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Ciudades sin miedo

Estamos frente a un capitalismo de nuevo tipo que ha dado la espalda al pacto capital- trabajo y desmantela las condiciones de vida y los derechos dolorosamente adquiridos en el siglo XX

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Marxa de la Plurisexualitat

Son ciudades sin miedo las que no se conforman, las que se revisan para convertirse en lugares de confianza y las que se cuestionan ¿ante qué situación estamos? ¿Cómo estamos viviendo nuestras vidas?; y sobre todo ¿qué se puede hacer para avanzar en derechos en un contexto hostil? Y esa acción de cuestionamiento emerge cuando las gentes nos unimos, nos organizamos ya sea como movimiento social, académico o político.

Los cambios socioeconómicos de las últimas décadas arrastran consigo unas condiciones de precariedad y explotación que se inscriben con violencia en nuestros cuerpos. Estamos frente a un capitalismo de nuevo tipo que ha dado la espalda al pacto capital- trabajo y desmantela las condiciones de vida y los derechos dolorosamente adquiridos en el siglo XX. El capital financiero tiene una nueva lógica de acumulación que está generando expulsiones del mercado de trabajo, del consumo, de los territorios, de los centros codiciados de las ciudades. Se trata de expulsiones globales pero que en cada contexto se despliegan con diferentes lenguajes de la violencia: guerras, especulaciones, gentrificación, pobreza, muerte, explotación.

A estas nuevas condiciones se suman antiguas desigualdades asociadas a la naturalización de los roles de género: extenuantes dobles jornadas de trabajo para la mayoría de las mujeres, feminización de la pobreza, cuidadoras sin tiempo para cuidarse… Son las crisis diversas, como la económica, la de sostenibilidad de los cuidados, la ecológica o la de representación política. Y todas ellas tienen un impacto significativo en las desigualdades entre hombres y mujeres.

Convivimos entonces con tiempos de inestabilidad, de incertidumbre y muchas veces de desesperanza. Sin embargo pese a tener un contexto global de dificultad compartida, somos a la vez sociedades cada vez más heterogéneas y diversas, capaces de desarrollar alianzas y ver en ellas oportunidades reales de cambio, de suma, de encuentro desde el reconocimiento mutuo y los objetivos en común.

Por eso hablamos del encuentro internacional de este fin de semana en Barcelona, Ciudades sin Miedo, como un espacio sustancial donde nos reuniremos movimientos municipalistas de diferentes continentes, plataformas ciudadanas que compartimos preocupaciones y diagnósticos, gobiernos locales que entienden su compromiso con la ciudad como un desafío global donde las alianzas son indispensables y urgentes.

Compartimos muchos retos, entre ellos algo que en Barcelona estamos trabajando como absoluta prioridad: poner la sostenibilidad de la vida en el centro de las políticas públicas, priorizar a las personas, reconocer los cuidados como parte indispensable de la vida y para la construcción de ciudades más justas. El reconocimiento de los trabajos de cuidados y de la riqueza que genera se vincula a la ampliación de la condición de ciudadanía en el sentido del reconocimiento a la aportación en la creación de valor. De ahí que sea un tema prioritario para generar respuestas emancipadoras desde las ciudades. Cuestionarnos, reconocernos. Asumir la fragilidad de nuestra condición humana no sólo es asumir una realidad contextual sino que es rebelarse, sin miedo, contra un sistema basado en la loca idea de la omnipotencia individual y en la dominación sobre los otros. Es generar lazos de cooperación que fortalezcan nuestra propia condición de vida y las luchas comunes ante un mundo cada vez más diverso. Además, es recuperar la responsabilidad de nuestra relación con la naturaleza a la que hemos torturado como recurso sin fin. Es, finalmente, asumir la interdependencia entre nosotrxs, con los otrxs y con el mundo que nos rodea.

También admitir la fragilidad es valiente. Nuestro objetivo es devolver la dignidad y la importancia que los trabajos de cuidado aportan. Equiparar las dedicaciones, evitar la explotación y generar una ciudadanía plena para todas, sin que el género y la clase creen ciudadanías de segunda.

De las redes feministas, hemos aprendido que en red somos poderosas; que juntas, compartiendo nuestras experiencias personales y colectivas en dinámicas abiertas, y no jerárquicas, nos reconocemos, y somos más capaces de entender los mecanismos de subalternidad de género, de clase y de origen. Las redes son un revulsivo para generar estrategias de resistencia y de subversión. Es decir, para hacer política feminista. Para confeccionar ciudades feministas, ciudades sin miedo.

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