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Entendiendo lo que sucede en la Jerusalén ocupada

El gobierno israelí ha insistido en el uso de elementos religiosos para justificar la ocupación, lo que inevitablemente busca transformar un conflicto político en una guerra religiosa

Israel apuesta por el "manejo del conflicto" más que en su "resolución", y eso lo ha convertido en parte integral de su estrategia diplomática, que busca "normalizar" la ocupación

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Ciudad de Jerusalén EFE

Si bien la gran mayoría de los medios de comunicación omitieron cualquier referencia al hecho, por más de una semana miles de palestinos se manifestaron pacíficamente en la ciudad ocupada de Jerusalén. No era una manifestación religiosa sino la sociedad civil palestina en Jerusalén, incluyendo a sus más altas personalidades políticas, religiosas y del sector privado, quienes habían tomado sus calles de forma absolutamente pacífica. Y mientras pasaban las horas, más y más personas se unieron a una manifestación surgida a partir de la decisión israelí de colocar detectores de metales en las entradas del complejo de la Mezquita de Al Aqsa. La excusa esgrimida por el liderazgo israelí fue un ataque en el que murieron dos policías israelíes desplegados en la Ciudad Antigua.

Sin embargo, quien diga que el gran estallido social iniciado en Jerusalén Oriental, y pronto esparcido hacia el resto de Palestina Ocupada, es simplemente debido a la imposición de los detectores de metales, no entiende ni la esencia del problema ni lo que es la realidad de una ciudad – y un país - que han cumplido cincuenta años bajo una ocupación militar extranjera. 

Las manifestaciones pacíficas, reprimidas brutalmente por las Fuerzas de Ocupación israelíes, incluyeron a miles de personas que no rezan en la Mezquita de Al Aqsa pero que si han sido víctimas del resto de las políticas israelíes orientadas a consolidar su ilegal colonización de Palestina tales como: expropiaciones de terrenos, desalojos sistemáticos, demoliciones de hogares, cancelaciones de permisos de residencia, denegación de las solicitudes de reunificación familiar, detenciones arbitrarias y violencia diaria. A ello hay que sumar el cierre de todas las instituciones nacionales palestinas en Jerusalén y la persecución contra las organizaciones de la Sociedad Civil. Todo en función de la expansión de colonias ilegales y de la infraestructura asociada a dicho proceso.

En ese contexto, el "Complejo de la Mezquita de Al Aqsa", denominado por Israel como el "Monte del Templo", es uno de los pocos lugares donde las familias palestinas pueden aún encontrar algo de normalidad. Es una de las pocas áreas verdes en las que aún se permite la entrada de palestinos en Jerusalén y donde se puede ver a familias completas disfrutando de una tarde de verano sin mayor presencia visible de los efectivos militares israelíes.

Es, por cierto, uno de los lugares más sagrados del Islam, cuya situación fue ratificada por el Tratado del "Status Quo de los Lugares Sagrados" impulsado por el Imperio Otomano en 1852, para ser confirmado por el resto de la comunidad internacional a través del Tratado de Berlín de 1878. Pero también ha sido el reciente objetivo de una serie de organizaciones fundamentalistas judías, cuyos seguidores están generosamente representados y apoyados por las esferas oficiales israelíes. Por ejemplo, el "Instituto del Templo" ha recibido cientos de miles de dólares por parte del Ministerio de Educación Israelí para abogar por la construcción de un templo judío en el lugar.

Por razones de política interna, el gobierno israelí ha insistido en el uso de elementos religiosos para justificar la ocupación, lo que inevitablemente busca transformar un conflicto político en una guerra religiosa. Esto independientemente de que la comunidad internacional nunca haya reconocido la ilegal anexión Israeli, que la Resolución 476 del Consejo de Seguridad sea muy clara en ello, y que la UNESCO haya, recordando la importancia de Jerusalén para las tres religiones monoteístas, llamado a Israel en innumerables ocasiones a respetar el status quo de sus lugares sagrados.

Para los palestinos en general, Al Aqsa es un símbolo nacional. Incluso los líderes de las iglesias cristianas en Jerusalén emitieron un comunicado señalando que "llamamos nuevamente para que el status quo histórico que gobierna esos lugares sea respetado, en beneficio de la paz y la reconciliación de toda la comunidad" y pidiendo "garantizar el derecho de todos los musulmanes a acceder libremente y rezar en la Mezquita de al-Aqsa".

Por su parte, el Primer Ministro Israelí Benjamín Netanyahu ha señalado que Israel no pretende cambiar el status quo del lugar pero lo cierto es que quienes viven bajo su ocupación militar no tienen razones para creer en sus palabras. Ya existe el precedente de la Mezquita de Ibrahim en Hebrón, también territorio ocupado, donde luego de la masacre cometida por el terrorista israelí Baruch Goldstein en 1994, el gobierno israelí decidió dividir el lugar.

De hecho, y desmintiendo lo que afirma Netanyahu, una serie de elementos inherentes al status quo de la Mezquita de Al Aqsa ya han sido cambiados por Israel desde el año 2000 y, por tanto, con independencia de que el gobierno israelí diga "no tener planes para construir el templo" en el complejo de Al Aqsa, lo que allí sucede está directamente relacionado con la realidad vivida en Palestina desde hace 50 años.

Debido a la convicción política, para algunos ideológica-religiosa de una parte relevante de los políticos israelíes, contraria a la creación de un estado palestino soberano sobre la frontera de 1967 o de reconocer la igualdad de derechos a todos quienes habitan bajo su control, Israel apuesta por el "manejo del conflicto" más que en la "resolución del conflicto" y eso lo ha transformado en parte integral de su estrategia diplomática que busca "normalizar" la ocupación generando la cultura de impunidad disfrutada hasta ahora por Israel. En Jerusalén, en estos momentos, los resultados saltan a la vista.

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