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La idea federal no debería dar tanta risa

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La primera potencia mundial—Estados Unidos—tiene una estructura federal. El país más extenso, poblado, desarrollado y poderoso de Europa –Alemania-- es un Estado federal, con la diferencia que el partido mayoritario de la cancillera Merkel no se presenta en el mayor y más próspero de los 12 länder –Baviera--, donde delega en el partido hermano de la CSU. Entre nosotros la idea federal se encuentra en sordina porque el principal partido que la impulsa, el PSOE, se ha caracterizado por defenderla tímidamente y, en ocasiones, engañosamente. No obsta que forma parte de su bagaje y que ahora se ve obligado a reactivarla frente al PP.

La actual reivindicación de Catalunya se dispone a entrar en un largo, larguísimo proceso de tira y afloja con el Estado. Por más cambios electorales que puedan producirse los próximos años  (sorpasso de ERC por delante de CiU en las elecciones autonómicas, falta de mayoría absoluta del PP en las elecciones generales), eso no cambiará la lentitud del proceso si no varía la actitud de los contendientes, si no admiten un modelo territorial con nuevos contenidos pactados.

La historia de España no está hecha solo de búnkeres. Fue capaz de llevar a cabo una transición democrática presentable, una ruptura relativa pactada relativamente, con la ayuda europea y de los partidos democráticos del país. Aquella transición resolvió de modo deficiente la estructura territorial del Estado con un “café para todos” y 17 comunidades autónomas para diluir la autonomía de las naciones históricas: Catalunya, Galicia y el País Vasco. Las averías deben repararse. Perderemos muchos años y muchas energías antes de acabar estructurados como lo está el país más extenso, poblado, desarrollado y poderoso de Europa, que también es hijo de un antiguo imperio y de guerras recientes. No creo que queramos acabar como Siria.

El largo proceso de reforma absorberá todas las energías y llenará día tras día en los medios de comunicación el espacio que no se dedicará a hablar de las clausulas hipotecarias abusivas, del 13 % de recorte de la inversión de la Generalitat en la red escolar los últimos tres años (ahora le destina el mismo presupuesto que en 2007, cuando había 400.000 alumnos menos), del cierre del 10 % de camas del Hospital Clínic de Barcelona, del recorte de 33.000 millones de euros en pensiones de jubilación que plantea la reforma legislativa española en curso, de las 65.000 personas que en Catalunya no reciben la ayuda prevista en la Ley de Dependencia pese a habérsela reconocido oficialmente por su grado de discapacidad, de la Iniciativa Legislativa Popular que intenta reunir 50.000 firmas a favor de una renta mínima garantizada de 664 euros mensuales a través de una revisión de la fiscalidad que haga cumplir las leyes tributarias también a quienes acumulan más dinero.

La política oficial no quiere hablar de eso. La política oficial quiere consolidarse como una prestidigitación de supuestas grandes ideas, mientras va ahondando en el día a día su labor de zapa de la realidad, y de nuestra percepción de la realidad.

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