: Salva Campillo / Ayuda en Acción

Hasta hace apenas 50 años, existía esclavitud en el Valle del Chota. Foto: Salva Campillo / Ayuda en Acción

 

Las secuelas de la esclavitud

La CONAMUNE se creó en 1999 entre 140 mujeres, “ya no queríamos lamentarnos y quejarnos, sino proponer y buscar estrategias para solucionar”, recuerda Olga Maldonado, actual presidenta de la Coordinadora en la provincia de Carchi. Entre 2011 y 2012, veinte voluntarias de la CONAMUNE realizaron una investigación casa por casa y puerta a puerta para medir el nivel de violencia contra la mujer negra en las provincias de Carchi e Imbabura. El resultado, escalofriante, simplemente confirmaba lo que todas ya temían: 9 de cada 10 mujeres afrodescendientes sufren violencia en el norte de Ecuador. Descubrieron además que era una violencia estructural y cultural, que encontraba sus raíces en la esclavitud, perpetuándose hasta la actualidad. “La violencia contra la mujer afrochoteña se remonta atrás en la historia y viene de la época colonial, donde en la zona había muchas haciendas. La esclavitud y el sufrimiento que padecieron nuestros antepasados han marcado socialmente a la población. Necesitábamos hacer una investigación para ahondar en la violencia estructural y buscar una explicación a todo esto”, añade Lizeth de Jesús, coordinadora del proyecto de fortalecimiento de Ayuda en Acción, que cuenta con el apoyo de la Agencia Catalana de Cooperación al Desarrollo.  

Nos lo cuentan desde la antigua Hacienda de Concepción –la mayor de las ocho haciendas asentadas en el Valle del Chota, que contaba con más de 300 esclavos–, sobre cuyas ruinas han construido el Refugio de Oshún, donde las mujeres de CONAMUNE se reúnen todas las semanas, reciben a mujeres víctimas de violencia de género, las asesoran legalmente e incluso les dan refugio y protección si es necesario. “Hace apenas 50 años, las antiguas haciendas regentadas por los Jesuitas, seguían funcionando a manos de terratenientes”, completa nuestro compañero de Ayuda en Acción Ecuador, Vicente Pachacamac.

El cambio que intentan propiciar para visibilizar la violencia contra la mujer negra y poder combatirla es a largo plazo, pues se están modificando patrones socioculturales arraigados en la población. Las llamadas “mediadoras comunitarias”, como Narcisa Egas o Azucena Santacruz, son las encargadas de llevar los problemas de las doce comunidades de Carchi e Imbabura a las reuniones que celebran semanalmente en el Refugio de Oshún. Ellas ofrecen la primera asistencia a las mujeres violentadas e intentan mediar con sus maridos para resolver el conflicto y, si no queda otro remedio, les asesoran legalmente para que denuncien el maltrato. Recibir formación en género ha hecho que muchas de estas mediadoras quieran seguir estudiando, como Azucena, que quiere ser abogada para defender a la mujer y “hundir a los hombres malos”.

Adolescentes afro. Foto: Salva Campillo / Ayuda en Acción

Los embarazos adolescentes, otro de los problemas de género entre la población afro en el norte de Ecuador. Foto: Salva Campillo / Ayuda en Acción

La investigación vertió otros datos importantes. Casi un 70% reconoció haber sufrido violencia física y un 65,7% la ha padecido en su propia casa. El 36,4% ha sido agredida por su padre y más del 25% por sus hermanos. También desveló que el 35% de las adolescentes quedan embarazadas entre los 15 y 19 años; y que eso provoca un alto índice de abandono escolar, agravado por la discriminación de ser mujer, negra y pobre: un 50% termina la escuela, un 4% accede a la universidad, un 2% se licencia y sólo un 1% accede al mercado laboral. En este sentido, gracias a la mediación de la CONAMUNE, se logró ingresar en la ENIPLA (Estrategia Nacional de Planificación Familiar y Prevención del Embarazo en Adolescentes) para poder trabajar la prevención de embarazos adolescentes en las escuelas. “Se trabajan materiales didácticos para sensibilizar sobre el tema y se realizan formaciones con las mujeres. Las niñas necesitan tener un futuro y un plan de vida, y eso se consigue con educación”, cuenta Lizeth.

El área de desarrollo Chota Mira, cubre un sector importante de las provincias de Imbabura y Carchi, donde predomina la población afrodescendiente. Ayuda en Acción inició allí su trabajo en 2007, y actualmente apoya a 5530 personas. Entre otras, la propuesta de desarrollo se basa en el fortalecimiento de organizaciones de base como la CONAMUNE (Coordinadora Nacional de Mujeres Negras), que trabaja la identidad y reivindicación de los derechos de las mujeres afro. Formado por 300 mujeres de distintas comunidades, luchan por los derechos individuales y colectivos del pueblo afro, especialmente por los de la mujer. 

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