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“La plaza no es un plató”

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Escrita a rotulador azul y con palabras urgentes, alguien había hecho una pequeña pancarta y la agitaba desde el público, mientras los invitados elaboraban sus sesudas loas al 15-M, ante la sonrisa condescendiente y complacida de la siempre fulminante presentadora-estrella. “La plaza no es un plató”.

Me resultó imposible seguir a los contertulios. Sus luminosas palabras fueron eclipsadas por esa pequeña pancarta que se bamboleaba con persistencia hipnótica (“la… pla… za… no… es… un… pla… tó”) en la parte de pantalla que enfocaba a la gente, como complemento de los primeros planos de quienes hablaban, y envuelta en las citas y titulares de los entrevistados. Un anónimo David con un simple cartel hecho a mano frente al Goliat mediático que todo lo sabe, en un medio tan poderoso como la televisión de la política-espectáculo en prime time.

La pancarta decía la verdad pura y dura, mientras quienes departían lanzaban sus diatribas oportunistas, sus discursos partidarios, sus consejos para que fuéramos buenos chicos en el futuro, sus análisis tan huecos y brillantes como una bombilla, sus sonrisas de complicidad, sus intentos “pedagógicos”, su buenismo...

Todavía hipnotizado por la evidencia, lo siento, pero quizás haya llegado el momento de separar el auténtico periodismo, de quitarle el envoltorio del espectáculo y de contar los hechos (“Noticia es aquello que alguien hace en algún sitio y no quiere que se sepa”, dijo el clásico). Se trata de que los periodistas volvamos a la sociedad como intermediarios capaces de explicar lo que ocurre a nuestro alrededor, no para secuestrarla como ahora, con falsos didactismos o siniestras polémicas vacuas que aplastan la realidad de tanto pisotearla, noche tras noche, con artificios de puesta en escena.

“La plaza no es un plató” La calle no es un plató, ni siquiera la gestión pública lo es. Tampoco lo es en Alicante. Aquí, en una ciudad donde casi todos nos conocemos desde hace tiempo (o acabamos “conociéndonos”), también nos hemos acostumbrado a analizar nuestra realidad a golpe de music-hall, incluso cuando el mensajero se inviste de seriedad y trascendencia. Frases contundentes, slogans ficticios, disgustos de cartón piedra, polémicas en twiter que se diluyen en el cara a cara; donde dije digo digo diego, no es para tanto, la polémica está zanjada o la culpa la tiene Valencia; cierta cobardía y un tufillo hipócrita permanente; un alcalde tripartito haciéndole la oposición a sus socios de gobierno desde el minuto cero; un analista capaz de decir quiénes tienen, y quiénes no, dignidad suficiente para ejercer su cargo, o cómo deberían dirigir sus partidos, o qué deben hacer las fuerzas vivas para no acabar muertas…

Mientras la política y el periodismo que necesitamos se diluyen ante nuestros ojos, todo lo público se convierte en un plató que se apropia de la plaza, y allí, los oráculos mediáticos de distinto pelaje nos dan lecciones, se ponen por encima de una sociedad que para ellos es ya “un escenario”, y “la dirigen” con omnipotencia, sabiendo que nadie se va a atrever a llevarles públicamente la contraria (otra cosa son los dardos envenenados en petit comité). ¡Un poco de espectáculo mediático, señores, hagan juego! ¡Es un buen negocio!. Pero, como diría Jack el Destripador con el estilete en la mano, “un momento, vayamos por partes”. Bueno, mejor en otro artículo, que éste podría dejarme exhausto.

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