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Dar alas al parque temático

Todo huele a descoordinación o a una trágica incomprensión de la ciudad. Es necesario defender a sus vecinos, evitar la expulsión de los mismos y al mismo tiempo proteger las señas de identidad patrimoniales de los barrios

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Grupo escolar La Farigola, del barrio de Vallcarca de Barcelona

Grupo escolar La Farigola, del barrio de Vallcarca de Barcelona

Al disponer de tanta información vivimos en una desinformación constante, algo sin duda acrecentado por el privilegio que ciertos medios dan a columnistas que adornan mucho sus letras sin decir nada.

Esto se transmite también en la selección de noticias, en la importancia de las mismas. En Catalunya el Procés se come todo, quedando algunas parcelas sin cobertura, y lo mismo deben pensar los gestores a tenor de mis últimas investigaciones.

A mediados de mayo la Comisión de Ecología y Urbanismo del Ayuntamiento de Barcelona aprobó una proposición de Ciutadans para iniciar inmediatamente los trabajos de demolición, requisito indispensable para alzar la Rambla de Vallcarca, que previsiblemente irá de la casa modernista Comas d’Argemir hasta el límite marcado por la antigua Casita blanca. El plan recibió los votos a favor de la antigua Ciu, PP y ERC además de las abstenciones de Barcelona en Comú y el PSC.

La medida tiene visos de aplicarse sin mucha dilación, lo que afectaría a casi todo el carrer Bolívar y parajes de la avinguda de Vallcarca, poco conocidos pero con un patrimonio muy interesante entre el que figura la bodega La Riera, la casa de 1790 del número 14 de la calle mencionada y la del número 36, una finca con una fachada muy curiosa que no puedo saber si está protegida porque la página web de Patrimonio del Ayuntamiento no funciona. Si voy al Catastro se me informa que no hay datos disponibles del inmueble, lo que huele a sentencia de muerte.

Vallcarca, una zona preciosa, ha sido olvidada desde la noche de los tiempos, lo que ha supuesto la pérdida de mucho de su patrimonio, al que suelo denominar como modernismo de barrio, y la compra de muchos de sus solares por parte del incombustible Núñez y Navarro. En este sentido es alucinante que la casa del número 14 del carrer Bolívar haya sido sometida a una dejadez increíble que anticipa desde hace tiempo el triunfo de la piqueta.

No deja de ser una paradoja que en la época del Ayuntamiento más progresista en años, tendente a demasiadas acciones simbólicas, asistamos a un probable resurgir del movimiento vecinal, el mismo que en cierto sentido es el padre del proyecto municipal de los Comunes.

En un punto no muy alejado de la zona se ha reactivado el plan de expropiación de algunas viviendas del Turó de la Rovira, aprobado en 2009 por el Consistorio capitaneado por Jordi Hereu. Sólo TV3, que tiende en sus informativos a denigrar la gestión municipal de Ada Colau, se hizo eco de la noticia. De este modo un plan congelado durante ocho años se activará en un rincón que ahora ha sucumbido al turismo porque tiene las mejores vistas de la ciudad. Los guiris, y no sólo, acuden a sacarse fotos. Los vecinos, algo que no ha repercutido en los medios, se manifestaron hace poco, quejándose de la invasión que ha roto su tranquilidad.

Ya veremos hasta qué punto se aplican las expropiaciones, pero el malestar en el Carmel y alrededores no es nada bueno. En primer lugar porque estos barrios tienen un patrimonio modesto aunque muy característico, de valor incalculable que al romperse quiebra una forma de vida para privilegiar otros parámetros. Se quiere apuntalar el parque dels Tres Turons y la problemática es parecida a la de la futura Rambla de Vallcarca. ¿No se puede vivir en un parque o una Rambla? Quizá se deberían mantener los edificios en ambos espacios y construir sin atentar contra residentes y patrimonio.

Por desgracia da la sensación de una cierta incoherencia planificadora unida a una dejadez de tintes casi surrealistas, sensación aún más propulsada por la ignorancia a la que se ven sometidos los ciudadanos, o quizá simplemente soy yo, interesado en temas que a nadie más fascinan. Pregunto a amigos, conocidos y alumnos con resultados desoladores, pues nadie sabe de estos cambios y algunos hasta desconocen la ubicación de estas próximas transformaciones.

Un ejemplo concreto es el Palau Moxó, edificio de 1770 que hasta hace poco estaba en manos de la familia que ordenó construirlo. Esta, cansada por mil motivos entre los que supongo está la dificultad de conservación de tantos tesoros, decidió venderlo, ofreciéndolo dos veces a la "Casa Gran". Al final lo han adquirido otros y se desconoce si será un hotel, un restaurante o si tendrá otra función. Ahora mismo, antes quien quisiera podía visitarlo mediante Cases Singulars, no se puede acceder y creo que tardaremos unos meses en saber su destino, pero con el superávit municipal juzgo absurdo que no se hiciera el esfuerzo de gastar siete millones en un bien tan preciado.

Los muebles están en Sevilla y quien escribe imagina una respuesta demagógica. No compramos el Palau Moxó, destacable por su emplazamiento y reconocible por los esgrafiados de su fachada en la plaça de Sant Just i Pastor, porque invertimos en el inmueble del carrer Leiva 37 para evitar que los okupas se fueran a la calle, evitando un nuevo caso Banc Expropiat de Gràcia mientras imitamos de otro modo las maniobras de Trias en ese episodio. Ojo querido comentarista, no son sólo Okupas, la acción del carrer Leyva es buena porque se defiende a los vecinos, pero tergiversarla como he dicho sería muy fácil. Esos son los riesgos.

Todo huele a descoordinación o a una trágica incomprensión de la ciudad. Es necesario defender a sus vecinos, evitar la expulsión de los mismos y al mismo tiempo proteger las señas de identidad patrimoniales de los barrios y el centro porque ambos elementos configuran y consolidan nuestro tejido social. Perderlo es una derrota muy posible que resucitaría ese fantasma que nunca se fué: el parque temático. 

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