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La maldición de Barcelona y otras siete ideas de Eduardo Mendoza sobre Catalunya

El premio Cervantes catalán libera su "ansiedad" sobre la crisis soberanista con una "explicación parcial pero razonada" en Qué está pasando en Cataluña

El ensayo pretende poner luz sobre algunos aspectos históricos ignorados en este debate, pero sobre todo lo escribe para aliviar su "inquietud intelectual"

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Mendoza no ve razón para la independencia catalana pero augura un "panorama sombrío"

Mendoza no ve razón para la independencia catalana pero augura un "panorama sombrío"

Dice Eduardo Mendoza que empezó el texto que nos ocupa movido por la ansiedad. Escuchaba desatinos de unos y otros, de independentistas y unionistas, en casa y en el extranjero, cuando decidió "cuestionar nuestras ideas y explicarnos las cosas  en lugar de encogernos de hombros ante el prejuicio, la negligencia y la incomprensión", como dice en el subtítulo.

En un librito de apenas ochenta páginas, el premio Cervantes pone un poco de luz desde la parcialidad pero sin tomar ningún bando. Qué está pasando en Cataluña (Seix Barral) sigue la línea de El descarrilamiento del procés, la columna de El País que escribió antes de que estallasen las consecuencias, violentas, sociales y  políticas, de la votación del 1-O.

Mendoza (Barcelona, 1943) echa mano de los argumentos más escuchados durante estos tres meses, sobre todo por parte de los ex miembros del Govern catalán. Lo hace para desmentir algunos y para apoyar otros con datos históricos. Sobre todo, le dedica varios capítulos del ensayo al franquismo y a su papel en el debate actual sobre Catalunya.

No son apuntes incendiarios y ni siquiera habla de las fechas esenciales, como el 1-O, sino que matiza aspectos que se han pasado por alto en la crisis soberanista más importante de nuestra historia moderna. A través de doce epígrafes, el escritor da su opinión sobre el estereotipo del catalán y habla de su carácter, de sus miedos, de la Barcelona maldita y de los desafíos con el idioma.

Cargas en calle Sardenya con Diputació a la salida del colegio Ramon Llull (Robert Bonet)

Cargas en calle Sardenya con Diputació a la salida del colegio Ramon Llull (Robert Bonet)

1. Relativizando el franquismo 

Mendoza se refiere al franquismo como uno de los temas más reiterados cuando le invitan a hablar de Catalunya. No le resta importancia en la crisis actual, pero teme que se trate con ignorancia e irresponsabilidad. También atribuye al término separatismo el juicio peyorativo con el que nació en aquella época, ya que "implica una unidad que alguien quiere romper".

"En Cataluña, la represión franquista revistió características especiales dadas sus peculiaridades. Por dos motivos: el separatismo por un lado y la cultura y lengua catalanas por el otro".

Sin embargo, piensa que muchas veces el uso del franquismo es vago y responde a una carencia de ideas para afrontar los muchos problemas del presente. "Todos viven y piensan como si la Guerra Civil hubiera acabado ayer y Franco todavía presidiera los destinos de España desde el palacio del Pardo", escribe minimizando el recurrente agravio histórico.

"Desde el punto de vista ideológico, Franco solo fue una anécdota en la profunda y larga tradición del conservadurismo español.

Lo sangriento de sus métodos y lo reciente de su existencia hacen que esta anécdota adquiera una dimensión histórica grandiosa y que su figura, si no se examina con serenidad, se convierta en algo que no merece ser: una especie de superhéroe que desde el más allá sigue rigiendo nuestros destinos".

2. El maltratado (no prohibido) idioma catalán

Durante la dictadura, la enseñanza a todos los niveles debía impartirse en castellano. Sin embargo, el escritor puntualiza que nunca se llegó a prohibir el uso del catalán en el franquismo, como se ha dicho estos días. Pero tampoco estuvo autorizado. Este coto no se limitó al idioma, sino que alcanzó a la cultura, la literatura y los actos públicos. 

"El catalán como lengua de uso nunca estuvo prohibido, pero sí tutelado, lo que es casi peor.

Transcurridos unos años del final de la guerra, en los que la prohibición de publicar cualquier texto en catalán fue absoluta, se permitieron manifestaciones culturales en catalán. Con cuentagotas y con la garantía de que no tendrían una difusión masiva".

La sociedad catalana era mixta desde el punto de vista idiomático, y convivía buenamente, según Mendoza, con el castellano. Aun así, en ocasiones tenían lugar encontronazos incómodos y desventajosos con los forasteros. "Eran casos aislados, pero existieron y contribuyeron a crear una sensación de intolerancia y abuso que ha pasado a formar parte del código genético de muchos catalanes". 

"Nadie duda de la antipatía del régimen franquista por la lengua catalana. En su desdén, los castellanohablantes decían que el catalán no era una lengua, sino un dialecto. Eso no es verdad, y aunque lo fuera no tendría nada de malo". 

3. Inventarse su propio pasado

Según Mendoza, la capitalización en Catalunya se consiguió a costa de los esclavos, por lo que "los catalanes se opusieron hasta el último momento a la abolición de la esclavitud". De la misma forma, la industrialización llegó con la explotación de los trabajadores y generó feroces conflictos sociales. La burguesía catalana no gustaba de airear los métodos empleados para construir el país, algo que le procuró bastante mala prensa.

"Para esconder lo que consideraban sus vergüenzas, la imaginación y el talento artístico catalanes se dedicaron a inventarse el pasado que la sociedad habría querido tener", explica en el ensayo.

"Un sueño que no convenció hasta que un turismo excéntrico lo redescubrió cuando ya nadie se acordaba de él. Es bueno consignar ahora que no hace muchos años, la Sagrada Familia estaba abandonada a su suerte, en la Pedrera había un bingo y se hablaba seriamente de derribar el Palau de la Música.

Pero en su día fueron un intento quizá genial y quizá ingenuo de reinventar el pasado. Desde entonces, las costumbre de adaptar la historia a las conveniencias del momento ha sido un rasgo distintivo de la identidad catalana".

4. Barcelona, el pecado original

Otro de los elementos que Mendoza relaciona con la crisis actual en Catalunya es su capital. La superioridad tardía de Barcelona, no solo respecto a otras capitales de provincia españolas, sino a las propias ciudades catalanas, es en parte culpable de la inquina que despierta. "Barcelona se hacía cada vez más cosmopolita y las pequeñas ciudades se fueron cerrando paulatinamente en sí mismas".

"Pero este triunfo es engañoso. En el imaginario catalán, Barcelona sigue siendo un lugar poco menos que maldito. Un centro donde en su día la ambición permitió que echaran raíces ideológicas violentas, como el anarquismo. Barcelona siempre fue un pozo de pecado".

Gracias a la transformación urbana, Barcelona pasó de ser una ciudad marginal a ser un referente mundial. Pero, según el ensayo, en el subconsciente de los ciudadanos "pervive la nostalgia de una Catalunya rural, más auténtica, más representativa de las verdaderas esencias del pueblo catalán". 

"Quizá no sea casual que el éxito fulgurante de una Barcelona convertida a los ojos del mundo en la quintaesencia del glamour haya coincidido con un recrudecimiento del movimiento soberanista, que es, en muchos sentidos, un deseo de dejar de lado el artificio urbano y devolver el protagonismo a la Cataluña rural, la verdadera".

5. El estereotipo del catalán tacaño

Aunque siempre han servido como recurso humorístico, una de las principales brechas entre las distintas regiones y culturas españolas han sido los topicazos. El de los catalanes se nutrió sobre todo durante el franquismo, cuando se repartieron los papeles de la quimera fascista y les asignaron uno muy poco favorecido. De este "calvario en miniatura", como lo refiere Mendoza, se derivan consecuencias que inciden en los sucesos de estos últimos tiempos.

"Según este estereotipo, el catalán es laborioso, algo lerdo de expresión, bastante tacaño. Su imagen es la de un hombre tripón, de mediana edad, calvo, risueño, devoto de la Moreneta, socio del Barça desde la cuna.

Comparado con el andaluz gracioso y haragán, el madrileño chulo, el vasco noblote y duro de mollera, el aragonés tozudo o el gallego astuto pero inconcreto, la caricatura podría haber sido peor. Lo malo de este remedo patético es que en buena parte fue asumido por los propios catalanes".

6. El verdadero carácter catalán

A riesgo de parecer ingenuo, "porque cada individuo es como es", Eduardo Mendoza ofrece unas breves líneas sobre lo que él entiende por carácter catalán. Son una serie de atributos temperamentales por los que asegura que los catalanes sufrieron una "lacerante discriminación" durante el franquismo.

"El catalán es de natural tímido y tiene sentido del humor, dos cosas que suelen ir juntas. Piensa correctamente pero su pensamiento no acostumbra a llegar muy lejos. Es más bien práctico.

La teoría general y la abstracción le aburren. El bilingüismo le predispone a aprender idiomas pero esa misma condición dificulta su capacidad de hablar de una manera florida".

7. El uso mágico de la democracia

En este apartado de Qué está pasando en Cataluña, Mendoza ironiza con el uso continuado de los políticos de la palabra democracia. Considera más preocupante que esas estrategias coyunturales calen en la población y que se empiece a pensar que el fin del franquismo "pasa solo por la retirada de estatuas, placas y símbolos".

"La democracia ofrece algunos recursos para mitigar la arbitrariedad y el abuso de poder, pero no más. Es solo el reglamento de un sistema tan despiadado como cualquier otro".

Califica de ingenuos a los que apelan a la democracia para criticar el uso extremo de la fuerza policial en el 1-O y a los que, en el otro lado, recurren a ella para justificar cualquier acto en nombre de la ley y la Constitución.

"Es obvio que un sistema que en los años duros de la crisis no tenía reparos en dejar sin hogar a una anciana desvalida no lo iba a tener a la hora de impedir que otra anciana participara, por su propia voluntad, en una votación expresamente prohibida. 

El creer que todas esas obviedades debían esfumarse al conjuro de la democracia demuestra hasta qué punto el concepto ha calado como algo mágico en el ánimo de la sociedad".  

8. El deseo de la independencia

En los últimos epígrafes, Mendoza se muestra inquieto por si en algún caso ha dado a entender que la crisis de Catalunya era una parte inexorable del devenir de la Historia. "Porque quería decir todo lo contrario", afirma. El escritor cita algunos momentos clave de la región con un fin didáctico y analítico, no comparativo.

También se cuida de aclarar que las "diferencias" de los catalanes con el resto de España han sido usadas como instrumento por los gobiernos dependiendo de los intereses. A veces eran irreconciliables y, otras, parte de la riqueza heterogénea del país. 

"No hay razón práctica que justifique el deseo de independizarse de España. Comparativamente, y pese a todo, España no es un mal país. Podría ser mejor, pero dudo que Cataluña, librada de sus fuerzas, se convirtiera en el paraíso que anuncian los partidarios de la nueva república".

Un poco más adelante, vuelve a establecer distancias entre los hechos actuales y el franquismo, como hace en el primer punto. 

"En ese sentido, comparar la situación presente con el franquismo es una aberración histórica que a veces llega a extremos inadmisibles.

Companys tuvo mala suerte, pero eso no es un mérito. Invocar en estos días su nombre con el propósito manifiesto de crear un paralelismo roza la vileza, en la medida que manipula a una víctima que merece todo el respeto". 

El tono final del análisis queda lejos de ser optimista: "España no es país dado a reconciliaciones", recuerda Mendoza, y añade que mientras lo escribía no dejaron de ocurrir cosas "como un mal presagio". Sin embargo, asegura que lo necesitaba para aliviar su "inquietud intelectual" y recordar algunos debates que pudimos tener antes de llegar al desastre. "Quizá ya es tarde. Casi siempre es tarde cuando nos ponemos a pensar las cosas".

"No se le ve la salida, entre otras cosas, porque se ha llegado muy lejos sin saber ni cómo ni para qué. A menudo da la impresión de que ambas partes desearían poner fin a una tensión que ya no beneficia a nadie, que desgasta a sus protagonistas, desacredita al conjunto del país y causa unas pérdidas económicas, reales, visibles y muy difíciles de corregir a corto plazo".

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